PUPPY

 

 

                               PUPPY

 

 

 

Gugg era un pequeño planeta de una galaxia remota más allá de la Vía Láctea.

En el planeta Gugg vivía una bella princesita de nombre Gheim

Gheim era una niña muy hermosa.

Tenía un perrito chiquitín que atendía por Puppy.

Gheim y Puppy eran los mejores amigos del mundo y siempre estaban jugando.

 

Un día, unos hombres malvados raptaron a nuestra princesita y la metieron en una nave espacial, de control remoto, para abandonarla en el cielo.

Puppy, sin que nadie se diera cuenta consiguió entrar en la nave y cuando ésta se puso en movimiento, se acercó muy zalamero hasta su dueña.

¡Qué contenta se puso Gheim cuando Puppy se subió sobre ella de un salto!

Mientras tanto, la nave iba dando vueltas por el Universo.

Gheim se abrazaba a su Puppy asustada.

Cuando la nave de Gugg pasó por Bilbao, que está en el planeta Tierra, empezó a dar vueltas y más vueltas, como si fuera un remolino…

Hasta que…¡¡¡¡Plaf!!!! … tantas vueltas dio, que se empotró en el puente de La Salve, que cruza el río Nervión.

Menos mal que la nave era de titanio, que es un metal muy resistente, y no se rompió del todo.

Pero una parte de ella pasó por debajo del puente hasta el otro lado por la fuerza del impacto.

Y ahí se quedó.

Ya no pudo seguir rodando y rodando por los cielos eternamente, como pretendían los secuestradores de la princesita.

Aprovechando el barullo del aterrizaje, Gheim y Puppy consiguieron escaparse por una grieta que se abrió al caer la nave espacial.

Pero, el ruido de los motores, hizo salir a los lobos de sus madrigueras .

… y rodearon a Puppy y a Gheim.

La princesita temblaba de miedo.

Entonces, Puppy, se colocó delante de su amiga enfrentándose a los lobos

Enseñó los dientes para asustarles.

Porque, aunque era muy pequeño, también era muy valiente.

Puppy comenzó a crecer y crecer, de tanto enfado como tenía. A medida que crecía, su piel se erizaba y aparentaba ser un animal terrorífico.

Los lobos se asustaron al ver aquel gigante, que les miraba sin pestañear.

Y se tuvieron que retirar.

Cuando Puppy consiguió que se fueran los lobos, cada una de las púas en que se habían convertido sus pelos, se convirtió en una hermosa flor.

Era el regalo que le hacía la Naturaleza por ser un héroe.

La capa de flores era mágica y siguió allí quieta como una escultura de colores.

Toda la ciudad acudió a ver aquel perrito, que se había convertido en estatua de flores para defender a su dueña.

El auténtico Puppy salía, mientras tanto, tan ricamente, por debajo de las flores sin que nadie se diera cuenta.

Porque él se había vuelto a su tamaño natural.

Se puso a buscar a Gheim.

No la encontraba por ningún sitio.

Hasta que la vio asomada a la barandilla de la Ría.

Cuando se encontraron Gheim y Puppy se pusieron muy contentos,

Decidieron quedarse para siempre en la nave varada, que parecía un palacio de plata.

Habían pensado que Bilbao era un bello lugar para vivir.

Como resultaba tan grande para ellos dos solos, el Alcalde decidió convertir la nave en un precioso museo, a fin de que todo el mundo disfrutara de él.

Ahora se llama “Museo Guggenheim”.

En recuerdo del planeta Gugg y de su princesa, Gheim.

 

… y cuentan que por la noche, cuando todos duermen, Puppy y Gheim, salen a jugar al escondite entre las esculturas de las salas de exposiciones.

Para que no nos olvidemos de la hazaña del perrito Puppy, su capa mágica de flores vigila la entrada del Museo, que brilla resplandeciente bajo los rayos del sol.

 

 

 

Y, colorín colorado…

El cuento de Puppy y Gheim …

Se ha terminado

 

EL OLENTZERO MÁGICO

Parece que Mari quería pasear. La diosa salía lentamente de su cueva del monte Amboto.

Había ordenado a las nubes que le colocaran alfombra de nieve porque era el 24 de diciembre y quería recorrer sus territorios.

 Cuando andaba con sus pasos mágicos, apenas rozaba el suelo con los pies.

Mari era la dueña de los vientos, de la nieve, del agua y las tormentas, de los pájaros y de las flores.

A su paso nacían las margaritas en primavera, las lagartijas se estiraban al sol en verano o amarilleaban las hojas en otoño.

Pero a Mari le gustaba  sobre todo el invierno para calentarse en su cueva mientras hilaba con hilos de oro una tela interminable. 

Aquella tarde estaba contenta.

Pensaba danzar descalza mientras los copos de nieve caían sobre ella.

Desde la cima de su monte sagrado, había contemplado toda Euskal Herría.

Porque Mari tenía ojos mágicos y su mirada atravesaba los bosques y los valles.

No podía perder el tiempo. El invierno había empezado y las horas de luz eran muy pocas.

Se quedó un poco extrañada al comprobar que alguien se le había adelantado en el paseo. – Será un rebaño de ciervos, pensó. Son muchas las huellas que van en la misma dirección.

Y decidió averiguar hacia dónde se dirigían. Anduvo deprisa, mirando a su alrededor… y todo estaba vacío. Dobló un recodo del camino y se quedó sorprendida al encontrarse, rodeando la casa del leñador, a los galtzagorris,  las lamias, las sorgiñes y muchos más, que miraban a través de la ventana, en absoluto silencio.

-¿Qué ocurre?, preguntó Mari.

– ¡Silencio!, dijo Gargantúa, colocando uno de sus enormes dedazos en la boca.

-¡Está naciendo un niño!, dijeron a coro las sorgiñes. Y como se ha puesto a nevar de esta manera, no ha sido posible buscar una comadrona para que ayude al Ama a tener su bebé. Solo la acompaña el Aita.

– Bueno, pensó Mari, el Aita se las apañará. Pero le entró remordimiento por haber organizado aquella nevada tan enorme que dejaba aislados a los caseríos del monte.

Se fue acercando a la ventana, y todos le iban dejando paso al sentir su poder  divino.

Ya en primera fila, Mari vio al Aita, ayudando  al Ama, que estaba tan malita, dando a luz a su hijo.

 Al poco rato, nació un niño potxolo y regordete, que se puso a llorar en cuanto llegó al mundo.

Todos los espectadores aplaudieron de alegría. Mari llamó a la puerta y salió el Aita con su niño envuelto en un mantón.

-¿Qué hacéis aquí?, preguntó sorprendido.

-¡Biotza!, dijo la diosa llena de ternura, cogiendo al niño en sus brazos.

-Hemos venido a ayudarte, añadió Mari.

Y enseguida repartió los trabajos entre sus amigos.

A las sorgiñes les indicó que controlaran la salud del Ama… Y ellas buscaron las mejores hierbas y le cocieron pócimas sanadoras, que le produjeran mucha leche  para amamantar al nene.

Las lamias, que viven en las aguas, tenían que lavar los pañales, para que siempre estuvieran limpios.

A los galtzagorris les ordenó  cortar la leña del bosque para que el Aita tuviera tiempo de jugar con su hijo.

A los iratxoak y los mamarros, como son duendecillos un poco traviesos, les encargó hacerle carantoñas al chiquillo cuando llorara.

A Gargantúa le dejó jugar a comérselo a besos.

El Aita y el Ama estaban muy emocionados y no sabían cómo darle las gracias a Mari y toda su cuadrilla.

-¿Podéis ser  los padrinos de nuestro niño aunque seáis  mágicos?

-¡Claro que sí!, contestaron todos.

Y pensaron ellos: -Entonces le tenemos que hacer un buen regalo.

Las lamias, acostumbradas al agua, quisieron enseñarle a nadar… Los galtzagorris, que eran muy mañosos, le fabricaron muchos juguetes.  Y Mari… ¿Qué le regalaría Mari?

Como era la diosa del día y de la noche, decidió que, a partir de ese momento, le iba a regalar a su ahijado un poquito más de luz cada tarde.  

El bautizo del niño Olentzero se celebró con mucha ceremonia. Mari acudió vestida de destellos y resplandecía arrastrando los pañales de oro de su ahijado, que iba dejando un reguero de alegría por donde tocaba.  La acompañaba una procesión de sorguiñes, lamias, galtzagorris, iratxoas y mamarros, que también se consideraban sus madrinas y padrinos… Y, un poco rezagado, Gargantúa, que era tan gordo y tan lento.

A partir de entonces, cada 24 de diciembre se reunían con la familia todos los padrinos y madrinas del pequeño Olentzero. Cada uno traía su obsequio.  Mari venía con sus minutitos de luz, que había ido recogiendo desde el día de San Juan. Los galtzagorris le traían un regalo cada uno. Y como eran muchos, Olentzero tenía un juguete nuevo para cada día .

Al cabo de unos años había tantísimos juguetes en la casa que ya no podía entrar nadie. Hasta que Aita se enfadó porque ya no le cabía ni una aguja en el pajar ni en la despensa ni en el trastero. Decidió entonces que había que quemar los juguetes viejos para poder disfrutar de los nuevos. Hicieron una hoguera muy grande con todos los juguetes y todos se pusieron a bailar a su alrededor.  

Como era carbonero y los juguetes eran de madera, luego vendía el carbón que resultaba de la hoguera. Y todos los años igual.

Pasaron cientos de inviernos.  Olentzero ya se había independizado de sus aitas y hacía carbón por su cuenta. Un cumpleaños se atrevió a decirles a los galtzagorris:

– ¿No os habéis fijado en que ya soy un poco mayor para que me sigáis regalando juguetes?

– ¿Ya no nos quieres?

– Claro que os quiero, pero hace mucho tiempo que  tengo barba.

Como los galtzagorris no envejecen, no se habían dado cuenta de lo crecido que estaba.

– ¿Y qué vamos a hacer ahora con tantos cachivaches?

– Seguiremos haciendo la hoguera con los juguetes viejos.

– ¡Ah. No! dijo Mari. Los tiempos no están para despilfarros. Solamente quemaremos los que están estropeados. Los juguetes que  nos gustan no envejecen jamás.

-Es cierto, dijo Olentzero. A pesar de mis canas, todavía me acuesto con mi primer peluche.

Mari sonrió complacida. Su ahijado Olentzero seguía siendo un niño a pesar de tener más de mil años.

-¿Por qué no los regalas, hijo?, le sugirió Mari… si tú no puedes jugar con todos.

Y se dirigió a los seres mágicos del bosque, diciendo:

-Vosotros podéis seguir haciendo juguetes. Olentzero y yo se los vamos a llevar a los niños y las niñas  todos los 24 de diciembre para seguir celebrando esta fiesta tan bonita. Le voy a dar poderes mágicos a él también.

Entonces los galtzagorris fueron metiendo en el saco de Olentzero todos los juguetes. Como Mari había hecho un sortilegio, el saco nunca parecía lleno por muchos paquetes que le metieran y Olentzero podía llevar tantos juguetes como  los niños  le pidieran en sus cartas. Y, Olentzero, bajó por la noche a dejarle un regalo a cada niño. Se puso tan contento al ver a los chiquillos disfrutar de los presentes, que decidió repetir la operación todas las Navidades. Pero, como está tan solo, espera a cambio, que las niñas y los niños le escriban una carta pidiendo el regalo que les gusta.

Y Mari, en su cueva del Amboto, le ayuda a leer las cartas, dejando un ratito, de tejer su interminable tela de oro.  Y mientras leen, disfrutan mucho.

Porque leer es muy divertido.

¿A que sí?      

 

   

EL MADROÑO Y LA ESTRELLA

Una vez, hace muchísimos años, las estrellas decidieron jugar al escondite.

Ya estaban hartas de permanecer siempre en su sitio, a la misma distancia unas de otras y formando una constelación, que es como una familia de estrellas

Sin ir más lejos, la estrella SIRIO, de la constelación de Can Mayor, y que es la más brillante y resplandeciente del Hemisferio Norte, decidió cambiarse con ALDEBARÁN, de la constelación de Tauro.

RIGEL, que es una supergigante amarillo-anaranjada y que vive en Orión, se colocó exactamente detrás de BELLATRIX, que es blanco-azulada y más pequeña que ella.

Así que se dejaba ver.

VEGA, de la constelación de Lira, prefirió jugar a las cuatro esquinas junto con ANTARES de Escorpión, ARTURO del Boyero, PÓLUX de Géminis y ALTAIR del Águila a p.esar de que vivían a muchos años luz de distancia.

Chi….iii…ssss Zzzzu…m….

Iban y venían, saltaban, chocaban, estallaban, se absorbían unas a otras, se fundían entre ellas….

¡Plash……!

Las estrellas fugaces parecía que iban en patinete.

SSSSSS…….ffffff…… .

Los cometas se hacían trenzas con la cabellera

Algunas estrellas alcanzaron tanta velocidad en su juego, que se volvieron del revés formando un agujero negro, con lo que desaparecieron para siempre.

¡Ohhhhh…..!

Como había tanto movimiento en el Universo, éste estaba lleno de luz que emitían los astros al ir y venir a velocidades vertiginosas

Un destello iluminó un puntito oscuro, allá en la Vía Láctea, que daba vueltas alrededor de una estrella de segunda, que por ser tan pequeña, ni se atrevía a entrar en el juego de las estrellas de categoría alfa y supergigante.

Entre los astros hay también muchas clases sociales.

Le entró curiosidad a la ESTRELLA POLAR por ver qué podía ser aquello redondo, opaco e insignificante.

La Estrella Polar, vivía muy orgullosa en el centro del Cielo.

Iluminaba un punto mágico, que se llama NORTE

Ni podía imaginarse que hubiera astros sin luz propia, vamos.

Así que decidió investigar.
A la velocidad del rayo se fue

desplazando por el espacio hasta aquel planeta llamado Tierra, y vio que pertenecía a la familia de la estrella SOL.

La Polar siempre fue muy respetuosa y pensó que al Sol no le iba a gustar que invadieran su territorio.

Prefirió pasar desapercibida.

Comenzó a encogerse y hacerse pequeñita.

ZZZZZZ..aaa…ssss

Se metió entre las ramas de una madroñera que crecía en un bosquecillo en el que había aterrizado.

Como era de día no se notaba mucho.

En aquel lugar, entre los pinos, acacias, olmos y tomillo vivían muchos animales: gamos, corzos, gatos monteses, y hasta águilas imperiales que revoloteaban solemnemente.

Bebían agua de fuentes, en las que crecían sabrosos berros, y de arroyuelos, que desembocaban en el río Manzanares

Entre los animales de aquel soto había dos magníficas osas pardas: DOÑA OSA MAYOR y OSITA MENOR.

Eran madre e hija.
Juntas correteaban por entre los

matorrales, se revolcaban en el césped y jugaban con las mariposas.

Doña Osa Mayor era muy seria y relamida. Andaba a dos patas, con gran ceremonia, pausada y lentamente.

Osita Menor, en cambio, era juguetona y curiosa. Lo mismo metía los dedos en una colmena que le hacía gracias a una ardilla pizpireta o se zampaba un caracol despistado.

Pero Osita Menor, que comía de todo, tenía su fruta preferida.

Se trataba de los madroños que ya estaban madurando.

Aquella tarde…
Se separó un poquito de su mamá y se

acercó hasta la madroñera. Quedó asombrada.

Por entre las hojas salía una deslumbrante y cegadora luz.

Tuvo que parpadear porque no podía soportar tanto resplandor.

Pero como era tan curiosona, metió su mano, como hacía siempre para buscar madroños, sin mirar siquiera.

Y… al sacarla…

¡Se encontró con una preciosísima estrella entre los dedos!

-Esto no es normal, pensó Osita Menor, los madroños de ayer eran de color rojo… y no brillaban.

Ni se atrevió a hincarle el diente.
Y se quedó entusiasmada contemplando

semejante maravilla.
Porque ella nunca había visto una

estrella de cerca.
La Estrella Polar tampoco había visto

jamás una osita parda.

En vez de llamar a mamá, que es lo que hubiera hecho ante cualquier problema, Osita Menor pensó que una joya como aquella había que lucirla en la primera reunión de osos del bosque.

Decidió colocársela en el rabito.

Y eso hizo: preparó un nudo con los rayos de la estrella y los pelos de su cola.

¡Lo que iba a presumir con aquel adorno!

¡La envidia que iban a tener sus amigas cuando la vieran!

Doña Osa Mayor, muy preocupada, andaba buscándola por las orillas del Arroyo Madre, que en el idioma de aquel tiempo, se decía Arroyo MAYRIT.

Cuando la vio andando a dos patas, como si fuera mayor y contoneándose como las modelos de las pasarelas, no se lo podía creer.

– ¿Qué estás haciendo, criatura?

Y antes de que la hija hubiera abierto la boca, continuó:

-¿Qué es eso que llevas en el rabo?, ¿de dónde lo has sacado?

Porque a las madres les preocupa mucho de dónde sacan las cosas sus hijas.

– De la madroñera, le contestó Menor muy contenta.

-¿De la madroñera?, ¿De cuándo acá son brillantes los madroños?

-No sé, mami. Te aseguro que estaba allí; no se lo he quitado a nadie.

Doña Osa Mayor la miró muy seria, a ver si la estaba mintiendo.

A las madres no se las puede engañar fácilmente.

Doña Osa vio entonces que los sinceros ojos acaramelados y dulces de su hija, decían la verdad.

La madre la abrazó. Y se puso orgullosa de esa hija tan bonita y tan tierna.

Su Osita era la más preciosa de todo el grupo de osos pardos, aunque no

hubiera lucido la Estrella Polar en el rabito.

A medida de que madre e hija se aproximaban al lugar de la reunión se fue poniendo el Sol.

Aquella era la primera noche de toda la historia del Universo en que la Estrella Polar no aparecía señalando el NORTE.

Las demás estrellas juguetonas, que andaban de recreo, dejaron de corretear al notar su ausencia.

Se sintieron perdidas en el espacio sideral.

-¿Dónde está el Norte?, gritaban.
Y no supieron volver a su sitio.
Los cometas se taparon con la cola,

asustados.

-¿Dónde está el Norte?
se preguntaban los marineros en

medio del océano.

Y dejaron de navegar al no poder orientarse.

¿Dónde está el Norte?

clamaba el viento.
Y, al no poder soplar sus corrientes de

aire, se enfadó y se revolvió en remolinos y tornados, que destruían todo lo que encontraban

-¿Dónde está el Norte?

pensaban las aves migratorias al no encontrar su ruta en el cielo.

Y se quedaron en las lagunas esperando a que apareciera la Estrella Polar.

¿Dónde está el Norte? ¿Dónde?

Hasta las brújulas comenzaron a girar aturdidas en todos los rincones del mundo.

Y dirigieron sus flechas hacia el rabito de la Osa Menor.

¡El Universo estaba loco ! Había perdido el Norte.

Solamente Doña Osa Mayor y Osita Menor paseaban tranquilamente hacia la orilla del arroyo Mayrit, donde se iba a celebrar la reunión de osos pardos.

Cuando llegaron allí no encontraron a nadie.

También los habitantes del bosque se habían despistado al no poder encaminar

sus pasos por la falta de la Estrella Polar.

Estaban refugiados en sus madrigueras.

Mamá Osa, que no entendía lo que ocurría, tomó precauciones.

Y cogió de la mano a su hijita.

– ¿Por qué no había ningún animal por allí?, se preguntaban ambas.

La Estrella Polar se dio cuenta enseguida de todos los descalabros que estaban ocurriendo en el Cielo y en la Tierra por culpa de su travesura.

Le hubiera gustado comentárselo a la

Osita Menor.
Pero, a pesar de ser tan luminosa, no

conocía el lenguaje de los animales. Decidió rectificar.

Comenzó a elevarse rápidamente hacia el

Norte, que es su lugar reservado en el Universo,

Sin darse cuenta de que estaba atada al rabo de la Osa Menor.

Como ésta iba agarradita a la mano de su mamá, ambas comenzaron a subir hacia el espacio a la velocidad de la luz.

Parecía que flotaban.
Y cerraron los ojos.
Cuando los abrieron descubrieron que

estaban en medio del Cielo.
¡Se habían convertido en dos

importantes constelaciones llenas de estrellas de todos los tamaños!

Pero seguían cerquita la una de la otra.

Ya nunca más se separarían.

Y en la cola de la Osa Menor, en el punto mágico de la bóveda celeste, brillaba poderosa y resplandeciente la ESTRELLA POLAR, que siempre.

siempre
señala el NORTE.

En el planeta Tierra nunca olvidaron esta aventura que unió a las osas pardas y a las estrellas.

Años después, en aquel descampado del arroyo Mayrit, donde una vez estuvo jugueteando la Estrella Polar, se levantó una bella capital, que se llamó MADRID, que significa lo mismo que Mayrit, pero en moderno

En el escudo de Madrid aparece una osa buscando la estrella dentro de una madroñera.

Y todos los madrileños pueden ver a su paisana la Osa Menor luciendo orgullosa su rabito adornado por la Estrella Polar.

No tienen más que mirar hacia arriba…

Y, por eso dicen : “De Madrid, al Cielo”.

 

…Y DIOS CREÓ LOS COLORES

Al principio todo estaba oscuro y el color que había era el NEGRO.
 
Para que el Negro desapareciera, Dios decidió crear el Universo.
Lo primero que surgió fue la luz.
Mucha luz para tapar aquel Negro tan triste.
La hizo BLANCA y resplandeciente para que fuera iluminando todos los seres que vinieran a continuación.
Luego creó el Cielo, tan enorme que no se le alcanzaba a ver el fin.
Decidió pintarlo de un hermoso color.
Y creó el  AZUL
 
El color azul mezclado con el blanco de la luz cambiaba en cada momento.
Así resultaron el azul claro, el azul oscuro y muchísimos más tonos de azul, todos tan bellos.
 cielo con nubes
 Después Dios creó el Sol.
 
¿De qué color hizo el Sol?
 De color AMARILLO para que reluciera en los amaneceres y cegara los ojos de los osados que quisieran mirarle a la cara.sol
Luego decidió crear la Tierra.
Y, como apenas tiene importancia entre todos los astros del Universo, le dio un color pardusco  e intrascendente.
Al cabo de un tiempo comenzaron a salir en la Tierra  unas hierbecitas que no tenían color.
Eso no le pareció importarle demasiado al Creador y dejó el pintarlas para otro día.
Entonces el Cielo y el Sol se dieron cuenta de lo descolorida que estaba la Hierba y decidieron ayudar a Dios en la enorme tarea de buscar colores para todo lo que iba creando.
El Cielo pensó que como su color era tan bonito, debía a enviar a las Tierra chorretones de azul.
También el Sol opinó lo mismo y preparó unos rayos amarillos para que la Hierba se pusiera en su bando de colores.
 
Dios los veía actuar y se sonreía.
 
Porque Dios lo sabe todo.
 
Y sabía que cuando se mezclaran el amarillo del Sol y el azul del Cielo,
surgiría el color VERDE, que era lo que él pretendía.
 campo amarillo
 
El Sol y el Cielo se quedaron un poco perplejos al ver el color VERDE distinto a ellos y, sin embargo, con algo de cada uno.
Descubrieron que Dios no necesitaba ayudantes.
 
Cuando Dios hizo a los animales, quiso buscar el más bello de todos los colores para pintar con él las sangre que circula por sus venas.
 La sangre es el agua de la vida y tenía que ser muy diferente a los otros colores.
La Hierba, que no sabía que el Sol y el Cielo habían aprendido la lección de que Dios se las bastaba solo para crear el Universo, discurrió que lo más bonito sería que la sangre fuera verde también.
Así que les mandó a todos los animales mucho color verde para que su sangre se pareciera a ella.
 Dios se sonreía pensando que la Hierba no entendía de pinturas, lo mismo que el Cielo y el Sol.
 
Decidió darle una sorpresa.
 
Agarró Dios todo el  verde que la Hierba había enviado… le dio la vuelta con su divina mano…
Y… ¿a que no sabes qué color había detrás del verde?
¡El  ROJO!
 La Sangre se convirtió en roja para siempre.
Y la Hierba lloró lágrimas de rocío.
 
Pero se quedó maravillada cuando Dios, para consolarla, le colocó en medio las amapolas.
 
 
amapolas. Monet
 
 
Ya no hubo más colores.
 
 
Todos, absolutamente TODOS, los colores los consigue Dios combinando el  AZUL, el AMARILLO y el ROJO.
Como había conseguido el VERDE, que es hijo del Amarillo y el Azul.
                                                                                 Y
                                               colorín   colorado
                                           amarillín   amarillado
 
                                               azulín  azulado
 
 
Este cuento sí que se ha acabado.
 
                                ¿De qué color son los besos?

 

OLENTZERO

Hace muchos años, antes de que hubieran nacido papá y mamá, estaban una mañana los Reyes Magos ordenando las cartas en su despacho de Oriente.

Los Reyes Magos tienen mucho trabajo leyendo las cartas de todos los niños que les escriben pidiendo regalos.

Pero como son tres, se reparten la tarea.

Gaspar y Baltasar no se estaban dando cuenta de que Melchor iba haciendo un montoncito sobre su mesa.

Hasta que Baltasar le echó un vistazo y dijo:

-¿Qué significa ese grupo de cartas? ¿Es que son de los niños malos a los que no hay que regalarles nada?

-No, contestó Melchor. Es que no las sé leer.

-¡Anda ya!, le dijo Gaspar… Pues ponte las gafas.

-Si no se trata del tamaño, de la letra, añadió Melchor- que no se enfadaba porque le tomaran el pelo sus compañeros-. Es que no entiendo lo que dicen.

-¿Que no lo entiendes? ¿De dónde vienen, pues?

-Del País Vasco, al Norte de España… Y lo que no entiendo es que haya tantos niños de allí que escriban de esta extraña manera.

Entonces, Baltasar, que siempre era el más decidido, le cogió a Melchor una de aquellas cartas y, después de observarla, le dijo sonriendo.

-Ay, amigo Rey, que te estás haciendo mayor.¿Sabes en que idioma están escritas estas cartas?

-¿En cuál?, preguntaron a la vez Melchor y Gaspar.

-Pues están escritas en euskera, que es el idioma que se habla en el País Vasco.

-Ese idioma ya se hablaba cuando nosotros vimos la Estrella de Belén, dijo Gaspar.

-A mí ya se me ha olvidado, afirmó Melchor.

-Pues, a mí, no. Aseguró Gaspar… lo que ocurre es que no lo sé leer. Solo lo sé hablar.

   -Yo tampoco lo sé leer, dijo Baltasar.

¿Y qué hacemos ahora?, pensaron los tres muy preocupados. ¿Cómo vamos a llevarle los regalos a estos niños?

Después de mucho cavilar, decidieron enviar un paje a Bilbao, que es la ciudad más importante de todo Euskadi.

El Paje de Oriente aterrizó en Archanda, un monte desde el que se divisa toda la ciudad.

El pobre andaba un poco despistado sin saber muy bien cómo iba a resolver el problema que le habían encargado los Reyes.

En éstas estaba, cuando se encontró con un hombre vestido de manera muy distinta a sus señores: llevaba un gran blusón negro, un pañuelo de cuadros al cuello, albarcas, una enorme boina redonda en la cabeza y fumaba en pipa. Los dos iban distraídos y casi se dieron de bruces.

-Buenas tardes, dijo el Paje.

Arratsaldeon, contestó el hombre.

Aquel saludo le dio una buena pista al Paje, que siguió preguntando.

-¿No será usted de por aquí?

-Claro que sí, ¿es que no me conoce? Soy el Olentzero.

-El Paje se puso muy contento.

-¿Qué quiere decir Olentzero?

-Quiere decir, carbonero, contestó el hombre de la boina y de la pipa. Pero soy un carbonero muy triste.

-¿Por qué está usted triste, insistió el Paje.

-Pues porque antes, hace años, yo era muy feliz vendiendo mi carbón a la gente de Bilbao para que se calentara en el brasero, pero ahora, como ya no hay braseros sino calefacciones, ya no vendo nada… Y me he quedado sin trabajo.

-Pero usted sabe leer euskera, ¿verdad?

-¡Huy, claro! Y soy bersolari en las fiestas.

-Yo le puedo dar trabajo.

-¿Tiene usted brasero?

-¿Les querría hacer un favor a los Reyes Magos?, dijo el Paje sin inmutarse.

-¡Anda, ya! Que ya soy muy mayor para que me traigan regalos los Reyes.

El Paje Real no necesitó mucho tiempo para convencer al Olentzero de que le necesitaban en Oriente como traductor de cartas en euskera.

El Olentzero de fue a Oriente, al palacio de los Reyes y les tradujo las cartas y les enseñó a cocinar el marmitako y el bacalao al pil-pil.

Se hizo tan amigo de todos, que los Reyes le contrataron para que les acompañara en el trabajo de repartir los juguetes a los niños del País Vasco.

Desde entonces, los niños que escriben en euskera, reciben la visita del Olentzero y a los niños que lo hacen en castellano, pues les visitan los mismísimos Reyes Magos en persona.

 

HISTORIA DEL MORO GOLOSETE

HISTORIA   DEL MORO GOLOSETE

 

El Moro GOLOSETE tenía un turbante verde y brillante con un diamante enorme.

También tenía un manto de raso con un ribete dorado.

Y unas babuchas de seda.

Pero, sobre todo, tenía un bigote largo, larguísimo.

Tan largo era el bigote del Moro GOLOSETE que, cuando iba por la selva, en vez de agarrarse a las lianas, como Tarzán, enganchaba los bigotes en otro árbol y se dejaba caer como si estuviera en un columpio.

Como el bigote le estorbaba tanto lo llevaba recogido, como si fueran dos moños que le colgaban de la nariz.

También tenía muchísimos caramelos y chocolatinas.

Porque era un golosete.

Estaba muy gordo.

Y se le caían los dientes.

Siempre iba paseando y comiendo por la calle con una bolsita llena de chucherías.

Cuando veía a alguna niña o algún niño, escondía la bolsa para que no tener que invitarle.

Porque era muy tacaño.

Un día pensó que le podían robar su tesoro de caramelos.

Y lo llevó a la torre más alta de su castillo para esconderlo allí.

Cada vez que quería golosear se subía a la torre sin que le viera nadie.

Un día, después de haberse chupeteado varios caramelos de menta, que eran los que más le gustaban, se asomó al balcón, tan contento.

Y se le soltaron los bigotes, que llegaron hasta el suelo.

Pasaban por allí un ratoncito que trepó por el bigote del Moro.

Y se coló en el almacén de caramelos.

Cuando GOLOSETE se fue, el ratoncito llamó a todos sus hermanos ratones.

Que eran más de mil.

Los ratones sacaron de la torre una tonelada de golosinas y se las repartieron a todos los niños de la ciudad.

El Moro GOLOSETE vio a los niños con caramelos, le entró envidia y se acordó de los suyos.

Subió a la torre.

Y la encontró vacía.

Los ratoncitos le habían dejado un mensaje:

“NO ES BUENO COMER TANTOS CARAMELOS

QUE SE TE VAN A CAER LOS DIENTES”.

 

Y otro mensaje:

“HAY QUE REPARTIR LOS TESOROS CON LOS DEMÁS”

 

El Moro GOLOSETE aprendió la lección.

Desde entonces come muy pocos caramelos.

Cuando compra alguna chuchería siempre invita a sus amiguitos.

Y todos están contentos.

 

Y, colorín colorado.

Martinita querida

Este cuento

se ha acabado.

Ya sé que tú no comes demasiadas chucherías porque cuidas tus dientes, que son como perlas.

Un beso muy grande.

La abuelita.

LA FLOR DE TERCIOPELO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un día de Primavera, la buena de Doña Petra llamó a la Reina de las Hadas y le dijo sollozando:

– ¡Ay!, amiga Pompey. Tengo una pena muy grande.

– ¿Qué te ocurre?, le dijo el Hada

– Que todas mis amigas tienen nietecitos y nietecitas a los que querer, y yo no tengo a nadie en el mundo.

– Quieres que te proporcione una niña encantadora?

– ¿Tantos poderes tienes?, le contestó Doña Petra, incrédula.

– Ya sabes, le dijo Pompey, que soy la Reina de las Hadas y puedo concederte lo que quieras.

– ¿Hasta una nietecita adoptiva de cuatro años, que sea maravillosa?

– Si pides todo eso, tienes que seguir mis instrucciones paso a paso. ¿Lo harás?

– Te lo prometo. Contestó Doña Petra, emocionada.

Y el Hada Pompey se puso a buscar con la varita mágica en un mapamundi, hasta que se encendió un puntito rojo.

– Aquí!, dijo el Hada… ¡En Roma!

– ¿En Roma?… Pero si yo no sé hablar italiano… ¿Cómo voy a encontrar una nieta en Italia?

– No te lo puedo explicar. Pero está clarísimo: Tiene que ser en Roma. Roma es una ciudad mágica, no lo olvides. Ya te puedes organizar unas vacaciones por allá.

– ¿Y, cómo la conoceré?… Porque allí hay muchas niñas, preguntó curiosa.

– Te entregará una flor. Le aseguró Pompey con mucho misterio.

Entonces, Doña Petra hizo su maleta y se fue desde Bilbao, en España, donde vivía, hasta Roma, llena de esperanza.

En Roma estuvo una semana completa.

Siempre que veía en la calle una niña de cuatro años se acercaba hacia ella….

Y ninguna le ofrecía flores.

Se fue a los parques y jardines.

Allí había muchas flores y muchas niñas.

Pero… tampoco apareció la suya.

A Doña Petra se le acabaron las vacaciones.

Estaba muy disgustada porque pensaba que el Hada Pompey la había engañado.

-¡Me va a oir!, decía por lo bajito.

Cuando descansaba en el restaurante del aeropuerto vio una niña que comía con sua papás y hablaba en español porque vivía en Buenos Aires.

Tenía cuatro años.

Y era bonita como un rayo de luz.

Se llamaba Martina.

Martina y Doña Petra se hicieron amigas.

-Esta niña sí que sería una buena nietecita adoptiva, pensó Doña Petra, ¡Pero en el restaurante no había ninguna flor!

… Y se puso triste.

Entonces, Martina, que era muy simpática y generosa, sacó de su maleta una Flor de Terciopelo y se la regaló.

¡Era la señal del Hada Pompey!

Las dos se pusieron muy contentas.

Y se hicieron una foto de despedida.

Desde entonces, todas las noches, Doña Petra le da un beso a la Flor de Terciopelo en su casa de Bilbao.

Y su amiga, el Hada Pompey, recoge el beso con su varita mágica y se lo lleva a Martina a Buenos Aires, en nombre de su abuela adoptiva.

Y espera a que se haya dormido para colocárselo suavemente sobre sus mejillas.

Y se queda toda la noche cuidándola para que duerma bien.

Como Buenos Aires y Bilbao están un poco lejos, a Doña Petra se le hacía muy difícil contarle cuentos a su nueva nietecita.

Así que decidió escribirle todos los días.

Ella era una abuela muy modernaFLOR OVALADA

porque escribía correos electrónicos

y era una abuela muy antigua

porque tenía una hada mensajera.

 

Las abuelas son antiguas y modernas a la vez.

 

El Hada Pompey le traía noticias de su niña sin necesidad de escribir.

Que para eso es Hada.

La mamá de Martina le leía los correos antes de acostarse.

Cuando Martina fuera mayor ya leería sola

y le escribiría a la abuela.

 

 

Y Colorín Colorado

el cuento de la Flor de Terciopelo

se ha terminado.

 

 

PUPPY

Gugg era un pequeño planeta de una galaxia remota más allá de la Vía Láctea.

En el planeta Gugg vivía una bella princesita de nombre Gheim

Gheim era una niña muy hermosa.

Tenía un perrito chiquitín que atendía por Puppy.

Gheim y Puppy eran los mejores amigos del mundo y siempre estaban jugando.

MARTINA

Un día, unos hombres malvados raptaron a nuestra princesita y la metieron en una nave espacial, de control remoto, para abandonarla en el cielo.

Puppy, sin que nadie se diera cuenta consiguió entrar en la nave y cuando ésta se puso en movimiento, se acercó muy zalamero hasta su dueña.

¡Qué contenta se puso Gheim cuando Puppy se subió sobre ella de un salto!

Mientras tanto, la nave iba dando vueltas por el Universo.

Gheim se abrazaba a su Puppy asustada.

Cuando la nave de Gugg pasó por Bilbao, que está en el planeta Tierra, empezó a dar vueltas y más vueltas, como si fuera un remolino…

Hasta que…¡¡¡¡Plaf!!!! … tantas vueltas dio, que se empotró en el puente de La Salve, que cruza el río Nervión.

Menos mal que la nave era de titanio, que es un metal muy resistente, y no se rompió del todo.

ESTRELLAS

Pero una parte de ella pasó por debajo del puente hasta el otro lado por la fuerza del impacto.

Y ahí se quedó.

Ya no pudo seguir rodando y rodando por los cielos eternamente, como pretendían los secuestradores de la princesita.

Aprovechando el barullo del aterrizaje, Gheim y Puppy consiguieron escaparse por una grieta que se abrió al caer la nave espacial.

Pero, el ruido de los motores, hizo salir a los lobos de sus madrigueras .

LOBOS

… y rodearon a Puppy y a Gheim.

La princesita temblaba de miedo.

Entonces, Puppy, se colocó delante de su amiga enfrentándose a los lobos

Enseñó los dientes para asustarles.

Porque, aunque era muy pequeño, también era muy valiente.

Puppy comenzó a crecer y crecer, de tanto enfado como tenía. A medida que crecía, su piel se erizaba y aparentaba ser un animal terrorífico.

Los lobos se asustaron al ver aquel gigante, que les miraba sin pestañear.

Y se tuvieron que retirar.

Cuando Puppy consiguió que se fueran los lobos, cada una de las púas en que se habían convertido sus pelos, se convirtió en una hermosa flor.

Era el regalo que le hacía la Naturaleza por ser un héroe.

La capa de flores era mágica y siguió allí quieta como una escultura de colores.

Toda la ciudad acudió a ver aquel perrito, que se había convertido en estatua de flores para defender a su dueña.

El auténtico Puppy salía, mientras tanto, tan ricamente, por debajo de las flores sin que nadie se diera cuenta.

Porque él se había vuelto a su tamaño natural.

Se puso a buscar a Gheim.

No la encontraba por ningún sitio.

Hasta que la vio asomada a la barandilla de la Ría.

Cuando se encontraron Gheim y Puppy se pusieron muy contentos,

Decidieron quedarse para siempre en la nave varada, que parecía un palacio de plata.

Habían pensado que Bilbao era un bello lugar para vivir.

Como resultaba tan grande para ellos dos solos, el Alcalde decidió convertir la nave en un precioso museo, a fin de que todo el mundo disfrutara de él.

Ahora se llama “Museo Guggenheim”.

En recuerdo del planeta Gugg y de su princesa, Gheim.

GUGGEN

… y cuentan que por la noche, cuando todos duermen, Puppy y Gheim, salen a jugar al escondite entre las esculturas de las salas de exposiciones.

Para que no nos olvidemos de la hazaña del perrito Puppy, su capa mágica de flores vigila la entrada del Museo, que brilla resplandeciente bajo los rayos del sol.

Y, colorín colorado…

El cuento de Puppy y Gheim …

Se ha terminado

 

EL ALACRÁN

A mis sobrinos de Durango,  México, Julián y Paulina

En una ciudad muy elegante, llamada Durango, que está situada en el Valle del Guadiana, de México, había una vez un pobre mendigo que no tenía ningún alimento que llevarse a la boca.

Este buen hombre había sido minero en una mina que se llamaba “Cerro de Mercado”. De aquella mina se extraía duro hierro, del que salía el acero más brillante.

La ciudad de Durango era próspera y feliz con su mina.

Pero la vena de mineral rojo se agotó. La mina se cerró. Y las personas que antes habían vivido holgadamente, comenzaron a sufrir necesidades.

Buenaventura, que así se llamaba nuestro mendigo, sintió que sus ahorros se iban terminando y que nadie le daba trabajo porque ya era muy viejecito.

Se puso a pedir limosna a la puerta de una iglesia y las almas caritativas le dejaban una moneda en el bote de hojalata.

Un día, Micaela, la esposa de Buenaventura, se puso enferma y él acudió a la despensa a buscar unos fríjoles para hacerle la comida.

La despensa estaba vacía.

Como tenía que cuidar a Micaela no pudo sentarse a la puerta de la iglesia a pedir limosna.

Desesperado, entró en una tienda de abarrotes y cogió una papaya para llevarle comida a su esposa.

El tendero le sorprendió y llamó a la policía.

Le metieron en la cárcel.

Le condenaron por ladrón.

En la cárcel de Durango estaban muy preocupados porque comentaban que había una celda misteriosa en la que morían, sin saber cómo, todos los que encarcelaban allí.

Nadie quería que le llevaran a aquella celda.

Pensaban que era cosa de brujería.

Así que Buenaventura tomó una decisión desesperada.

Le dijo al juez que si le devolvía la libertad, él se comprometía a descubrir el misterio de la celda maldita.

Solo necesitaba que le dejaran llevar una vela.

El juez accedió.

Cuando el carcelero le encerró el aquella celda oscura e hizo chirriar todos los cerrojos Buenaventura sintió un poco de miedo.

Pensó que debía vencer aquella prueba para volver con Micaela.

Al extinguirse el último rayo de luz, que entraba por el ventanuco enrejado, Buenaventura aguzó su fino oído.

Al cabo de un rato, sintió una pequeña vibración en el suelo de tierra.

Encendió la vela… y se encontró al asesino oculto.

Cuando, a la mañana siguiente, el carcelero acudió a abrir la puerta, pensando que el viejo minero estaría muerto, se lo encontró agachado y sujetando firmemente el sombrero al suelo con sus fuertes botas y sus manos.

El carcelero llamó al juez sorprendido al ver con vida a Buenaventura.

Al llegar el juez, Buenaventura levantó el sombrero… y apareció un enorme y venenoso alacrán, que era el asesino silencioso de la celda.

Buenaventura mató al alacrán y se lo llevó como trofeo a su casa donde le estaba esperando Micaela.

Como era listo y valiente le ofrecieron trabajo y ya no tuvo que pedir limosna nunca más.

Y el resto de la gente procuraba no cometer fechorías por si les tocaba ir a la cárcel en una celda con alacranes.

EL ERIZO GUILGAMÉS

 

Guilgamés es un erizo gris y pinchoso.

Es dulce y sensible como un muñequito de carne tierna.

Por eso, la Madre Naturaleza le ha colocado una coraza de espinas protectoras.

Así se asustan los animales carnívoros y le dejan vivir tranquilamente sin zampárselo de un mordisco.

A Guilgamés no lo pueden acariciar los niños.

No lo puede acariciar su mamá, que también tiene púas y le pincharía.

No lo pueden acariciar sus hermanitos.

Ni la gatita Saky

ni el loro Pipo

ni la perrita Jara.

Guilgamés pasea solo por el jardín del tío Pedro. Y se esconde entre los lirios y entre las azaleas para que no le vea nadie.

Guilgamés está lleno de pena.

Su único amigo es el Sol.

El Sol le hace cosquillas cuando mete poco a poco sus rayos calentitos entre las púas de la piel de Guilgamés.

Guilgamés se pone muy contento y se queda quieto para que su amigo le acaricie sin pincharse.

Por eso, cuando llega el Invierno, como el Sol tiene poca fuerza, Guilgamés busca un rinconcito en el jardín y se esconde bajo la hojarasca.

Se arrebuja sobre sí mismo y se convierte en una pelota de agujas que espanta a los enemigos que se lo quieren comer.

Allí espera hibernando hasta que la Primavera le de fuerza a los rayos del Sol.

Cuando el Sol se encuentra ya recuperado del Invierno, lo primero que hace es calentar el nido de Guilgamés.

Éste se va despertando poco a poco y se despereza lentamente.

Asoma el morrito entre las hojas secas.

Mira hacia arriba esperando su rayo de Sol.

El rayito de Sol es la pila que pone en marcha a Guilgamés.

Y gracias al Sol puede caminar, comer lombrices y echarse novia.

Porque Guilgamés está buscando una eriza simpática para formar una familia de inofensivos erizos que limpien el jardín del tío Pedro de bichitos indeseables.

Mientras aparece su pareja, Guilgamés juega con el Sol que es el mejor amigo de todos los animalitos.

Porque el Sol es el Rey de la Naturaleza.

EL ZAPATO GLOTÓN

Cuento de Navidad para Michele

Michele no dejaba de asombrarse mirando la cabalgata de los Reyes Magos.

Su papá, Fabio, lo había subido al hombro para que pudiera contemplar desde lo alto la impresionante carroza de Melchor, el Rey viejecito de barba blanca que, vestido con una túnica dorada arrojaba chucherías a los chiquillos.

– No te muevas, le decía papá.

– Es que este zapato se está comiendo el calcetín.

– Tendrá hambre, le dijo sonriendo el padre.

Luego llegó Gaspar, más joven y dinámico, haciendo cabriolas en un caballo blanco y llenando la calle de estrellitas de colores. Porque Gaspar, además de Rey, no olvidemos que era también Mago.

-Si sigues así te vas a caer.

Y Michele tiraba hacia arriba del calcetín de rayas que le había regalado la abuela Mari Toñi.

Al fin llegó Baltasar.

A Michele le gustaba mucho Baltasar con su turbante turquesa y aquel rubí grande como un tomate brillante que lanzaba reflejos cuando movía su mano con parsimonia oriental.

Luego, cuando comenzaron a desfilar los rebaños de corderos y las legiones romanas, papá dejó al niño en el suelo.

Michele volvió a llevar la mano a su pie derecho. Era la primera vez que se enfrentaba a un zapato dispuesto a comerse a un calcetín.

Cuando llegaron a casa no se veía ni siquiera el elástico.

-Traes el pie helado, mi vida, le decía mamá Eugenia, mientras sacaba el zapato con el calcetín dentro.

Pero Michele, que era un niño muy curioso, quería saber qué había pasado con el calcetín.

Después del baño se fue derechito al zapato glotón y no vio nada dentro.

Era necesario dejar los zapatos a punto para colocarlos junto a la ventana antes de la media noche. Si no, los Reyes pasarían de largo por la casa de los abuelos; porque como él era italiano y no figuraba en el censo de los niños de Limpias, se les podría olvidar.

Aunque se lo había dejado muy claro en la carta que les había escrito en un español correctísimo.

Que para eso su mamá era profesora de castellano y le había ayudado.

Michele introdujo los dedos en el zapato, al parecer vacío. Metió la mano, la muñeca, el codo, el hombro… y, sin saber cómo, se encontró dentro del zapato.

Michele se dio cuenta enseguida de que se trataba de un zapato mágico, claro.

El zapato mágico estaba iluminado y, en el centro se encontraba un duende de largas orejas verdes y sonrisa picarona.

-Michele, le dijo: has hecho trampa enviando a los Reyes Magos una carta con la dirección de Limpias, porque tú vives en Venecia. Y los Reyes solo les traen regalos a los niños españoles.

-Yo soy de Italia y soy de España, contestó el vivaracho chiquillo.

-¿Dónde te gustaría estar siempre?

-En los dos sitios, contestó el niño.

Pues en los dos sitios podrás estar. Siempre que quieras venir a ver a tus abuelos de Cantabria, no tienes más que meterte en este zapato y tirar tres veces del cordón diciendo: ¡A Limpias! Cuando quieras ver a tus abuelos italianos, te metes, tiras de la cuerda y dices: ¡A Venecia!

Porque no olvides que los zapatos sirven para viajar.

Y, ahora, muévete lentamente hacia atrás para salir de aquí, que tu madre te anda buscando.

Michele salió despacito, se sentó en la mesa a cenar y después de dejar brillantes sus zapatos, los colocó en la ventana.

Cuando, a la mañana siguiente, acudió presuroso a ver qué le habían echado los Reyes, vio asomado de su zapato derecho un simpático duendecillo con las orejas verdes.

Michele le sonrió.

El duende le contestó guiñándole un ojo.

… y colorín colorado.

GARGANTÚA

 

En el país de los ogros había un gigante bueno al que no le gustaba comerse a los niños crudos como al ogro de Pulgarcito.

Se llamaba Gargantúa.

Los ogros malos le dijeron que si no aprendía a comer niños le darían cien azotes.

Así que Gargantúa aprovechó la noche para escaparse de su país.

Comenzó a caminar un poco desorientado hasta que se encontró con una señora que también iba de viaje.

_¿Cómo te llamas?, le preguntó Gargantúa.

– Me llamo Marijaia y voy un poco aprisa porque tengo que llegar a Bilbao donde me esperan para que les anime las fiestas.

-¿Tú crees que yo podré ir también a Bilbao?, le preguntó el gigante.

-Pues, no lo sé. Porque con lo grande que eres todo el mundo se va a asustar al verte. Será mejor que te coloque una boina, para despistar, que es lo que se lleva por allí.

Y Gargantúa se puso una boina vasca, que le sentaba muy bien.

Cuando Gargantúa y Marijaia llegaron a Bilbao, la gente se quedó sorprendida al ver un gigante tan cariñoso.

Los niños se acercaban a él, y se subían a sus hombros para ver la fiesta desde lo alto.

Y Gargantúa estaba muy feliz rodeado de tantos chiquillos.

Pero en el país de los ogros todo el mundo se había puesto a buscarle porque sospechaban que seguía sin comer niños y se merecía los cien azotes.

Cuando los ogros que buscaban a Gargantúa llegaban a Bilbao, Marijaia, que está en todo, los vio venir y fue corriendo a contárselo a su amiga Mari.

Entonces, Mari, preparó un hechizo y convirtió el interior del gigante en un tobogán que comenzaba en la boca y terminaba en el culo de Gargantúa.

Cuando llegaron los demás ogros a comprobar si verdaderamente había aprendido ya a comerse a los niños, vieron cómo todos los chavales de Bilbao hacían largas colas para meterse dentro de la boca del gigantón…

Pero no se dieron cuenta de que los chiquillos salían muy divertidos por el culo tan enteritos y riéndose a carcajadas.

Se creyeron que realmente se comía a los niños crudos igual que ellos.

La comisión de ogros que había acudido a comprobar la maldad de Gargantúa se marchó sin darle los cien azotes.

Y Gargantúa se quedó en Bilbao a vivir para siempre adonde le esperan los niños para dejarse comer por él.

No le importa si son niños de Bilbao, de Buenos Aires o de cualquier lugar del mundo.

 

Y, colorín colorado

El cuento de Gargantúa se ha terminado.

JUAN EL MALABARISTA

A Juan Lanz

Había una vez un niño que le gustaba mucho mirar a la Luna.

Y la Luna le regaló unos ojos claros y picarones.

Y este niño quería ser malabarista para jugar con la Luna Llena

y hacer magia con ella

y lanzarla lejos,

muy alta

y cogerla en el aire convertida en Cuarto Menguante

y darle volteretas para transformarla en Cuarto Creciente

o en Luna Nueva.

y sorprender a todo el mundo con sus ejercicios.

Y actuar en un escenario con un traje de seda

y un sombrero lleno de lentejuelas.

Como no podía ensayar con la Luna porque vive muy lejos, su mamá, Isabel, le compró tres manzanas de plástico en un “Todo a Cien” y practicaba con ellas en el jardín de su casa.

Una tarde Juan, que era como se llamaba este niño, estaba jugando con sus manzanas, muy contento porque ya podía utilizar una sola mano y no se le caían.

Papá Juanjo le llamó a merendar.

Y él subió a casa a comerse un rico bocadillo.

Mientras merendaba observó cómo pasaba por allí la madrastra de Blancanieves.

Que era una bruja rebruja.

A la madrastra le seguían gustando mucho las manzanas

como cuando envenenó a Blancanieves.

Y cogió una de las que Juan había dejado en el jardín.

Decidió darle un mordisco muy fuerte.

Pero como la manzana era de plástico, se rompió un diente.

¡Menudo chasco!

Juan se sonrió al ver que su manzana había castigado a la bruja.

Y enseñó su dentadura… a la que también le faltaba un diente.

Porque Juan Lanz estaba haciéndose mayor.

Y colorín colorado

el cuento de Juan, el malabarista, ya ha terminado.

MARIO Y EL BARCO PIRATA

Bilbao ,Primavera 2007

Para mi sobrino Mario.

 

 

Había una vez un niño llamado Mario. Era un niño muy listo y muy valiente.

Mario vivía en Madrid que es una ciudad muy grande.

En Madrid había de todo, que para eso es la capital de España.

Bueno, de todo no: en Madrid no había mar.

Y a Mario le gustaba mucho el mar.

Él lo veía cuando iba a Plencia, en Vizcaya, a casa de la abuela.

Y se bañaba y jugaba con las olas del mar Cantábrico.

Como le gustaba tanto el mar, Mario decidió ser pirata.

Pero pirata de verdad. De esos que van en un barco de vela a buscar tesoros.

Así que, cuando creció, se fue a un colegio para piratas.

Allí estudió todo lo que tenía que saber:

-estudió todos los mares del mundo.

-y todos los planos secretos para buscar tesoros

-y aprendió a manejar el timón de un barco

-y a izar las velas para que el viento les llevara hasta la isla secreta.

Y, cuando Mario terminó la carrera de pirata se compró un loro verde, que era un parlanchín, para que le hiciera compañía en el barco.

El Loro aprendió a decir:

“tesoro”, “tesoro”

Y se fue a Plencia a esperar que llegara por allí algún pirata famoso que le quisiera enrolar en su tripulación.

Y no llegaba ninguno.

Entonces, se compró un catalejo para mirar lo más remoto.

Hasta que un día, vio aparecer un barco precioso, con velas blancas.

Cuando el barco llegó al puerto, notó Mario que no llevaba la bandera negra con la calavera, que tenían los barcos piratas.

Y Mario se subió al barco un poco inquieto.

En cuanto llegó a bordo, un viento muy fuerte le transportó al centro de los mares.

Mario se puso un poco nervioso.

En el barco no había marineros.

Solamente un Mono que le miraba fijamente.

Mario pensó que se podía formar una tripulación con el Loro y el Mono.

Él sería el capitán.

El barco comenzó a navegar solo.

Al poco tiempo, las olas tenían más de cincuenta metros de altas. Parecía que se iban a tragar la nave.

¡¡¡Era un barco pirata mágico!!!

Pero Mario, que había aprendido las artes de navegar, manejó el timón y tiró de los cabos con mucha maestría hasta que consiguió salir de la tormenta.

El Mono le ayudaba.

El Loro revoloteaba por entre las velas.

Después de muchos días en el mar estudiando las cartas de navegación, llegó a la Isla del Tesoro.

Mario quería encontrar el tesoro para hacerle un buen regalo a su mamá, a la que tanto quería.

Cerca de una cala echó el ancla.

Y se acercó nadando hasta la orilla.

El Loro iba volando.

Sacó de una bolsa de plástico, muy bien cerrada, el plano que había encontrado en el camarote del capitán.

En el plano decía que había que dar diecisiete pasos al Este de la palmera tronchada.

No veía ninguna palmera rota.

Se puso un poco triste.

Hasta que el Mono, le tiró un coco en la cabeza.

Miró hacia arriba y se dio cuenta de que el Mono estaba subido en el tronco de una palmera.

¡¡¡ La palmera del plano !!!

Entonces el Mono, de un salto, se subió en el hombro de Mario.

Pero se hizo de noche y no podía acertar dónde estaba el Este.

Tuvo que esperar a que saliera el sol, al día siguiente.

Al amanecer, Mario dio los diecisiete pasos hacia el sol y vio que allí había una piedra muy grande.

No podía moverla.

Miró al Mono con tristeza y éste le ayudó a levantar la roca.

¡¡¡Allí estaba el cofre del tesoro!!!

El Loro aleteaba de alegría.

Y decía continuamente: “tesoro”, “tesoro”.

Cuando abrió el cofre, muy emocionado, se sorprendió al comprobar que solamente contenía un frasco con una pócima verde.

Mario se quedó muy decepcionado.

Pero no dijo nada.

El Mono, agarró el frasco, lo abrió y se bebió todo su contenido.

¡¡¡Entonces se convirtió en un príncipe!!!

-¿Quién eres?, le preguntó Mario.

-Soy el príncipe Arambol de Arambolandia, que fui embrujado por un mago y convertido en mono hasta que me liberara un pirata bueno y valiente.

-¿Yo soy un pirata bueno y valiente?

-Sí, dijo Arambol. Por eso me has librado del hechizo.

Entonces, Arambol, dio tres palmadas y se encontraron en la cubierta de barco pirata.

En muy poco tiempo, el viento les transportó a Plencia donde les estaba esperando todo el mundo con los pañuelos al viento.

Cuando desembarcaron les saludó la banda de música y el Alcalde les acompañó hasta el Casino donde estaban papá, mamá, la abuela Maica, el tío Luis y la tía Mariví.

Mario quiso presentar a su familia al príncipe Arambol, pero éste había desaparecido.

Le había dejado un mensaje en el plano del tesoro:

“Mario: el mejor tesoro que puede tener un chico, que ya es listo y valiente, es el cariño de su familia”.

Era el regalo del príncipe agradecido.

Entonces, el Loro que había estado callado toda la fiesta se puso a aplaudir con sus patitas… en las que había una sortija con una perla enorme… mientras repetía:

“Tesoro, tesoro”.

Y colorín colorado

el cuento del pirata Mario

se ha acabado.

EL HADA LACRISIS

Cuento de Navidad para niños ricos

En las ciudades había gente que poseía mucho dinero.

Y podía comprar cosas carísimas e inútiles que no sabían dónde colocar.

Quienes más cachivaches tenían eran los niños y las niñas.

Algunos acumulaban tantísimos  juguetes, que les faltaba tiempo para jugar con todos.

Eran tantos y tantos los peluches, los videojuegos  y los muñecos, que los niños ya no sabían soñar imaginando juguetes nuevos.

Ni sabían dibujar con pinturas de colores sus personajes favoritos.

Porque los plásticos tenían los colores más vivos

Ni ponerse la ropa de papá y mamá para ser más importantes.

Porque tenían trajes de princesa y de Supermán.

Ni preparar ricos bocadillos para las merendolas.

Porque ya se compraban envasados en el Supermercado.

Ni hacer flores con una servilleta de papel.

Que las vendían en las tiendas de chinos.

Aquellos niños ricos no sabían que en otros sitios había niños que no tenían ningún juguete.

La Reina de las Hadas andaba muy preocupada.

Envió entonces a su amiga, el hada Lacrisis, para que solucionara el problema.

El hada Lacrisis sabía que la culpa era de los mayores.

Y les quiso dar una lección.

Lacrisis, muy decidida,  escondió el dinero del Mundo.

Y las cosas comenzaron a marchar muy mal.

Los mayores comenzaron a quedarse sin trabajo.

Cuando no hay trabajo, los papás no tienen dinero para caprichos.

A veces, tampoco tienen dinero para comer.

Y los niños, que estaban acostumbrados a disfrutar de tantos juguetes, se aburrían mucho.

Decidieron escribirles cartas a los Reyes Magos pidiendo sus regalos.

Pero los Reyes Magos tampoco tenían dinero para comprarlos.

El hada Lacrisis lo había escondido también para ellos.

Pero los Reyes…que son Magos… hicieron unos paquetes preciosos que parecían vacíos.

Y les colocaron un lazo enorme.

Cuando los niños fueron a mirar sus juguetes…

¡Cada uno encontró lo que había pedido!

Porque los paquetes estaban llenos de FANTASÍA.

Con la fantasía se pueden imaginar todos los regalos del mundo.

Y no necesita pilas.