EL SELFI

 

 

SELFIE

 

EL SELFI
Orondo por la playa.
Con bañador de marca, y rebozado
de crema protectora,
se me apareció de pronto
con la rapidez de un ángel
que comunica la buena nueva.

Sonreía feliz, mientras la abuela
le limpiaba la arena a los tres nietos
y la mujer charlaba en el chiringuito
de madera, tomando un marianito
con amigos brillantes. Satisfechos,
sin crisis agobiante, luciendo tipo
bajo pareo de lujo.
Discutían de proyectos inminentes:
que solo benefician
cuando los demás dormitan bajo el puente
o en la cárcel;
que de todo hay, conociendo a tanta gente.

Esperaba feliz, y aplacaba su impaciencia
alargando un mango creciente
en cuyo extremo, anclado,
el esmarfon de última generación,
del hijo adolescente
le miraba con insistencia.
Extendió aun más su brazo, como solía
para leer el periódico
sin ponerse las gafas de presbicia.

Quería un selfi de cuerpo entero.
Nada de torsos, que enseñan las arrugas
y se detienen en el ombligo,
dejando, a medias,
la curva honorable de su vientre
que nadie en su familia jamás tuvo,
porque se les iba aplanando con la azada
que, desde la madrugada, castigaba el cuerpo.

Se dio la vuelta y miró al tendido
donde la muchedumbre se turraba en las tumbonas;
y pareció que saludaba al respetable
moviendo el chisme para encuadrar la foto.
Puso de fondo al mar, con toda su grandeza.

Casi como la mía- le dijo vanidoso-
que también he sabido
convertir una ameba en poderoso.

Giró su cuello a la izquierda
para mostrarse más favorecido:
no es necesario enseñar el otro lado,
pensó.
Y disparó la máquina, con fortuna.

Tan contento de haberse conocido.
4-7-2015

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