CAÑA Y AZÚCAR- 5 CIENFUEGOS

5- CIENFUEGOS

 

Un recorrido en autobús, mi Siboney, puede dar mucho juego.

Así que los tres amigos decidimos sentarnos en sendas ventanillas para no perder detalle del paisaje que lleva desde La Habana hasta Cienfuegos. Máxime cuando la velocidad del vehículo era lenta y hasta permitía hacer fotos.

Cada uno llevaba su botella de agua.

Aquí hay que comprar el agua, que sale sucia del grifo y hay que hervir y colar, por lo que siempre hemos andado comprando botellas, del único manantial limpio que debe de haber en todo el país. Recorrimos una llanura inmensa con síntomas de poca lluvia desde dónde se veían cultivos de frutales que desconozco y prados donde pululaban algunos vacunos con joroba; puede que búfalos.

La carretera estaba flanqueada por yucas, plátanos y algunas hortalizas. Me sorprendió que, en las empalizadas que delimitan las propiedades, de vez en cuando, colocan un árbol, que, además de servir como valla, su follaje aísla más el terreno. Una buenísima idea. La mayoría estaban recién podados y se veía al través.

A mitad de camino llegamos a un chiringuito, Terraza Piocúa, donde Juan y yo tomamos un zumo de guayaba. Susana andaba malucha de la tripa y solo bebió agua. Susana es una adicta al agua y se ha pasado todo el viaje reprochándonos a Juan y a mí, que no bebíamos lo suficiente.

En Playa Girón pasamos por un museo de la Revolución, con bandera al viento, en cuyo patio había tanques y aviones de camuflaje, para que el viajero local y extranjero recordara el momento histórico de la guerra fría, tras el desembarco en la bahía de Cochinos, a principios de los años 60.

No pierden baza, oye: en cuánto hay un motivo, allá que se colocan las medallas bien visibles.

Pero, mira, en Playa Girón las casas tienen paneles de energía solar, lo que indica que la guerra ya se ha templado con el tiempo.

 

El caso es que llegamos a Cienfuegos y no nos esperaba nadie, por lo que tuvimos que coger un taxi que nos llevó a la casa de Judit.

   Entonces me di cuenta de que mi maleta se había quedado sin ruedas. Me temo que por culpa del impresentable ayudante de taxista – o lo que fuera- que nos atendió en el aeropuerto de La Habana, cuando nos agarró las maletas de mala manera y las arrastró a campo través hasta un lugar lejísimos y corriendo, mientras nosotros echábamos la lengua para alcanzarle, por un camino de cantos y piedras, fuera ya del terreno propio para taxis, y que seguro no pagaba impuestos. Además se permitió menospreciarnos como españoles, lo que nos puso a Juan y a mí a punto de caramelo.

Durante el trayecto hasta la casa de Rosa, que era a dónde íbamos, Juan calló, pero yo me explayé cómo pocas veces lo he hecho en mi vida. Al bajarnos del taxi, no me di cuenta de la falta de las ruedas: le estaba diciendo al tipo que no se puede insultar a quién te va a pagar la cena.

No hemos tenido otros desencuentros en todo el viaje, gracias a Dios.

 

Judit vive en una casa colonial, y dentro de un soportal altísimo. Es que no te puedes imaginar la altura de los techos. Como los que había en la casa de mi abuelo, en Extremadura. O más altos aun.

¿Sabes que en Cienfuegos las ventanas no tienen cristales?

Solo la contraventana de madera, que cubre unas ventanas enormes. Parecían como si fueran andaluzas, con las rejas más bonitas del mundo, pintadas de blanco.

Toda la rejería es blanca en Cuba, y bellísima. No me he detenido a valorar detalles, pero, sin duda, corresponderán a los estilos arquitectónicos de cada época de construcción: las hay desde lo más barroco a lo más moderno.

Es curiosísimo pasar por las calles, de noche, y como todo el mundo tiene las ventanas abiertas de par en par, sin visillos ni cortinas, puedes contemplar a la familia entera, sin que ésta se sienta molesta, cada uno en su mecedora, contemplando la televisión, que es en entretenimiento oficial. Porque lo que nosotros llamamos portal es allí el cuarto de estar.

 

En Cienfuegos descubrí las mecedoras cubanas.

Yo soy una fanática de las mecedoras. Tengo una en mi cuarto que compré para arrullar y amamantar a mi niño. Es de estilo provenzal, con poco vuelo y respaldo alto, no como esas decimonónicas, de rejilla y brazos redondeados que son las frecuentes en España y que, con un poco de impulso parece que te vas a dar la vuelta.

Las mecedoras de las casas que se alquilan en Cuba son más sólidas, macizas, anchas, de madera de cedro o de otros árboles preciosos tallada y con el respaldo corto. Bastante pesadas. Algunas son de rejilla, aunque, en algunas casas las hemos visto tapizadas también; pero no usan cojines Vuelan hacia atrás, con lo que se te quita el miedo a caerte de bruces en una acometida entusiasta.

Creo que el cubano no podría vivir sin su mecedora, en la que entorna los ojos para ir y venir a lugares de ensoñación. Como si la sola visión de su bello país no fuera suficiente.

Ahora, tal y como están las cosas, las mecedoras son enormemente necesarias, porque gracias a los sueños pueden superar tantas carencias. Algunos las utilizan para pergeñar proyectos que pueden ir evolucionando con el tris tras, o rumiar desencantos, pensar en el gobierno- a favor o en contra-, esperar, o descansar del no hacer nada, que también se lleva mucho.

Y sin embargo no son pródigos para colocarlas en bares o lugares turísticos para que el forastero le saque la gracia al vaivén cubano, en vez de acribillarlo con música cargada de decibelios en todas las esquinas.

Escuchar música carioca varios tonos más suave y en mecedora, tiene que ser placer de dioses.

Cienfuegos en una ciudad con mucho glamour. Tal vez se deba a su origen francés. Debió de ser espléndida en la belle époque y se conserva mucho mejor que La Habana, con más coquetería y menos destrozos.

También tiene un malecón, que rodea toda la bahía y donde se reúne la gente por las tardes a bailar. Junto a él hay una ceiba impresionante, con lo menos diez metros de diámetro y un agujero en medio, por el que puede pasar una pareja. Una joya de la naturaleza. Me quedé unos segundos en trance, en el hueco del tronco. Fue como una sensación mística. Como si yo misma fuera árbol sagrado.

¿Habré sido árbol alguna vez? Porque estas cosas son muy misteriosas, mi Siboney: si somos polvo después de morir, mis átomos y mis células pueden haber vivido en otros seres de la creación desde que el mundo es mundo.

¿No será éste el milagro de la reencarnación?

¡Mira tú que he necesitado llegar a Cuba para hacer este razonamiento tan primario!

El Boulevard es el centro comercial y social donde transcurre la vida de la ciudad. En el Boulevard, que es el único sitio que tiene cobertura de internet, se encuentran las oficinas del estado- ETECSA- donde puedes comprar una tarjeta para navegar una hora por la red. Después de haber comprado varias de ellas, me dijeron que eran incompatibles con mi móvil, por lo que tuve que esperar a los emailes.

El asunto de la conexión es un drama. Pensé en ir por la tarde a una oficina de ETECSA, y a las 4 ya habían cerrado. Me encontré desvalida.

¿Tú nunca te has sentido aislado, mi Siboney?

Pues yo he percibido la insularidad, que significa desprotección, estar a merced de todos los vientos y todos los piratas que quieran secuestrarte.

Tal vez sea porque no me encontraba bajo el manto turquesa de Yemayá, de la que todavía no soy devota.

Le pedí a Yemayá que me ayudara a buscar una nueva maleta porque en las tiendas no hay nada de nada.

Tras mucho preguntar me dijeron que posiblemente la pudiera comprar en una “peletería”, cosa que me sorprendió, hasta que deduje que antiguamente las maletas eran de piel: de ahí lo de peletería. Solamente encontré una maletilla, de tela, en todo el establecimiento y algunos zapatos -éstos de piel, supongo-, así que me libré de elegir, que la elección siempre te acarrea problemas de conciencia. Y vete a saber la calidad que tendrá, después de asegurarme que era producto nacional, como los orishas.

Me gasté en maleta todo el dinero preparado para regalos. Y, encima, no me cobraron con tarjeta porque tenían el cacharro estropeado, por lo que descalabró mi presupuesto. Le di a Judit la vieja y se puso contentísima.

Lo de la maleta no pasa de anécdota.

Mientras andaba buscando la peletería me tropecé, en el Boulevard, con un grupo de gente que estaba organizando una reunión poético/musical, a modo de las Noches Poéticas de Bilbao. Lo dirigía un tal Jorge, el más veterano, y esperaban a una poetisa, Judit, ya un poco mayor que la media de chavales, invitada de otro sitio, que debe de ser un personaje, a juzgar por los poemas que leyó. Me rogaron que asistiera al encuentro con algún poema mío. Me hizo mucha ilusión y acudí con Juan, dado que Susana todavía andaba regular y se quedó en la cama.

Aquella me pareció una noche mágica, Siboney.

La poesía nos envolvía por entre las sillas colocadas en corro y se cantaron canciones a capela, diferentes a las de las plazas, tan manidas y agresivas para el oído. Me encantó que la mayoría de los asistentes, unos 20, fueran gente joven. No tuve ocasión de preguntarles cuáles son sus fuentes de inspiración, ni si leen autores de otros países hispanohablantes y un sin fin de datos que dejé para el día siguiente.

Para terminar, Jorge nos recitó “La casada infiel” de Lorca, como no la había escuchado en mi vida: una verdadera obra de arte de expresión oral. ¡Y cuidado que la declaman siempre que pueden todos los vejetes verduscos que pululan en los círculos poéticos que frecuento!

¿Quién dijo que el cubano no puede ser tan perfecto como cualquier dialecto del español? Lo que pasa es que, la mayoría de la gente habla fatal. Pero quien sabe, sabe.

Creo que le salió tan redonda porque antes yo le había aclarado al rapsoda que no se hiciera ilusiones: que fue ella la que lo llevó al río, , encima, le sacó un costurero y le dejó el regusto de haber sido el seductor. Ja, ja.

Quedamos para el día siguiente, cuando Jorge representaría un monólogo por la noche y haríamos un intercambio de direcciones. Yo les dejé mi tarjeta, y Judit me dijo que le iban a conceder permiso para utilizar Internet y me escribiría. Espero que algún día se ponga en contacto conmigo.

No hubo día siguiente porque no pudimos ir al espectáculo. Pasamos la noche buscando como locos el móvil de Susana, que se había perdido. En la policía nos dijeron, con pachorra caribeña, que, como era sábado por la tarde, no trabajaban en esas minucias… y el domingo, mucho menos.

Parece que, en Cuba solo les está permitido a las emergencias que ocurran durante los días laborables.

Urgía desactivar el aparato y aun no había visto en mi móvil el número que me había mandado la embajada de España por si surgían problemas. Menos mal que unas señoras argentinas que se quedaban también en la casa y manejaban muy bien la tecnología, pusieron en contacto a los Villar con su hija en USA, para que ésta, desde allí, consiguiera la desconexión.

Estas pequeñas anécdotas, que no tienen mayor importancia, son las que de dan aliño a los viajes.

 

El sábado lo dedicamos a la exploración y dimos con el Museo, que antes fue casino, en uno de cuyos salones unos jóvenes violinistas ensayaban un concierto que tenían programado para unos norteamericanos sibaritas y millonarios. Charlé con los músicos, que me contaron que la música está muy bien estructurada y se enseñaba en los centros escolares. Me quedé al concierto pasando por gringa, dado mi físico más irlandés que celtíbero.

En cambio, a Juan, que es moreno, con una morenez que le llega de los judíos de Rivadabia, le dejaban pasar gratis en todas partes por considerarle nativo, a lo que él respondía, con gran orgullo, que es español y gallego. Y enseguida se enrollaba a preguntarle sus apellidos a la interlocutora, que tenía algún “Mouriño” o “Souto” entre sus ocho abuelos. Siempre terminaban medio parientes.

En nuestra exploración por la ciudad, nos encontramos con un carretero, llamado Milan, dueño de un carricoche, que aquí llevan el rótulo de “Transporte nacional” y nos convenció para llevarnos hasta Punta Gorda, que es el Neguri de Cienfuegos y cuya carretera está flanqueada por bonitos chalés, donde viven los ricos, según nos dijo Milan.

Porque haberlo, haylos, pese al comunismo gobernante.

Al final del paseo, ya en balcón hacia el mar, deslumbraba el Palacio del Valle, de estilo neomudéjar, que respetó la Revolución, aunque le han plantado , en el jardín, un mamotreto más alto que él, de la época rusa, que fastidia el entorno, y es dónde se hospedan los gerifaltes políticos, que se toman los daiquiris en el edificio decadente y maravilloso de enfrente.

Manteniendo las formas. Oye.

Susana y yo subimos a la terraza del palacio, que tiene unas vistas magníficas y nos tomamos un mojito, mientras Juan examinaba a Milan que le contaba sus ilusiones y los impuestos que le cobran por el negocio del transporte, pese a que son suyos la carreta y el caballo. Menos mal que al carro no hay que darle de comer. No tenía demasiada esperanza, el hombre.

El tercer día de Cienfuegos era domingo y la gente se reunía en las plazas y avenidas en torno a cuatro músicos con ganas de bailar. Los más devotos estaban en la iglesia y aproveché para visitar algunas de varios credos.

Es bueno aprovechar las fiestas para hacer la ficha: entraba en las ceremonias porque solían tener las puertas abiertas, ya que hace calor. He estado en iglesias adventistas, protestantes, evangélicas y de otras marcas.

Me he dado cuenta de que la iglesia más formal es la católica: en todas las demás, las ceremonias se hacían con cánticos a tutiplén, y contoneo de caderas, alza de brazos y ojos en blanco, como si estuvieran en trance. Todo con mucho ritmo, como procede en sitio tan musical. En bastantes templos oficiaban las mujeres, lo que le proporcionaba un glamour místico, que a mí me daba un poco de envidia, que quieres que te diga.

Pero no te encontré en Cienfuegos, Siboney de mis sueños.

¿O estabas junto a mí, abrazándome en el tronco de la ceiba?

 

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