EL ALACRÁN

A mis sobrinos de Durango,  México, Julián y Paulina

En una ciudad muy elegante, llamada Durango, que está situada en el Valle del Guadiana, de México, había una vez un pobre mendigo que no tenía ningún alimento que llevarse a la boca.

Este buen hombre había sido minero en una mina que se llamaba “Cerro de Mercado”. De aquella mina se extraía duro hierro, del que salía el acero más brillante.

La ciudad de Durango era próspera y feliz con su mina.

Pero la vena de mineral rojo se agotó. La mina se cerró. Y las personas que antes habían vivido holgadamente, comenzaron a sufrir necesidades.

Buenaventura, que así se llamaba nuestro mendigo, sintió que sus ahorros se iban terminando y que nadie le daba trabajo porque ya era muy viejecito.

Se puso a pedir limosna a la puerta de una iglesia y las almas caritativas le dejaban una moneda en el bote de hojalata.

Un día, Micaela, la esposa de Buenaventura, se puso enferma y él acudió a la despensa a buscar unos fríjoles para hacerle la comida.

La despensa estaba vacía.

Como tenía que cuidar a Micaela no pudo sentarse a la puerta de la iglesia a pedir limosna.

Desesperado, entró en una tienda de abarrotes y cogió una papaya para llevarle comida a su esposa.

El tendero le sorprendió y llamó a la policía.

Le metieron en la cárcel.

Le condenaron por ladrón.

En la cárcel de Durango estaban muy preocupados porque comentaban que había una celda misteriosa en la que morían, sin saber cómo, todos los que encarcelaban allí.

Nadie quería que le llevaran a aquella celda.

Pensaban que era cosa de brujería.

Así que Buenaventura tomó una decisión desesperada.

Le dijo al juez que si le devolvía la libertad, él se comprometía a descubrir el misterio de la celda maldita.

Solo necesitaba que le dejaran llevar una vela.

El juez accedió.

Cuando el carcelero le encerró el aquella celda oscura e hizo chirriar todos los cerrojos Buenaventura sintió un poco de miedo.

Pensó que debía vencer aquella prueba para volver con Micaela.

Al extinguirse el último rayo de luz, que entraba por el ventanuco enrejado, Buenaventura aguzó su fino oído.

Al cabo de un rato, sintió una pequeña vibración en el suelo de tierra.

Encendió la vela… y se encontró al asesino oculto.

Cuando, a la mañana siguiente, el carcelero acudió a abrir la puerta, pensando que el viejo minero estaría muerto, se lo encontró agachado y sujetando firmemente el sombrero al suelo con sus fuertes botas y sus manos.

El carcelero llamó al juez sorprendido al ver con vida a Buenaventura.

Al llegar el juez, Buenaventura levantó el sombrero… y apareció un enorme y venenoso alacrán, que era el asesino silencioso de la celda.

Buenaventura mató al alacrán y se lo llevó como trofeo a su casa donde le estaba esperando Micaela.

Como era listo y valiente le ofrecieron trabajo y ya no tuvo que pedir limosna nunca más.

Y el resto de la gente procuraba no cometer fechorías por si les tocaba ir a la cárcel en una celda con alacranes.