AVENTURAS DE GUSANITO POMAR

Gusanito Pomar png

EL EDÉN

Al principio de los tiempos, el Padre Eterno se dedicó durante siete largos días a organizar el Caos.

Comenzó separando la Luz de las Tinieblas y las aguas de las tierras, y vio que lo que había hecho era bueno. Le entró entonces un frenesí creador y aparecieron los astros en el cielo, y la Tierra se pobló de seres vivos, vegetales y animales.

No sólo pensó en seres magníficos como la ballena o el baobab sino que utilizó su omnipotencia para crear seres pequeñitos como el comino o el insecto.

Haciendo insectos se pasó un pelín y los convirtió en la especie más numerosa para compensarles por su minúsculo tamaño. Se divirtió tanto creándolos que, a algunos de ellos, les dio la facultad de transformarse y, después de pasar una temporada en forma de larvas, a veces repugnantes, se pueden adormecer una temporadita, mientras caen las heladas del Invierno para, en la Primavera, revolotear sobre los campos, llenos de color, convertidos en bellas mariposas.

A todos les colocó en su debido lugar y les designó una función en la armonía del Universo.

Como la encargada a la mariposa Cydia Pomonella, cuya misión es fecundar las flores de las pomaradas para que se conviertan en hermosas manzanas.

Un día Cydia Pomonella, de color gris acerado, se dedicó a juguetear libando entre las flores del manzano más hermoso del Edén. En uno de estos besos, en recompensa por su néctar, la mariposa le regaló a la flor el mejor de sus huevos.

Ella ignoraba que este huevecillo, del que saldría una larva rosada, iba a tener gran trascendencia para la Humanidad.

A medida que crecía la manzana, iba creciendo la larva allí depositada, y cuando la fruta de convirtió en un manjar apetitoso, asomó su cabecita marrón, tras horadar su piel, nuestro amigo Gusanito Pomar.

Asomado en tan excelente balcón disfrutaba del Paraíso Terrenal como si estuviera en primera línea de playa: vivía en la mejor manzana del mejor árbol de aquel delicioso jardín: El Árbol de La Ciencia del Bien y del Mal.

Para eso era el más importante gusano de la Creación. Hay categorías, todo hay que decirlo.

Desde aquella atalaya había contemplado al Padre Eterno creando a la Mujer. ¡Qué bonita le había salido! Claro, que, antes, se había ensayado haciendo al Hombre que, algo más barbudo, tampoco estaba mal.

Tanto le había gustado a Dios esta última obra que había decidido descansar y disfrutar de su arte. Era el séptimo día.

El Hombre y la Mujer no discutían nunca. Andaban muy ocupados buscando nombre a tanto bicho y tanta hierba, que era la primera misión que tenían encomendada.

La Mujer era mucho más imaginativa y enseguida se le ocurría el nombre oportuno para cada nuevo descubrimiento.

Como el Hombre era único y no necesitaba alardear de superioridad ante otros hombres, daba por buenas las ideas de la Mujer y las asumía serenamente.

Luego reían juntos y se regocijaban y se echaban a la sombra de los árboles después de bañarse en el arroyo.

Un día Gusanito Pomar comenzó a notar que empezaban a fallar las cosas.

Últimamente merodeaban demasiado cerca del Árbol y cuchicheaban:

-¿Y por qué nos tiene que prohibir nada?

-Porque Él es el que manda.

-Él nos ha dado el Paraíso para que lo disfrutemos. De acuerdo. Pero quiere que lo disfrutemos a su estilo.

-Aun en el Paraíso debe haber unas normas.

-Unas normas que ha hecho Él. A nosotros no nos ha consultado. Yo quiero disfrutar a mi manera.

-¿Y cuál es tu manera?

-¡Anda!, la misma que la suya. Pero lo que me fastidia es que me imponga su voluntad… Y, encima, va y nos prohíbe tocar este Árbol.

-Como que no hubiera otros…, y con mejores frutos.

-… Si a mí me da igual un árbol que otro, una fruta que otra. Lo que me revienta es la prohibición.

-¡Ay!, Adán -porque el hombre se llamaba así-, eres un cabezota. Dios ha dicho que, si comemos, vamos a morir.

La Serpiente opina todo lo contrario: dice que seremos dioses.

-No hagas caso a semejante animal. Es una falsa.

-Y tú una cobardica.

-¿Cobarde yo?… ¡Mira!

Eva, que era el nombre de la Mujer, levantó su mano gentil con la que rozó las maduras manzanas del Árbol Prohibido hasta llegar a la más hermosa de todas, en la que vivía Gusanito Pomar.

-¡Come!

Adán recibió la manzana sin dejar de mirar a Eva, la acercó a la boca y le dio el más famoso mordisco de la Historia.

Cuando Gusanito Pomar sintió que estaba siendo tragado por el Hombre, se llenó de rabia y le asestó su propio mordisco de castigo en pleno gañote.

El bocado se le atragantó con su pecado, no podía entrar ni salir. Tosía. Eva le daba palmaditas en la espalda.

Tantos esfuerzos hizo Adán, tanto tosió, que el bocado maldito -que Gusanito Pomar le impedía tragar- salió hacia fuera y se le quedó atascado en mitad del cuello.

Todos los descendientes varones del primer Hombre tienen, desde entonces, un abultamiento en la garganta que se llama BOCADO DE ADÁN.

Navidad 2002.

 

EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES

En otra parte del Mundo, llamada Grecia, cuando los astros estallaron en el Universo y nació la Tierra, ésta se llenó de dioses extraños y mágicos que paseaban por los campos y convivían con los mortales. Los dioses habitaban el Monte Olimpo y bebían ambrosía, su pócima mágica; convivían con otros seres extraños como los «titanes», poseedores de una fuerza impresionante, los «cíclopes», gigantes enormes de un solo ojo en la frente, y las «ninfas», que poblaban los bosques.

Los dioses se solían casar entre ellos como Zeus, que era el Dios Supremo, casado con Hera, la diosa de la Familia. A veces, los dioses o las diosas se enamoraban de los mortales y sus hijos, que se llamaban «héroes», eran mitad dioses, mitad humanos.

Los héroes, que vivían con los mortales, tenían que realizar hazañas dificilísimas para impresionar al resto de los humanos y para que los dioses de verdad se los tomaran en serio.

Uno de estos héroes, llamado Hércules, tuvo una aventura relacionada con nuestro amigo Gusanito Pomar.

Porque, en aquellos tiempos cosmogónicos, Gusanito Pomar vivía en una de las tres manzanas de oro que producía un árbol mágico que había plantado Hera el día de su boda con Zeus.

Como Hera sabía que los dioses le habían puesto a Hércules la prueba de robar las manzanas de oro, ella, muy astuta, había plantado su manzano en un jardín secreto y le había encargado a sus amigas, las ninfas Hespérides, que lo vigilasen.

Por si fuera poco, colocó junto al árbol un dragón con cien cabezas, para que nadie se acercara por allí.

Así que Gusanito Pomar estaba la mar de tranquilo. ¿Quién le iba a molestar en aquel palacio dorado?

Pero un día, Gusanito Pomar vio llegar a Hércules que, después de buscar y buscar, cuando creía que no iba a encontrar nunca el Jardín de las Hespérides, se había tropezado con su amigo el titán Atlante, que le dio el chivatazo.

Gusanito se asustó al ver a Hércules acompañado del impresionante Atlante, que como tenía tantísima fuerza, era el encargado por los dioses de sostener sobre sus hombros la bóveda celeste para que ésta no se cayera sobre la Tierra y aplastara a sus habitantes.

Estaba nervioso y quería escuchar la conversación entre ambos.

-¿A que no eres capaz de entrar y coger las tres manzanas de oro? -le dijo Hércules a Atlante.

-¿No ves que no puedo casi moverme? ¿Que cargo sobre mis hombros la bóveda celeste? -contestó Atlante.

-Yo te ayudo: pásame los cielos a mí mientras entras en el Jardín.

Y Gusanito vio cómo Atlante le pasaba la bóveda celeste a Hércules para penetrar en el Jardín, matar al dragón y coger su manzana-palacio más las otras dos.

Las Hespérides, ni se enteraron.

Casi se desmaya Gusanito Pomar, cuando Atlante tiró al suelo las manzanas de oro y rodaron un buen rato hasta llegar a los pies de Hércules, que apenas si podía aguantar el peso del cielo.

Atlante, contento con su hazaña, y libre de la carga celestial, le dijo a Hércules que no pensaba volver a coger la bóveda celeste, que estaba muy a gusto sin llevar ese peso como le habían mandado los dioses.

Gusanito Pomar no podía creer que Atlante tuviera tan poca seriedad y le cargase a Hércules con un peso que, por muy héroe que fuera, no podría sostener.

Cuando Hércules se agachó para coger las manzanas con la mano izquierda porque con la derecha tenía que sostener el firmamento, Gusanito Pomar salió de su agujero, subió por el brazo hasta el cuello del héroe… y le mordió en la nuca.

Al sentir el mordisco, Hércules tuvo una idea.

-¡Ay! -dijo.

-¿Qué te ocurre?… Pesa mucho la bóveda celeste… ¿eh? -le preguntó guasón Atlante.

-No. Ni mucho menos. Es que me pica y estoy incómodo. ¿Te importaría sostener un momento los cielos mientras me arrasco?

-Bueno… Pero hazlo pronto.

Atlante se puso los cielos de nuevo sobre sus espaldas, ocasión que aprovechó el pillín de Hércules para largarse con las tres manzanas de oro y dejar al titán con dos palmos de narices.

Gusanito volvió a su manzana-palacio que Hércules depositó en el altar de Atenea. La diosa, una vez conseguida la prueba, las devolvió al árbol mágico del Jardín de las Hespérides.

Gusanito Pomar, de nuevo en su delicioso jardín, cada vez que contemplaba las estrellas pensaba que éstas no se caerían nunca porque las sostenía el más fuerte y vigoroso de los titanes: el titán Atlante.

Bilbao, Navidad 2002.

LA MANZANA DE LA DISCORDIA

No es posible que Gusanito Pomar olvide fácilmente su larga estancia en el Olimpo.

El Olimpo era como el Edén, pero a lo bestia.

Por el Edén se paseaba el Padre Eterno con parsimonia y serenidad. Los pájaros trinaban cuando debían trinar y el rocío refrescaba los campos todas las madrugadas. Sólo se alteró la pacífica vida del Paraíso cuando Adán y Eva cometieron aquella estupidez a cuenta de la manzana.

El Edén era una balsa tranquila y sosegada.

El Olimpo era un tornado: temible, pero mucho más divertido.

En el Olimpo había pasiones: amores ardientes y odios furibundos, venganzas y recompensas; traiciones y lealtades; deseos y frustraciones.

En el Edén, como había buen patrón, no mandaba marinero. Pero en el Olimpo, en cuanto Zeus se despistaba mirando una zagala -lo que ocurría con demasiada frecuencia-, toda la corte celestial se ponía a dar órdenes y se armaba la marimorena.

La suerte de Gusanito Pomar era que en el Olimpo vivía en manzana de oro, cosa que no volvió a conseguir nunca más.

Después de la aventura de Hércules y el Titán pensaba que ya no iba a intervenir en problemas tan transcendentales como la estabilidad de los cielos y se dedicaba a observar con curiosidad las polémicas divinas.

Una mañana sintió que su manzana era arrancada con furia del árbol de las Hespérides y Gusanito se hizo un rebujón tan chiquitín, que parecía una semilla más.

Era el día en el que todos los habitantes del monte sagrado celebraban la boda del héroe griego, Peleo, con la nereida, Tetis.

Como en las mejores familias, también hubo un olvido en la lista de invitados: la diosa Eris.

Al llegar a la mesa del banquete, los comensales contemplaron con sorpresa el brillo de una manzana de oro, acompañada de la siguiente inscripción: «PARA LA MEJOR Y LA MÁS BELLA ENTRE LAS DIOSAS».

¡La había colocado allí la diosa Eris, la diosa de la Discordia!

¿Os imagináis a todas, absolutamente a todas las diosas del Olimpo, queriendo coger a la vez la manzana?

¿Os imagináis a las diosas tirándose de los pelos, insultándose, arañándose y dándose puñetazos?

Pues eso fue lo que pasó: cada diosa estaba convencida de ser la mejor y la más bella.

En medio del follón, Gusanito Pomar oyó a Zeus dar un puñetazo en la mesa a la vez que levantaba con su mano la discordante manzana.

-Yo proclamaré quién es la mejor y la más bella entre las diosas, dijo enfadado por aquella falta de educación, inimaginable hasta entonces.

-Tú no, ¡oh rey del Olimpo!, que elegirás a tu esposa, Hera -replicaron enseguida los demás.

-Yo decidiré -añadió Poseidón, dios de los Océanos, empuñando el tridente.

-No vale: elegirás a Afrodita, que nació de la espuma del mar -opinaron todos.

Así que decidieron que, para mayor objetividad, debía ser un mortal quien eligiera a la más hermosa.

Después de una preselección, muy debatida, descendió del Olimpo el dios Hermes, con la manzana en la mano, seguido de las tres finalistas: Hera, Afrodita y Atenea.

Los cuatro llegaron hasta los campos en los que pastoreaba Paris, hijo de Príamo, rey de Troya.

-Paris: los dioses te hemos elegido juez para solucionar un trascendente problema que trae revuelto el Olimpo. Debes entregar mañana mismo esta manzana de oro a la mejor y más hermosa entre las diosas -le dijo Hermes.

Paris se quedó de una pieza. Él andaba enamorado de Helena, una muchacha bella como las flores, pero que no alcanzaba la hermosura de ninguna de las tres concursantes.

-¿Mañana mismo? -preguntó asustado.

-Mañana. Y cuida la manzana que ya nos ha dado bastantes disgustos.

Y con la manzana junto a él se durmió Paris, sin saber cómo resolver semejante juicio.

Mientras dormía Paris, Gusanito notó que alguien cogía la manzana y musitaba junto a ella:

-«Manzanita de oro: si llegas a ser de Hera, esposa de Zeus, diosa de la Familia, Paris será el mejor gobernante del mundo y reinará como un patriarca en todos los países de alrededor.»

Y le dio un beso a la manzana para encantarla y que Paris pudiera escuchar su mensaje.

Aún no se había repuesto Gusanito de la impresión cuando llegó Atenea, la diosa de la Sabiduría, y rezó a su oído:

-«Si Paris decide que yo merezco esta manzana, le concederé inteligencia y fama y su nombre será cantado por todos los pueblos.»

Y le dio también un beso mágico.

Al poco rato, otras manos divinas acariciaron el palacio de Gusanito Pomar. Eran las manos de Afrodita, la diosa del Amor.

-«Yo no te voy a ofrecer riquezas ni fama, Paris, pero sé que amas a Helena y, te aseguro que, si me eliges, conseguirás su amor.»

Afrodita dejó la manzana junto a Paris y Gusanito salió de su interior, se introdujo en el oído del mortal y le trasmitió los tres mensajes.

Paris, que sólo pensaba en Helena, no tuvo problemas de elección.

Cuando, a la mañana siguiente, se falló el primer concurso de belleza del que hablan los libros, y Gusanito Pomar pasó, con su Manzana de la Discordia, a manos de Afrodita, llevaba la amargura del primer soborno de la Humanidad.

Aunque, pensó, el Amor siempre será el mejor de los sobornos.

Bilbao, 18-1-2003.

 

LA BALLESTA CERTERA

El gobernador Gessler paseaba soberbio a lomos de su caballo, ricamente enjaezado, por la plaza mayor de Altdorf, en el cantón suizo de Uri.

Gusanito Pomar lo observaba desde el agujerito, apenas visible, que había horadado en la rojiza piel de la manzana que llevaba en la mano un muchacho, hasta entonces insignificante: Walther Tell.

Gusanito sabía que Hedwigia, la madre de Walther, le había dado la manzana para merendar, y si no salía enseguida de su dulce guarida, el mozalbete le daría un voraz mordisco y se lo engulliría tan ricamente.

Él no quería formar parte de ninguna dieta alimenticia. Así que tenía que darse mucha prisa en alejarse de allí.

Su trabajo de huida no le impedía enterarse de los acontecimientos que ocurrían a su alrededor.

Así pudo comprobar cómo, en el centro de la plaza, se había erigido un enorme palo, encima del crucero de piedra, en cuyo extremo habían colocado el sombrero rojo, adornado con plumas de colores, que Gessler solía utilizar en las ceremonias.

Este insólito monumento no era tan intrascendente como pudiera parecer: el malvado Gobernador de Suiza pretendía que todos los aldeanos que pasaran delante de su sombrero le hicieran una humillante reverencia.

Aquel era un día de mercado y la plaza estaba llena de los más variopintos personajes: herradores, cesteros, carpinteros, titiriteros, alfareros, músicos, toneleros de cerveza y hortelanos con su vendeja, además de compradores y curiosos hombres, mujeres, viejos y niños.

Todos criticaban a Gessler a escondidas y daban un rodeo para no pasar delante del sombrero. Todos se sentían ofendidos por el orgullo del Gobernador que les oprimía con mano de hierro quitándoles su libertad y llevándose sus riquezas. Pero nadie se atrevía a enfrentarse al tirano porque sabían que serían torturados cruelmente. El miedo había hecho presa en aquellos aldeanos, antes valientes, haciéndoles perder su dignidad.

Guillermo Tell había acudido al mercado, acompañado de su hijo Walther, a comprar un hacha que necesitaba para su oficio de leñador. Era el cabecilla de los revolucionarios que pretendían derrocar al malvado Gobernador y sufría profundamente al ver a sus amigos arrastrados ante el tirano con cobardía.

Cuando apareció Gessler, la gente se fue apartando hacia las orillas dejando vacío el centro de la plaza.

La presencia arrogante del Gobernador, a caballo, paseando su mirada displicente por encima de los aldeanos, irritó sobremanera al héroe de Uri. Entonces Guillermo, altanero y retador, sabiéndose modelo a imitar, en medio del silencio general se acercó al Sombrero, seguido de su hijo, puso la mano sobre su nariz y le hizo una burla que levantó las carcajadas de la concurrencia y el sonrojo del Gobernador.

Inmediatamente todo el mundo allí reunido imitó al líder haciendo mofa del Sombrero del Gobernador y del Gobernador del Sombrero, convirtiendo de esta manera al humillador en humillado.

Un frío gesto de Gessler hizo que los soldados rodearan a Guillermo y a Walther que fueron acercados hasta él.

-¿Quién eres, leñador insensato, que osas burlarte de mí en mi misma presencia?

-Un suizo libre.

-No hay suizos libres porque Suiza entera me debe vasallaje.

-Suiza no acepta tu tiranía.

-¿Cuál es tu nombre?

-Guillermo. Guillermo Tell.

-Me suena tu nombre. Sé que eres el cabecilla de los revoltosos del cantón de Uri, que me quieren derrocar. Mereces la muerte.

-Mi muerte hará que todos los cantones se levanten contra ti. No te conviene deshacerte de mí.

-Puedo hacer algo peor que matarte: Te puedo hacer sufrir con la mayor de las torturas.

Gessler, cruel, miró al chiquillo y continuó sonriendo irónicamente.

Guillermo tembló pensando en que alguien pudiera hacer daño a su hijo.

-¿No presumes de ser el mejor ballestero de todos los cantones suizos? Demuéstralo. Solamente salvarás la vida si eres capaz de disparar desde una acera de la plaza a la manzana que tu hijo lleva en la mano, pero colocada en la otra acera… y sobre la cabeza del muchacho.

-¡Oh! -exclamó la gente sobrecogida.

-¡Ja, ja! -reía el malvado-. Nunca te perdonarás el haber matado a tu propio hijo.

Guillermo Tell y Walther cruzaron sus miradas. Con los ojos el padre pidió permiso para disparar y el hijo se lo concedió. No hablaron una sola palabra.

Walther se fue alejando lentamente hacia un extremo de la plaza mientras Guillermo lo hacía en dirección contraria.

La gente les abría paso con elocuente silencio.

Mientras el padre ajustaba su flecha en la ballesta, el hijo colocaba la manzana sobre su cabeza.

Gusanito Pomar estaba aterrado. Ya en la cabeza de Walther, consiguió salir de su agujero y esperó la muerte con resignación.

La multitud observaba con ansiedad mientras de la maléfica boca de Gessler se escapaba una pérfida sonrisa.

La flecha silbó por los aires. Gusanito cerró fuertemente los ojos.

De repente sintió que se movía. Que volaba.

Abrió los ojos y se dio cuenta de que su manzana, atravesada por la flecha certera de Guillermo Tell, cruzaba los cielos y subía y subía hasta perderse en el infinito.

En la plaza de Altdorf, Guillermo y Walther se abrazaban aclamados por la multitud, mientras el pueblo corría detrás de Gessler y no paró hasta derrocarle.

Los suizos habían recuperado la dignidad que les hacía libres.

Desde las alturas, Gusanito Pomar continúa contemplando, libres y pacíficos desde entonces, a los habitantes de los cantones suizos.

Bilbao, 13-4-2003.

 

EN LA GRANJA DE  WOOLSTHORPE

Hacía tan hermosa tarde que Gusanito Pomar decidió darse un paseo por una rama alta para otear bien el paisaje. Estaba acostumbrado a hacer excursiones fuera de la manzana pero aquella vez se sintió sorprendido por un vendaval que le hizo esconderse en una rugosidad de la corteza.

La tormenta rugía sacudiendo las ramas con tanta fuerza que la mayoría de las manzanas -las más hermosas- cayeron tristemente al suelo antes de madurar.

¡En buen momento decidió Gusanito desalojar su precaria vivienda!

Escondido en la axila de una hoja tuvo ocasión de observar cómo Isaac, el muchacho de dieciséis años que solía refugiarse bajo la copa del manzano, saltaba una y otra vez en la dirección del viento y otras tantas en su contra; después vio cómo se metía en casa, se ponía a hacer números comparando las distancias de los saltos y, al terminar, comenzaba a botar de alegría y a besar a sus abuelos. Había conseguido hallar la velocidad el viento.

Gusanito Pomar, aunque se había quedado sin vivienda, a cuenta de la ventolera, se puso contento porque su admirado Isaac Newton había logrado su primer experimento científico. Así que no le importó tener que buscarse otra manzana aunque fuera mucho más raquítica que la anterior.

A partir de la tormenta cambiaron las cosas en la granja de Woolsthorpe.

Isaac había convencido a sus abuelos para que le dejaran ir a la Universidad de Cambrigde. La escuela primaria de Grantham se le había quedado pequeña.

Gusanito le vio marchar con tristeza y deseó que los universitarios le apreciaran más que los analfabetos del pueblo. Porque los chicos de Grantham no solamente no le entendían cuando él les enseñaba los juguetes mecánicos, que fabricaba en el cobertizo de las herramientas de la granja, sino que encima se burlaban de él y le miraban con una mezcla de envidia y pena.

-¡Pareces un viejo, todo el día ahí metido! ¿Por qué no vienes con nosotros a cazar pájaros? -le decían.

-¡Porque no sabe trepar a los árboles! -añadía el más cizañoso.

Y le dejaban solo.

Ya de niño se fabricaba sus propios juguetes mientras los demás muchachos se dedicaban a jugar. Como aquel pequeño molino de viento de madera. O el carrito que podía propulsar haciendo girar un torno mientras se sentaba en él. Incluso diseñó una linterna plegable de papel que utilizaba para iluminar el camino hacia la escuela cuando aún no había amanecido.

Isaac, a veces, se sentaba bajo el manzano a distraer su soledad y a jugar con sus cachivaches.

Aunque él no necesitaba para jugar más que sus ojos y su cerebro.

¡Vaya cómo se lo pasó el día en que un rayo de sol, que atravesaba las ramas del manzano, le molestó en los ojos!

Aquello le hizo pensar: «¿El rayo de luz blanca será sólo blanco o estará compuesto por otros rayos de colores?». La luz siempre le había traído de cabeza, y observando sus cambios en los relojes de sol fue capaz de calcular no sólo la hora sino el día, el mes y la estación del año.

En las noches serenas de verano, se tumbaba boca arriba y contemplaba las estrellas tan bien colocaditas en el cielo, moviéndose suavemente, sin tropezarse, y se preguntaba: ¿Por qué no se caen los astros? ¿Por qué guardan siempre las mismas distancias en el Universo?

A Gusanito Pomar le preocupaba Isaac. Los chicos normales no se suelen hacer esas preguntas, la verdad.

«Debe ser un genio», pensaba. Y se sentía orgulloso de que alguien con ese talento se sentara bajo su manzano a discurrir.

Así que le pareció estupendo que Isaac se fuera a la Universidad y dejara con la boca abierta a sus compañeros y sus profesores.

Los compañeros de la Universidad tampoco le comprendían mucho cuando se quedaba estudiando Matemáticas, en vez de irse de marcha con ellos.

-¿Por qué os empeñáis en pensar que las Matemáticas deben ser aburridas? -les decía él-. Son tan entretenidas como una partida de cartas o un crucigrama. ¿Queréis verlo?

Pero aquí también le dejaban solo, cosa que a él le importaba un bledo, naturalmente.

Aunque le tomaban el pelo, sabía que le tenían envidia y muchas veces escondía sus descubrimientos matemáticos para que no le llamaran empollón.

Cuando estaba comenzando a disfrutar de su aprendizaje en la Universidad, llegó a Inglaterra la temible peste bubónica que se llevó miles de vidas; hubo que cerrar las clases y Newton volvió a la granja familiar de Woolsthorpe.

Sus abuelos, que ya eran viejecitos, se pusieron muy contentos porque pensaban que el nieto se quedaría de agricultor en la propiedad familiar.

Pero a Isaac se le olvidaba echar paja en el establo o limpiar la cochinera: él estaba todo el día, con su cuadernillo, anotando por dónde discurriría mejor el agua de la noria que había diseñado y cosas por el estilo. Lo suyo era el cálculo.

Una tarde de verano de 1666 decidió echarse la siesta bajo el manzano que le acogía en su niñez.

Gusanito Pomar se puso muy emocionado al volver a verle hecho ya un hombre, con levita y todo. Quiso asomarse tanto desde su agujero manzanil que impulsó a la manzana, ya madura, y ésta cayó justamente encima de la nariz del sorprendente estudiante.

La manzana, demasiado madura, se despachurró lamentablemente y Gusanito sorteaba como podía los ojos del joven que, al sentir el cosquilleo, le cogió suavemente entre sus manos:

-¿Así que tú vivías dentro de esta manzana que se ha caído atraída por la Tierra?

Gusanito Pomar le miraba extasiado. A él no le había dirigido nadie nunca la palabra.

-Pero cuando tú, gusanito insignificante, te paseas por la superficie de la manzana, no te caes aunque estés boca abajo. ¿Eres, a tu vez, atraído por la manzana? ¿Es que todos los cuerpos del Universo se atraen?

Y para comprobarlo extendió hacia abajo la palma de su mano por la que seguía paseándose Gusanito Pomar como si la cosa no fuera con él.

Cuentan las crónicas que esta corta relación entre nuestro amigo Gusanito Pomar y Sir Isaac Newton fue el principio del descubrimiento de la ley de la gravitación universal, una de las bases de la ciencia moderna.

Pasada la peste, Isaac Newton volvió a la Universidad de Cambrigde. Allí fue uno de los inventores del cálculo diferencial e integral y estableció las leyes de la mecánica clásica.

Gracias a aquel rayito de sol que le hirió los ojos en su infancia, escribió su obra sobre la «Óptica», en la que explica sus teorías sobre la luz, y logró construir el primer telescopio de reflexión.

Aquel muchacho, que había aprendido del sol, del viento y las estrellas convertido en el más grande de los astrónomos ingleses, se destacó también como gran físico y matemático.

Su obra monumental, comúnmente conocida como Principia, en la cual expone los fundamentos matemáticos del Universo, la comenzó a pensar cuando, tumbado en la hierba de la pradera, contemplaba las estrellas titilando en el verano.

¡Para que luego digan que es malo tumbarse a la bartola! -pensaba Gusanito Pomar.

Bilbao, 7-6-2002.

 

CYDIA POMONELLA

Blancanieves estaba asustadísima.

El cazador real la había sacado del castillo envuelta en una manta, para que nadie la reconociera.

-¡Debes matar a Blancanieves y traerme su corazón sangrante! -le había ordenado la malvada Reina, en cuanto se hubo quedado viuda.

El cazador, aparentemente rudo, era un sentimental y no estaba dispuesto a cumplir aquel mandato.

-Esta bruja lo soluciona todo matando -pensó. Pero no dijo nada, claro.

Así que, en cuanto se encontró en el bosque, lejos de palacio, le quitó a la princesita la mordaza, y se sentaron juntos a merendar.

-¿Para qué me has traído aquí? -le preguntó ingenua Blancanieves.

-Para esconderte en casa de unos amigos, que te van a cuidar muy bien, hasta que se le pase a tu madrastra esa manía persecutoria que le ha entrado.

-¿Y por qué me persigue?

-¡Anda! Porque eres mucho más guapa que ella, y cómo aún no se ha inventado la cirugía estética, está que trina.

-¿Qué vas a hacer tú ahora?

-No te preocupes. Juega con las mariposas mientras yo me interno en el bosque y no te muevas de este prado hasta que vuelva.

Y mientras el Cazador buscaba al cervatillo, cuyo corazón serviría para despistar a la Reina, Blancanieves encontró a la mariposa Cydia Pomonella que había caído en una tela de araña.

Blancanieves, con dulzura, la sacó de aquella cárcel y la dejó volar.

-Las dos hemos tenido suerte, mariposa -le dijo-. Tú acabas de salir de la cárcel que te conduciría a la muerte. Yo acabo de salvarme de la muerte, para esconderme en una cárcel y poder vivir.

Cydia Pomonella revoloteaba alrededor de la joven para darle las gracias.

-Me gustaría ser gris y anodina como tú y poder volar al jardín del castillo sin que nadie notase mi presencia que despierta envidias.

Cuando Cydia Pomonella se despidió de Blancanieves, cruzó volando sobre las almenas. Estaba tan nerviosa que desovó en la primera flor que encontró en un hermoso manzano que había cerca del pozo.

Pasó mucho tiempo.

La malvada Reina Viuda había hecho traer las mejores manzanas del jardín del castillo.

Estaba furiosa.

Su espejo mágico le acababa de revelar que Blancanieves no sólo no había muerto, como le había hecho creer el cazador, sino que vivía felizmente entre los enanitos del bosque.

Y daba largos paseos buscando setas o recogiendo endrinas para hacer pacharán.

Y había aprendido el misterio de las hierbas medicinales: las que curan y las que matan.

Esto último le hizo tomar precauciones porque no la podría envenenar con facilidad.

Así que escogió una manzana en cuya piel se diferenciaran dos colores, el verde y el rojo.

La colocó sobre su halda sujetándola con las rodillas.

Era fundamental que el veneno se concentrara en el punto más apetitoso de la fruta.

Un fallo en el pinchazo… y ella también moriría.

-Yo morderé la mitad verde -se dijo, saboreando la venganza-, y le ofreceré la mitad roja, que es más atractiva.

Con una jeringuilla introdujo un veneno mortal en la mitad roja de la manzana, creyendo dejar la zona verde sana y comestible.

Gusanito Pomar vio desde su galería cómo penetraba en ella la aguja enorme que desprendía un líquido pestilente, que le hizo alejarse todo lo posible de aquel lugar.

Pensó que se había producido una inundación.

«Menos mal que en la parte de abajo tengo el salón, donde se puede almacenar el líquido», pensó Gusanito. «Lo que tengo que hacer es largarme cuanto antes de aquí, que huele muy mal.»

Y se puso a comer manzana a toda marcha, para hacerse una salida al exterior.

Mientras tanto, el veneno se iba depositando en el salón de la casa gusanil… que, mira tú por dónde, estaba enfrente de la parte verde de la fruta.

Gusanito comía y comía para hacerse una ventanita que le permitiera respirar aire puro.

Al final, lo consiguió.

Pero su manzana ya no estaba sobre el halda de la reina mala sino en una cestita camino del bosque de los enanitos.

Y desde la cesta observó cómo la malvada madrastra engañó a Blancanieves.

Y cómo le ofreció la manzana mortal.

-… Es que no debo comer la fruta sin estar lavada -dijo muy digna la joven.

-¡Mujer!, ya está lavada. La voy a probar, para que veas -añadió la madrastra.

Y le dio una dentellada en la mitad de la parte verde, justamente donde estaba acumulado todo el veneno que había destinado a su víctima.

Gusanito Pomar, desde la cesta, no le quitaba la vista de encima.

Enseguida la vio ponerse morada, hacer gestos extraños y poner los ojos en blanco.

La reina, que desconocía el laberinto de galerías interiores, tardó en entender que también podía estar envenenada la parte trasera de la manzana.

-¿Qué le ocurre, buena mujer? -decía la incauta de Blancanieves.

-¡Que me estoy muriendo, rediez! ¿Es que no te das cuenta?

-¿Y qué puedo hacer yo?

-Busca el antídoto del arsénico.

Blancanieves, que no sospechaba que el veneno iba preparado para matarla a ella, fue corriendo al botiquín, buscó el antídoto y se lo hizo beber.

-¿Cómo serás tan mema? -pensaba Gusanito.

Cuando llegaron los enanitos se encontraron a la Reina Viuda sentada en el mejor sillón y a Blancanieves que la estaba abanicando.

-¿Qué estás haciendo, so tonta?

-Curar a esta ancianita que me quería obsequiar con una manzana riquísima.

-¡Si es tu madrastra!

-¡Oh! No la recordaba.

-Era su madrastra -dijo la Reina-. Desde ahora seré su madre porque he descubierto que la belleza de la que me habla el Espejo Mágico no la tiene mi niña sólo en la cara sino en el corazón.

-¿Y dejarás de tenerme envidia?

-Siempre te tendré un poco de envidia porque aunque quiera ser buena como tú, nunca conseguiré alcanzar tu bondad.

Y se fueron del bracete a Palacio.

Los enanitos, que no se creían mucho el arrepentimiento de la bruja, avisaron al Príncipe, que estaba locamente enamorado de la princesa.

Blancanieves y el Príncipe se casaron en la Catedral.

Cuando se dieron el beso delante de la multitud, salió volando, como quien no ha roto un plato, Gusanito Pomar, ahora ya, Cydia Pomonella.

Cydia Pomonella se fue con los novios al Caribe y se quedó a vivir en un manzano de frutas amarillas porque ya estaba harta de las rojas y verdes.

Primavera 2003. Bilbao.

 

LA GUIRNALDA DE ESPUMILLÓN

La Hermana Tornera tuvo que salir al portal para recoger aquel enorme regalo que no cabía por el torno del convento.

Todas las monjas se acercaron sorprendidas e hicieron corro alrededor del abeto sin entender su significado.

-¿Qué es esto? -se preguntaban las monjitas más ancianas.

-Un Árbol de Navidad -dijo la Hermana Marina, la última novicia que había ingresado en religión.

-Y ¿para qué necesitamos nosotras un Árbol de Navidad?

-Para adornar la Capilla.

-Por ahí sí que no paso -afirmó muy decidida la Madre Abadesa-. Nosotras adornaremos la Capilla con el Nacimiento como nos enseñó nuestro Padre San Francisco. Eso del árbol me parece una moda pagana.

-Es que Su Reverencia hace muchos años que entró en clausura y desconoce las tradiciones más modernas; pero a nuestra madre Santa Clara seguro que no le importaría compaginar el Árbol con el Nacimiento -dijo, con un hilo de voz, otra monjita joven-. Cuando servidora vivía en el mundo -añadió-, en casa de mis padres, colocábamos el Niño Jesús a los pies del Árbol y colgábamos de sus ramas obsequios para toda la familia.

-Pagano. Pagano.

La Maestra de Novicias, más actualizada que la Abadesa, intervino en la conversación:

-¿Qué le parece, Reverenda Madre, si dejamos a las jóvenes que coloquen el dichoso abeto en el refectorio? El Nacimiento lo seguiremos poniendo en la Capilla.

-Con el Niño Jesús, por supuesto.

Las novicias comenzaron el insólito trajín de adornar el Árbol.

Como no tenían bolitas de colores, decidieron colocar en sus ramas frutos, caramelos y galletas que encontraron en la despensa.

Gusanito Pomar vivía dentro de una manzana roja y redonda, que colgaba en el extremo de una de las ramas.

Cuando Gusanito sintió que se balanceaba dentro de su hogar, pensó que estaba en un columpio y cerró los ojos para disfrutar más.

El balancín se quedó quieto y oyó que, a través de sus paredes comestibles, le llegaban las alegres notas de un villancico en latín. Prolongó su oloroso túnel y llegó hasta la mismísima piel de la manzana. Con unos certeros mordiscos construyó una ventana ovalada, por la que contempló la alegría de la comunidad.

Cuando las monjas se fueron a la Misa del Gallo dejaron encendida la bombilla que habían colocado sobre el Árbol a modo de estrella.

Gusanito Pomar decidió salir de su escondite y recorrer despacio aquel ramaje verde en el que había tantos adornos hasta llegar al lugar misterioso en el que se encontraba la luz. Porque Gusanito no había visto nunca ningún resplandor: él había nacido dentro de la manzana, que era dulce y oscura.

Al aproximarse al extremo de una hoja puntiaguda, se quedó mirando hacia abajo, donde resplandecía silencioso aquel Niño en su cunita. Era el Dios al que las monjas cantaban, y aquella noche era su cumpleaños.

Creyó que Jesús le sonreía. ¿Sería, acaso, también, el Dios de los gusanitos?

¡Cómo deseó dar un salto y llegar hasta la cuna para pasearse junto a su carita sonrosada! Le dio mucho miedo bajar sin paracaídas, por lo que decidió explorar hacia arriba, hacia la Estrella.

No se había dado cuenta de que, a medida que avanzaba, iba dejando tras de sí una estela sedosa que delataba su recorrido a través de ramas y regalos.

Cuando llegó a la cúspide y acarició la estrella que coronaba el Árbol, sintió un delicioso placer… y la Estrella de Navidad, al recibir aquel beso, convirtió su húmeda huella de humilde gusano en una brillante cinta dorada que rodeaba zigzagueante al abeto.

Fue la primera cinta de espumillón.

Gusanito Pomar se agarró fuertemente a ella, tomó impulso, cerró los ojos, saltó con todas sus fuerzas y… zas. Llegó hasta la cuna.

Las monjas volvieron de la Misa del Gallo a recoger los regalos de las novicias y vieron sorprendidas cómo el Árbol estaba rodeado de una guirnalda de oro que, enlazando sus ramas, llegaba hasta el Niño. Junto a Él dormía el más insignificante de los seres vivos.

La Madre Abadesa miró a las novicias sonriendo:

-… El Hermano Gusano, como diría nuestro Padre San Francisco.

Navidad 2001.

  1. J. Blanco Rubio

AL OTRO LADO DEL RAYO DE LUNA -I

CAPÍTULO I

       DUENDILANDIA

Dundy vivía felizmente en Duendilandia, el país de los duendes rodeada de su numerosa familia.

Aquel invierno había sido extremadamente duro y la mamá duendesa no le había permitido a ninguno de sus hijos bajar a hacer travesuras durante las fiestas de Navidad a las casas de los humanos, en el Planeta Tierra.

Dundy ya estaba acostumbrada a ver a sus hermano Fok y a sus primos agarrarse a un rayo de la Luna y deslizarse por él hasta quedarse en el alféizar de una ventana sin luz.

Si la ventana hubiera estado iluminada y les hubieran sorprendido los humanos, ellos habrían perdido todos sus mágicos poderes para siempre.

¿Y qué podría ocurrir con un duende pequeño y esmirriado si no podía hacer rabiar a los niños y a sus padres?

Pero Dundy, que también tenía poderes, a pesar de ser una chica, se había enterado por los comentarios de los otros duendes, que en la Tierra las niñas tenían los mismos derechos que los niños y podían hacer los mismos trabajos que ellos.

-Mamá, le dijo muy decidida a doña Borlita, ¿Por qué no puedo bajar yo también con mi hermano a divertirme un poco haciendo rabiar a los niños?

-¡Qué cosas tienes, chiquilla! le contestó la madre malhumorada. Tu hermano es duende; tus primos, tu padre, tus tíos y tus abuelos son duendes también: a ellos les corresponde hacer los viajes que alteran las vidas de los humanos para hacerles discurrir… nosotras no somos más que mujeres… somos duendesas.

-¡Anda… y te parece poco ser duendesas?

-Nuestra misión es velar por los varones y hacerles los hechizos para que no les ocurra nada malo en su correrías.

-¿A las chicas no nos hacen efecto los sortilegios mágicos?

-Igual que a los chicos, naturalmente. Pero estaría muy mal visto que una duendesita se deslizara por los rayos de la Luna como un duende.

-¿Es por eso?… Pues te aseguro que no pasa nada… y, además es muy divertido.

-¿Cómo lo sabes? le preguntó la mamá duendesa mirándola fijamente a los ojos.

-… Es… que… ya he bajado a la Tierra.

-¿Qué ya has bajado?… ¿Y cuándo?

Fuu…e en la Noche de san Juan, el año pasado, contestó Dundy temblándole las piernas… No se enteró nadie.

La mamá duendesa no dijo nada, pero le echó a su hija una mirada que equivalía a un mes sin salir de paseo.

Cogió a Dundy de la mano y se la llevó despacio hasta la puerta de su casa.

Allí se pusieron juntas a contemplar a la Luna y observaron cómo duendecillos de otras familias comenzaban su ruta nocturna deslizándose por los rayos de luz, bien apretados entre las rodillas para no caerse, como si fueran bomberos de juguete.

Naturalmente que Borlita era un apodo que hacía referencia a sus redondeces. Se lo pusieron de niña y ella misma terminó adoptándolo. Y no sólo no se enfadaba cuando alguien la llamaba así sino que decidió sacar partido de sus gorduras y aprendió a bajar las escaleras dejándose rodar por ellas.

Doña Borlita era una duendesa no más alta que un teléfono móvil, lo mismo que su hija Dundy. Pero Dundy era flacucha y descolorida.

También ella había aprendido los trucos que le proporcionaba su figura y, como era tan delgadita, cuando se apretaba junto a una pared o un árbol, pasaba desapercibida, y su falta de color le servía para camuflarse mejor.

Doña Borlita, mujer al fin, comenzó a considerar las absurdas razones que discriminaban a las mujeres duendesas.

¿Por qué no podían bajar ellas a la Tierra?

Eso no era justo.

 CAPÍTULO II

CARNAVALES

Una nube ocultó el rayo de Luna por el que descendían los duendecillos y la mamá le dio un apretón de mano a su hijita.

Ambas se miraron con complicidad.

Muy despacito, y aprovechando la oscuridad de otra nube, sin que las vieran los duendes varones, madre e hija se agarraron al rayo lunar y resbalaron, resbalaron, hasta encontrarse en medio de una ciudad en vacaciones.

Doña Borlita estaba preocupada pensando en el escándalo que se organizaría en Duendilandia cuando notaran su ausencia.

Dundy era feliz.

Aquello de bajar a la Tierra era una experiencia magnífica sobre todo si, además, la acompañaba su mamá.

Así que se cogieron de la mano y se decidieron a explorar el terreno.

La plaza en la que habían aterrizado estaba llena de luces y de ruidos.

Por todas partes había cuadrillas de gente vestida con ropas de colores y con la cara pintada.

Dundy se preguntaba si no se habrían equivocado de planeta porque en la Tierra, la gente no era tan extraña.

-Es que son Carnavales, le dijo la mamá.

-Y eso que es?, preguntó Dundy

-Es una fiesta muy divertida en la que la gente se viste con los disfraces más disparatados.

-Ya veo. Pensó Dundy, contemplando un muchacho vestido de espantapájaros que iba del bracete con un bocadillo de salchichón de tamaño descomunal. ¿Puedo usar mis poderes?

-Pero no abuses. Que te conozco, dijo doña Borlita.

En aquel momento, una bailarina de ballet, que iba en el desfile dando vueltas y más vueltas, perdió el equilibrio y casi pisa a nuestra duendesita que tuvo que dar un gran salto para no ser aplastada por la danzante.

Si apenas darse cuenta, Dundy apareció dentro de la corona de una niña vestida de princesa que se pasaba por la calle con su abuelita.

¡Ay!

Dundy, muy asustada, se asomó por la corona que parecía una barandilla de oro.

Miró a todas partes y no encontró a su mamá.

Pero Dundy no se preocupó porque sabía que su madre, que era duendesa, sabía volver a su país trepando por otro rayo de Luna.

Y doña Borlita tampoco se preocupó por Dundy porque sabía lo lista que era.

Así que cogió el rayo ZC-27, que estaba libre en ese momento, y se fue a casa a preparar la cena

CAPÍTULO III

AMIGAS DEL ALMA

Cuando Alba llegó a casa estaba muy satisfecha de lo bien que se lo había pasado en el desfile de Carnavales.

Ella iba vestida de princesa, con un vestido precioso de color rojo con adornos dorados y mucho vuelo.

Su hermana Lucía, que era pequeñita, llevaba un disfraz de chinita.

   Al llegar a casa estaba muy cansada y quiso acostarse pronto.

A ella le hubiera gustado más dormir en casa de la abuela Domy, porque se lo pasaba muy bien escuchando los cuentos que ésta le contaba al irse a la cama. Pero aquella noche estaba tan cansada que no necesitaba cuentos.

Dejó la ropa de la fiesta sobre la silla y, encima de todo colocó la corona, en la que iba, bien agarrada nuestra amiga duendesa.

Apenas cerró los ojos notó que alguien se le acercaba y le tiraba del pelo.

-Tengo sueño, dijo.

Pero una mano traviesa le seguía haciendo bromas.

-¡Que me dejes dormir!

Y, entonces, se encendió la luz de la habitación.

Alba se sentó en la cama de muy malas pulgas y se frotó los ojos.

No podía creer lo que estaba viendo.

¡Oh!

Frente a ella, dando volteretas , había una criaturita no más grande que la palma de su mano.

Tenía un vestido de flores azules y el pelo rizado.

Sus ojos eran redondos como monedas y las orejas terminaban en punta.

-¿Y tú quién eres?, dijo la niña.

–Soy Dundy. Una duendesa que quiere hacerse amiga tuya.

-¿Y para eso me has despertado? Tengo mucho sueño.

-Es que yo no puedo trabajar más que por la noche. Durante el día tengo que estar oculta. ¿Es que no quieres ser mi amiga?

-Claro que quiero. Pero explícame quién eres y que haces aquí.

Y Dundy le explicó a Alba, con pelos y señales, que ella era una duendesa exploradora, que había aterrizado en Bilbao para convivir con una niña y aprender cómo se vivía aquí.

A Alba se le quitó el sueño escuchando las aventuras de Dundy.   Cuando se lo contara a sus amigas del colegio seguro que no se lo iban a creer.

Aquello era mucho más maravilloso que toda la fiesta de Carnaval.

Alba estaba muy contenta de tener una amiga mágica. Y, después de mucho rato, decidieron que podrían dormir juntas.

-¿Me dejas que te abrace?

Y se durmieron abrazaditas las dos

CAPÍTULO IV

DUNDY PELUCHE

A la mañana siguiente, Alba se despertó muy pronto sin saber si aquello que le había ocurrido había sido un sueño o una realidad.

Y lo único que encontró entre sus brazos fue una muñequita de trapo, medio descolorida.

Y pensó: ¿De dónde ha salido?

Enseguida se dio cuenta de que era Dundy, transformada en muñeca porque le estaba dando la luz del sol

Decidió guardar el secreto y no contárselo a nadie.

Metió la muñeca de trapo en su mochila y se la llevó al colegio.

Pero no se lo contó ni a su mejor amiga……

Cuando llegó el recreo, Alba cogió la muñeca de trapo a la vez que la manzana que le había puesto la abuela.

Le gustaban mucho las manzanas. Sobre todo las Golden.

Una niña le preguntó.

-¿De dónde has sacado esa muñeca tan birriosa?

-¿Birriosa? ¿De verdad que te parece birriosa?

-Es que está descolorida. Como que fuera vieja.

Entonces, Alba se acordó de que Dundy le había dicho que las duendesas vivían cientos de años, y respondió :

-Creo que tiene mil años.

– ¡Anda ya!, le dijeron las amigas.

Y no le hicieron ni pinta de caso.

Cuando volvió a casa por la tarde y desocupó la mochila, su mamá le preguntó.

-¿De dónde has sacado ese peluche tan pequeño?

-De casa de la abuela, mintió Alba.

Y no dijo más.

Porque no quería contarle a nadie su secreto.

Así que esperó con ansiedad que se hiciera de noche para que Dundy pudiera recobrar su vida mágica.

Y tenía tantas ganas de volver a hablar con su amiga duendesa que ni se quedó a ver los dibujos animados.

Lo que no podía sospechar la buena de Alba es que su hermanita Lucía entrara en su cuarto a darle la lata.

-Déjame sola, le dijo amablemente.

Pero la niña no comprendía qué es lo que le podía suceder a Alba, que siempre jugaba con ella.

Y se echó a llorar.

Entonces, Alba, que era tan buena, le dio a su mejor muñeca para que se callara.

-No. Ésta, no.

-Toma esta otra.

-Tampoco, dijo la niña.

-¿Cuál, entonces?, preguntó Alba

-Quiero ésta, dijo, cogiendo a Dundy.

-No. Ésta no se puede coger.

Y Lucía se echó a llorar con todas sus fuerzas.

Tanto lloró y berreó, que mamá tuvo que acudir a la habitación muy enfadada.

-¿Qué pasa aquí?

Y vio que las dos niñas se peleaban por la muñequita de trapo.

-Esto lo soluciono yo rápidamente, dijo mamá.

Y cogió a Dundy y la colocó encima del armario del salón.

Así que nuestra amiga Alba, se tragó la saliva sin decir nada y no dejaba de mirar hacia arriba insistentemente.

Mamá acostó primero a Lucía porque era la más pequeña.

Cuando Alba se iba a la cama, le dijo bajito a mamá.

-Mami, ¿por qué no me dejas dormir con la muñeca de trapo?

-Porque no. Hasta mañana no se cumple el castigo por pelearse.

Es que mamá Olga tiene mucho carácter.

Así que Alba se fue a la cama en silencio.

Y no podía dormirse.

Pero, al poco rato de estar con la luz apagada notó que alguien le hacía cosquillas en las pestañas.

Abrió los ojos rápidamente.

¡¡¡Allí estaba su amiga Dundy!!!

-¿Cómo has bajado del armario?, le preguntó.

-¿Olvidas que soy duendesa?

Y las dos se echaron a reír con todas las ganas. Así se pasaron un buen rato.

Pero Alba no estaba acostumbrada a trasnochar, y ya llevaba dos noches de jarana.

Cuando se cayó de sueño, su amiga Dundy, le dio un beso y se salió a explorar los alrededores

     CAPÍTULO V

ZAPATOS ORDENADOS

Cuando se durmió Alba, Dundy, salió de la habitación para inspeccionar la casa.

-¡Qué desordenada es esta gente! -Pensó Dundy , mirando los zapatos- Colocan siempre uno del derecho y otro del revés. Yo los pondré todos del derecho…  

Y con un parpadeo triple, que es como ella hacía sus hechizos, todos los zapatos de la casa se volvieron del mismo pie.

A la mañana siguiente, con las prisas del desayuno y de preparar la mochila para ir al colegio y al trabajo, nadie se dio cuenta de que se había puesto dos zapatos iguales.

Durante todo el día, la familia empezó a sentir molestias en el pie izquierdo, que es el que llevaba el zapato cambiado.

Cuando llegaron a casa, tenían unas ganas enormes de ponerse las zapatillas.

-Ay, dijo mamá, qué ganas tengo de descalzarme.

-Y yo, dijo papá.

-Y yo, dijo Alba.

-Los zapatos nuevos me hacen pupa en el pie, dijo Lucía.

Cuando papá fue a descalzar a la pequeña, se dio cuenta de que los dos zapatos de la chiquilla eran iguales:

¡Los dos eran del pie derecho!

-Es natural que la nena esté dolorida, le dijo a la mamá. En la zapatería me han metido dos zapatos del mismo pie, en la caja. Tengo que ir a quejarme.

-Pues los zapatos míos tiene más de un año, y también son del mismo pie, dijo muy fastidiada la mamá

-Y los míos, dijo Alba.

Entonces, mamá se fue como un rayo a comprobar qué les ocurría al resto de los zapatos y se quedó estupefacta al descubrir que en toda la casa no había zapatos más que del pie derecho.

¡Caramba!

-Aquí pasa algo. Esto parece cosa de brujas.

-O de duendes, dijo Alba, medio bajito.

Porque Alba, que es muy, pero que muy lista, se dio cuenta de que el cambio de los zapatos era cosa de Dundy, y no quería chivarse.

-Ya verá ésta, cuando sea de noche, pensó Alba.

Así que cenó rápidamente y se quiso ir a su cuarto para encontrarse a solas con la duendesa, que les había hecho esta jugarreta.

Dundy Peluche, estaba colocada sobre la cama y Alba cerró la ventana para que la duendesa se fuera volviendo a la vida.

En cuanto encendió la luz, Dundy comenzó a desperezarse y le dirigió a Alba la mejor de sus sonrisas.

Alba no tenía ganas de bromas y la miró con cara de mucho enfado.

-¿Qué te pasa?, le dijo Dundy.

-¿Qué que me pasa?, ¿Tú sabes la que has armado con los zapatos?

-¿Qué zapatos?… encima de que anoche os los estuve igualando y colocando con orden…

-¿Cómo que igualando?

-Sí. Porque todos, lo que se dice todos los pares de zapatos, estaban mal hechos.

-No estaban mal hechos, dijo Alba.

-Sí, afirmó Dundy: uno miraba para la derecha y otro para la izquierda.

-Claro, dijo Alba, lo mismo que los pies: uno mira para la derecha y otro a la izquierda.

-¿No me digas?, ¿eso os pasa a los humanos?… ¡Los duendes tenemos los dos pies iguales!

Y, efectivamente, Dundy le enseñó a Alba sus dos pies, que eran absolutamente iguales y miraban al frente.

-¡Qué metedura de pata!, dijo, Dundy.

– Pues ya puedes solucionarlo. En cuanto se acuesten los papás tienes que volverlos a su estado.

– No hace falta, dijo Dundy, haciendo con rapidez el parpadeo triple. Ya está resuelto.

En esto, entró mamá al cuarto de Alba para apagarle la luz y le colocó los zapatos en su sitio.

-¿A ti también te hicieron daño los zapatos todo el día, hija?

-Poquito, contestó Alba.

-Porque estos están bien, cada uno es de su pie, dijo mamá un poco mosqueada.

Y le dio un beso y se fue a comprobar cómo estaban los demás zapatos de la casa.

¡¡¡Todos los pares de zapatos tenían uno del pie derecho y otro del pie izquierdo!!!

-Debe ser cosa de duendes, como dice Alba… Y se fue a dormir.

CAPÍTULO VI

VIAJE A DUENDILANDIA

-Mañana es mi cumpleaños, le comentó Alba a Dundy.

-¿Te cortarán las uñas?

-¿Por qué me van a cortar las uñas?, dijo Alba sorprendida.

-Porque en Duendilandia, cuando es nuestro cumple nos cortan las uñas en una reunión familiar y se arrojan los trocitos de uña al Lago Sagrado para que tengamos mucha suerte.

-Aquí nos cortamos las uñas solamente cuando están largas.

-Y, ¿cómo celebráis los cumpleaños?

-Nos hacemos regalos. Y tenemos merendolas con los amigos y con la familia, dijo Alba.

-¿Y no tenéis Lago Sagrado? … Es precioso… te puedes meter en el agua sin mojarte la ropa… y los peces se dejan coger… y si tocas una música especial, salen las sirenas a bailar contigo .

-¡Qué bonito!, dijo Alba. Me gustaría conocer tu Lago Sagrado.

-¿Quieres que te lleve?

-¿Podrías hacerlo?

-Solamente en una noche especial, como la de tu cumpleaños. Pero tendrías que ir a mi país.

-¿Me llevarías?

-¿Te atreverías a atarte a un rayo de Luna?

-Claro que sí, dijo Alba entusiasmada. Pero yo no sé trepar.

-No te preocupes. También hay rayos automáticos, que te suben sin esfuerzo.

Entonces, Dundy abrió la ventana y esperó que entrara algún rayo de Luna.

– Vamos a esperar un rato. Los rayos que están entrando ahora son los MG-0-34 y son tan delicados que no resistirían tu peso.

Y Alba se quedó mirando los rayos de Luna.

-¿No son todos iguales?, preguntó.

-Ni mucho menos: cada uno tiene una función. No son iguales los rayos que sirven para bajar, que los que son para ascender.

Y Alba seguía mirando.

-¡Ya los tengo!, dijo Dundy, alargando la mano y agarrando dos hermosos y fuertes rayos de plata.

Dundy se colgó del rayo JC-78 y le colocó a su amiga el rayo JC-79 atándoselo a la cintura.

-Dale otra vuelta, no te vayas a caer… Y agárrate con las dos manos, dijo Dundy.

-Ya estoy bien agarrada.

-Cierra los ojos .

Y Alba cerró los ojos con todas sus fuerzas.

Comenzó a sentir un cosquilleo por todo su cuerpo mientras el rayo de Luna se iba encogiendo y encogiendo, hasta que sintió en la cara una dulce claridad.

-Ya puedes abrir los ojos, le dijo Dundy.

Cuando Alba abrió los ojos se quedó maravillada.

-¡Oh!, dijo. ¿Qué es esto?

-Es Duendilandia, contestó su amiga.

Y le desató el rayo de Luna ZC-79, que le apretaba la cintura.

Y al soltarse del rayo, Alba notó que se había vuelto pequeñita como su amiga.

¡Las dos tenían el mismo tamaño!.

Dundy le dijo que si se hubiera quedado de su tamaño natural , los demás duendes se podrían asustar.

Alba se tocaba la ropa.

¡El pijama y las zapatillas también habían encogido!

-¡Qué guay!, pensó.

Y se puso a mirar alrededor.

-Pero…¡si parece de plata!

Es que en este país, nos iluminamos con la Luna, que siempre está llena. Cuando está luciendo la Luna es nuestro día.

-¿Y no tenéis noche?, preguntó Alba muy intrigada.

-Claro, dijo Dundy, cuando sale el Sol, como nos adormece, nos acostamos, y entonces es nuestra noche.

-O sea, que vivís al revés que en la Tierra, confirmó Alba.

– Más o menos, dijo la duendesa echándose a reír a carcajadas

Cuando los demás habitantes de Duendilandia oyeron las risotadas de Dundy, acudieron en tropel a saludarla.

Todos querían besarla.

Todos querían tocarla.

Todos hablaban a la vez.

Y Dundy se ponía muy ufana porque era la primera duendesita que había bajado hasta la Tierra.

Hasta la directiva de la asociación “Duendesas por la Igualdad” se acercó a felicitarla y le pusieron la medalla de “Duendesa Pionera”.

A partir de su hazaña, también las duendesas bajarían a la Tierra lo mismo que los duendes.

Sus amigas la miraban con envidia.

Hasta que llegó la mamá Borlita.

Estaba un poco enfadada.

-Te has pasado un pelín, hija- dijo dándole un beso-. Bajaste para los Carnavales y ya estamos en mayo. Nos tienes muy disgustados.

-Es que he encontrado una amiga del alma, dijo Dundy señalando a Alba.

-¿Y te has atrevido a traerla a nuestro mundo secreto?, dijo la mamá , mirando a la niña.

Alba temblaba de miedo.

-Solo hoy, porque es su cumple, mami.

La llevaremos al Lago Sagrado, dijo doña Borlita, cogiendo a Alba de la mano.

Doña Borlita era cómplice de Dundy, claro.

CAPÍTULO VII

CUMPLEAÑOS FELIZ

En Duendilandia no habían recibido nunca una visita de la Tierra.

Como Alba es tan bonita, los duendes pensaban que se trataba de una princesa.

Menos mal que acudía Dundy para sacarla de apuros.

Todos querían saber cosas de Alba.

Y Dundy les contaba que vivía en Etxebarri,

Que tenía unos papás que se llamaban Víctor y Olga.

Que su hermanita se llama Lucía.

Que le gustaba mucho ir al colegio.

Que sus abuelos la querían mogollón.

Y que era una niña feliz.

Hasta que llegó doña Borlita, con unas tijeras de oro, dispuesta a cortarle las uñas.

Le cortó las uñas de las manos y las de los pies, en trocitos muy chiquitines.

Los duendes y duendesas hicieron corro y cantaron una canción muy dulce, mientras Borlita cortaba y Dundy recogía los trocitos de uña en un plato de cristal .

Ahora… ¡vamos al lago!

Dundy cogió de la mano a su amiga y comenzaron una procesión con todos los habitantes de Duendilandia en dirección al mágico lugar.

¡Allí estaba el Lago Sagrado!

Tras un triple pestañeo de doña Borlita, todo el mundo se quedó descalzo.

Al llegar al Lago no se detuvieron en la orilla sino que siguieron caminando por el agua de color rosa.

Plof…plof…, hacían sus pies al pisar el agua que no mojaba.

Alba andaba muy despacito, pensando que en cualquier momento se iba a hundir.

¡Pero no se hundía!

A ella no le preocupaba el agua porque nadaba estupendamente.

Que para eso pasaba las vacaciones en Noja.

Al llegar al centro del lago… surgió un chorretón de agua verde, que se fue abriendo mientras caía y se convirtió en un sillón de cristal, resplandeciente como una piedra preciosa.

Siéntate, le dijo doña Borlita.

Y Alba se sentó en el sillón esmeralda, muy emocionada.

Dundy le acercó el plato con los trocitos de uña.

-Arrójalos al lago, le dijo su amiga.

Alba la obedeció.

Cada trocito de uña, al saltar al aire, se convirtió en una mariposa que revoloteaba alrededor del grupo.

-Ahora, tira el plato, le dijo Dundy.

… Y el plato, al caer, se transformó en una nube de flores blancas, que cubrieron el lago como si hubiera nevado.

Inmediatamente, cada duende se subió a una flor.

Y las mariposas se engancharon a las flores y comenzaron a pasearles por el lago que parecía una pista de patinaje.

Hasta que se quedaron en corro rodeando a Alba

¡Aquello parecía un sueño!

Y le cantaron a Alba la canción de “Cumpleaños Feliz” en castellano, en euskera y en lenguaje duendil, que era el más bonito de todos.

Alba estaba muy emocionada.

Pero, con tantos acontecimientos, había pasado mucho tiempo .

Comenzó a clarear el sol .

Doña Borlita, hizo su triple pestañeo y todos aparecieron en su casa.

¡El Lago Sagrado y su trono de esmeralda habían desaparecido!

Comenzaron a cerrar a toda prisa las ventanas, no les fuera a entrar el sol.

-Te tienes que marchar, le dijo Dundy.

-¿Y tú no vas a venir conmigo?, dijo muy triste Alba.

-Ahora, no, dijo doña Borlita. Dundy tiene que recuperar el tiempo perdido.

-¿Y cómo vuelvo sola? Ya no queda casi Luna.

Aunque Alba era valiente, tenía miedo de no saber bajar sola. No lo había hecho nunca.

-No te preocupes. Tenemos los rayos 33-FF, que son los de las emergencias.

Y agarraron el rayo 33-FF-02, que era el que estaba de servicio, y ataron a Alba con cuidado, después de darle muchos besos.

-Recuerda que no debes abrir los ojos hasta que sientas el suelo bajo tus pies, dijo Dundy limpiándose los mocos.

-¿Volverás a la Tierra?, le preguntó Alba muy compungida.

-Más adelante. Cuando menos te lo esperes.

Y Alba se agarró fuertemente, cerrando los ojos, mientras se le escapaban dos enormes lagrimones salados.

Por eso no se dio cuenta de que las mariposas la fueron escoltando por todo el viaje.

Cuando, a la mañana siguiente, entraron los papás de Alba para felicitarla, encontraron la habitación llena de mariposas de colores.

Parece cosa de duendes, dijeron ellos.

O de duendesas, dijo Alba sonriendo.

… Y Colorín

colorado…

El cuento de Dundy

…. Se ha acabado.

Bilbao 2007

Petra-Jesús Blanco Rubio

AL OTRO LADO DEL RAYO DE LUNA-II

Historia de duendesas y duendes

                                                         Cuento para Alba

23-2-2011

                                           Capítulo I

DON CUADRILÁTERO

 

El matrimonio de doña Borlita y don Cuadrilátero estaba muy bien avenido.

Vivían en Duendilandia, porque ellos eran duendes de toda la vida.

Bueno: el duende era don Cuadrilátero, tan serio y tan formal; doña Borlita era una duendesa regordeta y simpática.

Duendilandia es un planeta mágico cuyos habitantes duermen cuando sale el Sol y salen de paseo cuando se asoma la Luna.

Por eso son todos tan pálidos, casi transparentes, como Dundy y Fok, los hijos de doña Borlita y don Cuadrilátero.

Los duendes y las duendesas son pequeños, como un teléfono móvil y tienen iguales los dedos de las manos y de los pies.

No saben lo que es la derecha ni la izquierda.

Para no equivocarse de dirección, tienen las orejas con una punta hacia arriba, que les sirve de antena y aciertan siempre.

En Duendilandia no hay señales de tráfico.

En cambio tienen un Lago Sagrado con agua-que-no-moja y da mucho gusto nadar en él y salir con la ropa seca.

Con el-agua-que-no-moja los duendecillos no se pueden divertir haciéndoles aguadillas a sus amigos.

Los duendes de verdad tiene poderes mágicos… y sin necesidad de ir a un colegio especializado, como Harry Potter: ya nacen con ellos.

Pero no pueden utilizarlos sin permiso.

Está prohibido.

Cada cumpleaños pueden activar diferentes poderes, más o menos según haya sido su comportamiento. Así que los más ancianos tienen muchísima magia.

Don Cuadrilátero es un duende muy importante.

Tiene a su cargo el Lunipuerto, que es como la estación para cualquier viaje que se quiera hacer al exterior.

Por el Lunipuerto pasan los rayos de Luna que llegan a la Tierra.

Duendes especializados, con uniforme, se encargan de atrapar los rayos por los que se deslizan los duendes viajeros para acercarse hasta el Planeta Tierra, donde viven los niños, y hacerles rabiar.

Los duendes son un poco pillines, no te creas.

¿A ti, Alba,te han hecho rabiar alguna vez?

                                                                         Capítulo II

ESCAPADA

Aquella noche, Fok cumplía 120 años. Ya era casi un duende adulto.

Como los duendes viven hasta mil años, el cumplir 120 es como si un humano cumpliera doce.

Dundy tenía 85, para cumplir 86 en la próxima Primavera.

Dundy estaba muy emocionada porque quería mucho a su hermano y le había hecho un regalo secreto que sólo le enseñaría cuando saliera el Sol y se tuvieran que ir a la cama.

Pero Fok estaba empeñado en abrir el enorme paquete con aquel lazo fosforito tan espectacular.

-Mami, le decía Fok a doña Borlita, ¿puedo abrir por una esquina para ver de qué se trata?

-Tu hermana se va a enfadar mucho como lo hagas, le contestó doña Borlita mientras sacaba del horno un riquísimo asado de unicornio lechal.

Y Fok se puso de morros todo el rato.

– Más te vale, le dijo la madre, irte un rato a ayudar a papá al Lunipuerto. Hoy es fin de semana y habrá mucha cola para salir a trabajar.

Fok se arregló su chaqueta de color verde y salió de casa.

En vez de entrar en el Lunipuerto por la puerta de empleados, se escapó por la de usuarios y se puso a la cola de los viajeros.

Allí se encontró a su amigo Fanfa.

-¿Adónde vas tú a trabajar?, le preguntó a Fanfa que se estaba comiendo las uñas.

-A Bilbao, le dijo. ¿Quieres venir conmigo?

-Acabo de cumplir 120 años nada más. Mis padres no me dan permiso todavía, replicó muy triste.

Pero Fanfa no tenía ganas de viajar solo y le engatusó con mucha picardía.

-Tú te pones delante de mí y ya verás como nadie se da cuenta.

-¿Y si se entera mi padre?

-¡Qué va, hombre!… si tu padre está muy ocupado. Tú ven conmigo. Volvemos enseguida y nadie lo notará.

Fok, muy ingenuo, se dejó convencer por Fanfa.

Los dos se pusieron cerca del andén por el que pasaban los rayos de Luna a toda velocidad. Había que cogerlos en marcha y eso requería mucha rapidez.

-Ten cuidado con el rayo que coges. Ya sabes que en el colegio nos han hecho estudiar todas las clases de rayo de Luna.

-¿Te piensa que no me lo sé?, dijo Fok un poco mosqueado. Son 137 variedades de rayo.

-¿Cuáles son los más resistentes?, le preguntó Fanfa, chuleando un poco.

-Los JC…¿O es que piensas que soy tonto?

-¡Ahora, dijo Fanfa!

Y los dos duendes se agarraron fuertemente a

los rayos JC-29 y JC-30, que eran los que tenían delante.

Se fueron deslizando mágicamente pensando a dónde querían ir.

Si algún duende se distrae en esta operación, el rayo de Luna se pone a girar y girar como un remolino y lo devuelve a Duendilandia sin contemplaciones.

Fanfa y Fok lo hicieron estupendamente… y llegaron a Bilbao.

Pero no a cualquier sitio de Bilbao sino al mismísimo San Mamés donde jugaba el Athletic con el Barcelona, que le había metido ya un horrible gol.

Al ver aquel desaguisado, Fanfa hizo un triple pestañeo veloz y, como un rayo, salió disparado el balón desde la bota de Llorente entrando en la portería contraria.

-¡¡¡¡¡Goooool!!!!!

Fok no estaba autorizado para hacer este tipo de magias, pero como era el día de su cumpleaños, quiso probar a ver si le salía otro gol. Él no iba a ser menos que su amigo.

Pestañeó con toda su ilusión.

¡¡¡¡¡¡GOOOOOL!!!!!!, gritaron de nuevo.

Y los Leones ganaron el partido.

Fanfa le miró sorprendido.

¿Qué había pasado para que un birria de 120 años nada más, hubiera conseguido que el Athletic le ganara al Barcelona?

En el vestuario no entendían cómo podía haber ocurrido aquella maravilla.

-Parece cosa de duendes, dijo el Míster.

                                                                          Capítulo III

GLOBOS

Como habían ganado, los socios del Athletic salieron muy contentos de San Mamés.

Fok y Fanfa, para que no les atropellaran, dieron un salto y se metieron en el bolso de la chamarra de Alba, que había ido a ver el partido con su papá.

Por el camino se sintieron emocionados al oír la voz tan bonita de la niña y se prometieron que no volverían a Duendilandia hasta no ver su cara.

Ni se atrevían a asomar, no les pillaran y se tuvieran que quedar en Bilbao.

Allí estuvieron quietos, sin rebullirse, hasta que llegaron a casa y la ropa, quedó colgada en el armario.

Cuando todo estuvo en silencio, salieron los dos duendecillos lentamente, se acercaron hasta la cama de Alba, y le dieron un beso de buenas noches.

También besaron a su hermanita Lucía, que dormía plácidamente en la cama de al lado.

De puntillas, fueron buscando una ventana orientada hacia la Luna para volver a casa.

Antes quisieron hacer alguna travesura y Fanfa, que sí estaba autorizado, colgó del techo todos los muñecos y los peluches que encontró en la casa.

Fok y Fanfa, con tantos entretenimientos habían dejado pasar la noche y casi no quedaban rayos de Luna para volver a casa.

Los rayos JC estaban todos ocupados. Además no son los mejores para regresar.

Los rayos FR pasaban vacíos porque eran algo inseguros y se deshacían los primeros cuando amanecía.

Se empezaron a poner nerviosos.

Menos mal que vieron pasar un haz de rayos LS, que pinchaban un poco, pero no les importó, así que dieron un salto y se agarraron los dos al mismo rayo, el LS-119.

¡Casi el último!

Como el rayo LS-119 no estaba preparado para transportar a dos viajeros, se enrollaba a muy poca velocidad y los dos duendecillos tenían mucho miedo de que saliera el Sol sin haber vuelto a su casa.

Si esto ocurría, el rayo de Luna se desharía con la luz y ellos caería para siempre al vacío del Universo.

Ni respiraban los pobres.

Cuando amaneció, ya estaban casi en Duendilandia.

Tuvieron que dar un buen salto para descender.

Al llegar a casa, Fok se encontró a sus padres muy, pero que muy enfadados.

Dundy, se había hartado de custodiar el regalo envuelto en papel fosforito y lo había guardado para siempre…

A mamá Borlita se le había enfriado el asado de unicornio.

…Y don Cuadrilátero estaba de muy mal genio. Le echó tal mirada a Fok, que éste se fue a la cama sin rechistar.

Ni te cuento, a la mañana siguiente, que susto se llevó toda la familia de Alba al ver a los muñecos en el techo.

– Yo no he sido, dijo Lucía.

¿Será cosa de duendes?, se preguntaban.

Porque las familias de duendes son como las de los mortales.

Y lo que está mal, está mal en todas partes.

Aunque sea tu cumpleaños.

Capítulo IV

LA REVOLUCIÓN DE LAS DUENDESAS

Los habitantes de Duendilandia eran muy aficionados a los concursos.

Todos los meses se reunían a orillas del Lago Sagrado, se bañaban en el agua-que-no-moja y, después contaban las hazañas logradas en las partidas nocturnas por la Tierra.

Algunos duendes eran bastante gamberros.

Como Kripo, que contaba:

-Le escondí las gafas a un señor para que se volviera loco buscándolas.

Creo que era el abuelo Vicente.

Otros, sin embargo, tenían mejor corazón como Gabú, que comentaba:

-Vi a un ladrón robar un bolso y yo se lo devolví a su dueño.

Pero cuando Fanfa contó lo del gol, se llenó se aplausos, porque los duendes eran, principalmente, hinchas del Athletic.

Esto no le gustó nada a Fok, que sabía que el gol de Llorente era el del empate. El de ganar fue el que propició su parpadeo.

Pero se calló porque no quería enfadar más a su padre.

Ese día le dieron el premio a Fanfa.

Al final de la reunión, doña Borlita pidió permiso para hacer una pregunta.

El Gran Duende Emérito se lo concedió.

– ¿Por qué las duendesas no podemos bajar a la Tierra a hacer travesuras como los duendes?

El Gran Duende se revolvió en su silla.

– Eso no es posible, dijo. Las duendesas tenéis que cuidar la casa y atender a los duendecillos. Vuestros poderes se desactivan cuando sois niñas .

– No siempre, añadió Borlita. Si practicamos no los perdemos.

– ¿Seguro?.¿Practicáis en secreto? preguntó el Gran Duende, sorprendido.

– Segurísimo, dijo doña Brisa. Y si no te lo crees, pregunta a las demás duendesas.

El Gran Duende se dirigió a ellas muy preocupado.

– ¿Es cierto que conserváis vuestros poderes?

– Algunos, dijo doña Flauta, que tenía una voz muy fina. Con un poco de ejercicio podríamos recuperar todos.

Esta situación no estaba prevista en el mundo de los duendes.

¿Qué harían ellos si sus esposas y sus hijas pudieran hacerles la competencia en magia?

– Lo tengo que pensar, dijo el Gran Duende.

Las duendesas insistieron en sus reivindicaciones.   Hasta que obtuvieron permiso del Gran Duende Emérito para hacer cursillos de rehabilitación y, en muy poco tiempo consiguieron el título de “Exploradoras en prácticas”.

Las niñas, como Dundy, pudieron experimentar sin esconderse y competir con los duendecillos.

Ellos andaban un poco fastidiados porque les tocaba hacer trabajos domésticos, como ir a la compra o preparar la comida.

Como eran duendes pensaban que lo podrían realizar con magia.

Estaba completamente prohibido.

Si a las duendesas no les valía la magia para los quehaceres domésticos, tampoco les tenía que valer a los chicos.

Mismos derechos.

Mismos deberes.

Misma magia

Este asunto pasó a la historia de Duendilandia como “la Revolución de la Duendesas”.

Capítulo V

 CARNET DE EXPLORADORAS

Con el título de “Exploradoras en Prácticas” en el bolsillo, las duendesas señoras decidieron acercarse a la Tierra.

Algunas, muy pillinas, ya lo habían hecho antes pero disfrazadas de duendes, para que no las castigaran.

El día del examen práctico, todas las duendesas tenían que bajar y demostrar que habían hecho una magia.

Doña Borlita llegó al Lunipuerto con sus amigas doña Brisa y doña Flauta. Las recibió don Cuadrilátero, con todos los honores.

– ¿Cómo habéis tardado tanto?, dijo un poco molesto porque su esposa se hubiera retrasado. Ya no quedan rayos JC, que son los más confortables.

Así que se tuvieron que conformar con un haz 26-ZN, que tampoco estaba mal aunque sus rayos eran menos luminosos.

– ¡Ahora!, dijo el empleado mientras sujetaba los rayos ZN. Y las tres amigas dieron un salto agarrándose a los 26-ZN-3, 26-ZN-4 y 26-ZN-5.

– ¡Cómo se conoce que tu marido trabaja en el Lunipuerto!… Estos rayos son estupendos.., le dijo doña Flauta a doña Borlita.

Y se enganchó en el rayo por la piernas dejándose caer hacia atrás.

– ¿Queréis que vayamos a Bilbao?, respondió ella. Mi esposo dice que es el mejor sitio del mundo.

– ¡Venga!, respondieron a la vez doña Flauta y doña Brisa.

– ¡Pues a pensar en ello!

Y las tres se pusieron a pensar, sin distraerse, con los ojos bien cerrados. No se fueran a quedar atrapadas en el remolino del despiste.

Yiiiiiiii

Y pusieron los pies en el suelo.

Al abrir los ojos comprobaron que habían posado en una especie de isla rodeada por una nube.

Parecía que estaban en el cielo.

En cuanto anduvieron un ratito llegaron a la orilla.

Se asomaron con cuidado y comprobaron que estaban encima de una torre de cristal.

La torre más alta que habían visto en su vida.

¡La Torre de Iberdrola!

¿Cómo bajar de allí?

Recordaron que había un truco para las emergencias.

Consistía en parpadear alternativamente los dos ojos a gran velocidad, cinco veces seguidas.

– Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

-¡Ya!

Abrieron los ojos.

Menos mal. Ya estaban en el suelo de Bilbao. En la Gran Vía.

Se quedaron alucinadas al ver tantas tiendas y tan bonitas.

Sin muchos esfuerzos, atravesaron el cristal de los escaparates y saltaron por entre los objetos maravillosos que había allí.

Las tres decidieron poner una boutique en Duendilandia.

Sería un éxito.

Se entretuvieron tanto, que se les fue pasando el tiempo de la noche sin haber hecho ninguna travesura.

Salieron corriendo hasta que se encontraron en la Alhóndiga.

Cuando entraron se quedaron sorprendidísimas al comprobar cómo un edificio tan bonito tenía todas las columnas diferentes.

– ¡Qué horror!, dijo doña Flauta.

– Seguro que ya han estado aquí otras duendesas en prácticas y les han estropeado el edificio a esta buena gente, dijo doña Brisa.

– Nosotras se lo arreglamos en un plisplás, aseguró doña Borlita.

Y decidieron alegremente cuál sería la auténtica columna.

Hicieron sus triples pestañeos, y todo el vestíbulo se apoyó en columnas clásicas.

Mejor que el Partenón.

Se quedaron muy satisfechas.

Seguro que por aquella hazaña les darían el carné de “Duendesas Tituladas”

Inmediatamente, se asomaron a la calle. Comprobaron entonces que estaba amaneciendo.

¡¡Horror!!

Con la luz del Sol no se distinguían los rayos de Luna y era imposible regresar a Duendilandia.

Además el sol las cegaba y apenas podían ver.

Las duendesas están hechas para la noche.

Como la Alhóndiga tiene un atrio tan oscuro, parece siempre de noche.

Menos mal.

Así no les daría la luz del sol ni se convertirían en muñecas de trapo.

Dieron un salto y se acurrucaron en una viga del techo para que las señoras de la basura no las mandaran al contenedor cuando hicieran la limpieza.

En Duendilandia estarían preocupados pensando en ellas.

                                                                                           Capítulo VI

LAS COLUMNAS DE LA ALHÓNDIGA

A la mañana siguiente, nuestras duendesas no quisieron perder detalle.

Normalmente los duendes no pueden presenciar las aventuras diurnas, porque ellos duermen con el Sol.

Un lugar como la Alhóndiga, tan oscuro de día no se encontraba en cualquier sitio.

¡Menudo chollo!

Observaron cómo un ejército de camareros colocaba una fila de mesas con manteles y copas.

– Parece que habrá una fiesta, dijo doña Flauta.

Llegaron otros camareros con pinchos y canapés.

– Qué ricos, pensó doña Borlita, que disfrutaba de la comida.

Todo estaba perfecto cuando entró en el recinto la Concejal de Cultura.

Miró las columnas.

– ¿Qué ha pasado aquí?, exclamó desmayándose.

Los camareros la auxiliaron.

– ¿Qué ha pasado con las columnas?, repitió.

Todo el mundo se dio cuenta entonces de que las maravillosas-columnas-todas-distintas se habían uniformado.

– ¡¡¡Oh!!!

Inmediatamente llamaron al Alcalde por teléfono para contarle el problema.

– ¿Qué tontería me estás diciendo?, contestó el Alcalde. En Bilbao tenemos un edificio con la colección de columnas más maravillosa del mundo.

– Sí, decía la Concejal. Eso era ayer. Hoy son todas iguales.

– Pues le pongo un pleito al arquitecto. A mí que no me toque las narices, decía Azcuna, muy enfadado.

– ¿Qué hacemos?

– Mejor será, dijo la Concejal, que entretenga usted a los invitados y les enseñe la alfombra que hemos puesto en el Puente de Calatrava. Veré cómo resuelvo yo esto.

La Concejal, con muy buen criterio, hizo salir a todo el mundo de la Alhóndiga y se quedó sola pensando.

Cerró los ojos desolada.

A todo esto, nuestras amigas duendesas se habían dado cuenta de la metedura de pata que habían tenido.

¡Las columnas eran diferentes de verdad!

Veían tan triste a la pobre Concejal, que se solidarizaron con ella.

Sin decirse nada, cada una por su cuenta, hicieron el triple pestañeo…

…Y la Concejal contempló alucinada cómo las columnas iban recuperando su forma original.

Se le cayeron las lágrimas de emoción.

A doña Borlita, doña Flauta y doña Brisa, también.

Y sonreían.

Al cabo de un rato comenzaron a llegar los invitados a la recepción.

El Alcalde les comentó que tenían contacto directo con la NASA, que les enviaba una película del Sol en tiempo real.

– Traer al Sol entero, resulta un poco caro y estamos en crisis, dijo muy serio.

Al oír esto, nuestras duendesas se escondieron en su rincón todo lo que pudieron.

¿El Sol en foto tendría los mismos efectos que el real?

No quisieron comprobarlo. Por si acaso.

El día se les hizo muy largo y aprovecharon para echar un sueño.

Por eso no vieron a Lucía y Alba que habían ido a la ludoteca con la abuela Domy.

En cuanto salió la Luna, buscaron los rayos JC, que volvían vacíos a esa hora, y se largaron pitando a su país.

Por el camino se encontraron a don Cuadrilátero que bajaba a buscarlas.

Qué risa.

Capítulo VII

EL MAGO GRIMORIO

Mientras las duendesas se acercaban a Duendilandia, don Cuadrilátero se alejaba de allí camino de la Tierra.

Se cruzaron en la noche.

Las duendesas se reían muy divertidas.

Tuvieron que esperar a la siguiente noche para que volvieran los esposos.

Don Cuadrilátero estaba de muy mal humor.

– Este asunto hay que solucionarlo pronto. Eso de que mi esposa me deje con-las-camas-sin-hacer y se largue de Exploradora, no puede durar mucho tiempo. A mí no me gusta hacer camas.

– ¡ Anda!… ni a mí.

– No me lo habías dicho nunca.

– ¿Para qué? Si no podía hacer otra cosa… Ahora es distinto.

– ¿Y eso de tu trabajo fuera de casa va a durar mucho tiempo?

– Lo que haga falta, Cuadri. Ahora que ya tengo mi carné oficial de “Duendesa Titulada”, no lo voy a desaprovechar. Necesito realizarme. Los niños ya son mayores.

– ¿Y no te realizas cuando pones la lavadora o limpias el polvo.

– Pues no, oye. Prefiero explorar la Tierra y conocer gente diferente cada día. ¿No lo haces tú?

Y la conversación se alargaba hasta el infinito.

Don Cuadrilátero no terminaba por aceptar que, a partir de la Revolución, había que compartir magias y trabajos.

Ni que las duendesas eran iguales que los duendes.

Era bastante machista.

A Dundy y Fok no les afectaba el problema. Su mamá les había educado en la igualdad y sabían hacer sus trabajos correspondientes.

Los trabajos no pertenecen a los chicos o a las chicas: ambos pueden hacer todos los oficios.

En el colegio era diferente porque, como a las niñas duendesas no les habían enseñado los trucos de magia, tuvieron que recibir clases particulares para ponerse al día.

El profesor de magia era un duende muy divertido. Se llamaba Grimorio y enseñaba a sus alumnas cosas curiosas, como por ejemplo:

– Cómo hacer crecer el pelo a las niñas que prefieren trenzas.

– Cómo borrarle los deberes a aquellos estudiantes que trabajaban con la tele puesta, sin enterarse de lo que hacían.

– Cómo hacer que los gallos cantaran antes del amanecer para que las flores fueran abriendo sus corolas .

– Cómo convertir en zapatos de sieteleguas las deportivas.

– Cómo transformar los vestidos cada noche para parecer que habían comprado uno nuevo…

Y muchas cosas más.

Lo que no sabía el profesor de magia era que las duendesitas que acudían a su clase, ya se sabían las lecciones antes de entrar.

Sus mamás, se las habían enseñado en secreto durante los años de opresión machista.

Pero no se lo decían al viejo Grimorio para no hacerle sufrir.

Duendilandia estaba cambiando mucho.

                                                                                             Capítulo  VIII

EN CASA DE ALBA

Al terminar el cursillo intensivo, las duendesitas tuvieron que hacer un examen para demostrar que podían incorporarse a clase con los duendes varones.

Dundy estaba muy nerviosa.

Lo que menos se había podido imaginar ella era que iba a poder volver a Bilbao para abrazar a Alba, su amiga del alma.

Porque Dundy, había pedido llegar a Bilbao. Ya se le había perdonado la picia de la escapada aquella que tan larga se le hizo a la familia.

-Mami, le decía a doña Borlita, ¿Tú crees que Alba se acordará de mí?

-Que sí, mi niña, le contestaba la madre. Que Alba tiene muy buena memoria y no se le ha olvidado todo lo que la festejamos cuando la trajiste a Duendilandia.

-¿Me la vas a dejar traer otra vez?

-No sé qué decirte. Aquello fue un poco loco, ¿No te parece? Ahora tenemos que trabajar por lo legal. Tu padre no nos perdonaría otra aventura sin contar con su permiso.

-Lo que ocurre es que, esta vez, a lo mejor le tenemos que contar la verdad a Lucía, que se ha hecho mayor. Ya tiene 6 años.

-Pues se la contamos. Lucía también es una niña encantadora.

Y Dundy se fue al Lunipuerto y se puso a la cola con sus amigas para subirse en los rayos de Luna. Las duendesitas no se podían imaginar que su profesor , el mago Grimorio, las iba a acompañar en el viaje.

– ¡Era una sorpresa!, les dijo él sonriendo.

– ¿Y qué puede hacer un mago duende en la Tierra?

– Pues, magia… ¿Qué os habéis creído?

Enseguida llegó don Cuadrilátero. No quiso dejar que ningún empleado ayudara a Dundy y sus amigas en el viaje de fin de curso.

– Es estupendo que las acompañe usted, don Grimorio, le dijo al profesor. Así me quedo más seguro.

– Yo no voy a intervenir en sus aventura, dijo el profesor, muy serio. Está prohibido.

Don Cuadrilátero fue ayudando a todos los viajeros hasta que llegó su duendesita adorada. Alargó su potente brazo y cogió el más resplandeciente rayo JC para Dundy.

Es para ti, le dijo. Recuerda que no te tienes que distraer si quieres llegar hasta Etxebarri.

-No papá. Como ya he estado allí, me sé perfectamente la dirección y seguramente aterrizaré en la misma ventana de Alba.

Y cerró los ojos pensando en la casa de su amiga.

– ¿Se acordará de mí?

– ¿O se habrá vuelto mayor y ya no le gustará tener una duendesa por amiga?

¡Ay! ¡Que suspense!

Cuando se posó en el alféizar de la ventana, hizo su triple pestañeo y atravesó los cristales y la persiana de un golpe.

Se quedó muy orgullosa de su potencia mágica.

Aunque las duendesas tienen el poder de ver en la oscuridad, Dundy no era capaz de distinguir cuál de las dos niñas maravillosas que dormían en la habitación era Alba y cuál Lucía.

Por un momento Dundy se despistó olvidando los años que habían transcurrido, y como Lucía tenía la misma cara de Alba a su edad, se dirigió a su cama.

Comenzó a hacerle cosquillas en la nariz, como en los viejos tiempos.

Lucía le dio un manotazo al despertarse.

– ¿Por qué me pegas?, ¿Es que no me reconoces, Alba?

– No soy Alba. Soy Lucía.

– ¿Es cierto?¡Qué mayor te has hecho! ¿Y Alba, entonces, es esa señorita tan guapa que duerme en la otra cama?

– ¡Claro! ¿Y quién eres tú?

– Dundy.

Lucía dio un salto sobre la cama sin poderse creer que junto a ella estaba la mismísima duendesa de la que tanto había oído hablar y despertó a su hermana.

Capítulo IX

EL REENCUENTRO

Cuando Alba se despertó al oír los gritos de Lucía, no se podía creer lo que estaba viendo.

– ¿Cómo sabías que hoy es el día más importante de mi vida?… Solo me faltabas tú para ser completamente feliz.

– ¿Y por qué es el día más importante de tu vida?, le preguntó Dundy

– Porque hoy voy a hacer la Primera Comunión. ¿En Duendilandia no hacéis la Primera Comunión?

– ¿Qué es la Primera Comunión?

– Es la primera vez que recibimos a Jesús en nuestro corazón. Y Jesús es Dios.

– Qué suerte tenéis los humanos. En Duendilandia no recibimos a Dios en nuestro corazón. Tiene que ser muy hermoso.

– Lo es. Por eso estoy tan contenta… Y tan nerviosa.

– Bueno: yo te ayudaré a no estar nerviosa. Ahora vamos a dormir, que mañana tienes una jornada muy ajetreada.

– Pero cuando nos despertemos ya no podré estar en contacto contigo, porque te habrás convertido en peluche.

– Es verdad. Voy a teledirigir el blablaeco hacia ti para poder comunicarnos aunque sea de día.

– ¿Qué es el blablaeco?, preguntó Alba.

– El blablaeco es un lunar que nos sale en la oreja derecha de los duendes a los 80 años.

Más o menos hace el servicio de una agenda y si le dicen el alta voz los recados importantes, quedan grabados algún tiempo.

Hay duendes tramposos que,, en vez de estudiar leen las lecciones en el blablaeco para pasar los exámenes.

Luego, cuando caduca la grabación, se les borra y se les olvida todo. Suspenden el curso y son penalizados con dos años sin bañarse en el Lago Sagrado.

– Ya me gustaría a mí tener uno, replicó Alba.

– Es mejor estudiar. Las cosas que se estudian bien de niña, se quedan para siempre en el cerebro. No se olvidan jamás.

– ¿Cómo la tabla de multiplicar?, dijo Alba.

– Como la tabla de multiplicar.

– ¿Y para qué os sirve ese lunar, si luego se borra la información?

– Pues porque, como nuestras orejas son picudas, mandan mensaje teledirigidos a quienes nosotros queremos. Si tenemos el blablaeco operativo nos podemos comunicar con cualquier amigo por telepatía.

– ¡Qué bueno!

– Será mejor que nos acostemos, dijo Dundy. No sea que por la mañana te caigas de sueño. ¿Me vas a coger junto a tu corazón?

– Pues claro que sí.

Lucía había escuchado toda la conversación sin intervenir. Ella sabía que Dundy y su hermana eran amigas del alma.

Se atrevió a preguntar:

– ¿Alba, me puedo llevar a Dundy a tu Primera Comunión, aunque sea una muñeca sin movimiento.

– Claro que sí, dijo Dundy. De esta manera también estaré presente en la ceremonia. Gracias, Lucía por querer llevarme.

Y Alba se agarró a su amiga del alma hasta que la luz de la mañana entró por las rendijas de la ventana.

Dundy ya se había convertido otra vez en muñeca de trapo, blanda y arrugada.

                                                                                               Capítulo X

LA CEREMONIA

Fue un día maravilloso.

Mamá Olga ayudó a Alba a ponerse un vestido blanco, con un gran lazo de seda y una florecitas de color rosa.

Y ella se dejó vestir; y mamá le peinó la hermosísima melena, que le caía por los hombros.

Sobre la cabeza llevaba una corona de flores diminutas. Parecía una hada con el rosario y el misal de nácar que le había regalado la abuela Domy.

Todo era poco para recibir a Jesús en su corazón.

Cuando llegaron a la iglesia, Alba se reunió con todos los niños que comulgaban ese día y se puso muy contenta de estar con sus amigos.

Se encendieron las luces.

Las familias de todos los comulgantes llenaron las bancos.

Alba estaba feliz porque allí se encontraban sus abuelos, sus tíos y todos los primos vestidos de fiesta.

Lucía se había puesto muy seria con su amiga Dundy en la mano.

– ¿Qué muñeca traes?, le dijo Gorka.

– Es Dundy, le aclaró ella bajito. No se lo cuentes a nadie.

Porque Gorka también está en el secreto de la duendesa.

Gorka no se había creído eso de que a sus primas las pudiera visitar un personaje fantástico de Duendilandia y se quedó un poquito mosqueado.

– ¿De veras?. ¿Me la dejas?

Lucía le dejó a Dundy temiendo que se la cogieran Héctor o Igor, que son unos trastos, y le hicieran alguna avería.

– Un momento solo, ¿Eh?

Y Gorka se puso a inspeccionar la muñeca de trapo sin encontrar ninguna pista de magia.

– Toma, le dijo a Lucía. Es vulgar y corriente.

Lucía se sonreía con picardía.

Comenzó a sonar una música deliciosa.

Las catequistas repartieron a los comulgantes unos folios con las frases que cada uno debía leer en alta vos durante la misa.

Nadie sabe lo que pasó. Debió ser el viento.

La hoja de Alba había desaparecido y la niña no podía seguir la ceremonia ni intervenir cuando le correspondía.

Mamá Olga se puso nerviosa.

Papá Víctor no sabía hacia dónde mirar.

Los primos jugueteaban por los bancos.

El resto de la familia no se enteraba del asunto.

Lucía apretaba fuertemente a Dundy convertida en muñeca inerte.

Lucía es muy lista

Le estaba transmitiendo telepáticamente el problema a Dundy, que reaccionó en un periquete.

Alguien se dio cuenta del fallo y le entregó a Alba una hoja nueva.

¡ El texto estaba equivocado!

Alba se puso muy nerviosa.

Menos mal que Dundy, le comenzó a enviar mensajes a través del blablaeco.

Alba recibió el mensaje enseguida y comenzó a leer con mucha seguridad,

Todo el mundo se quedó perplejo al escuchar su lectura, como si no pasara nada.

Alba, le dio gracias a Jesús por haberle enviado una duendesa amiga en ese momento tan difícil.

Las campanas tocaban a gloria.

                                                                                            Capítulo   XI

GRIMORIO, EL MAGO JUGUETÓN

Después de la comida, que fue muy rica, con tarta y todo, comenzó la fiesta.

En el restaurante tenían prevista la actuación del mago Juan Tamariz, para que entretuviera a todos los chiquillos que hacían la Primera Comunión y sus parientes.

El mago Juan Tamariz es muy famoso. Tanto que le conocen en el mundo entero y ha salido en muchos programas de televisión.

Juan Tamariz aparece siempre con un sombrero brillante y una melena un poco desmelenada. Usa gafas porque es un poco miope.

También suele llevar un chaleco, seguramente para hacer mejor los trucos.

Tamariz es muy simpático y dicharachero.

Alba estaba muy contenta porque le gusta mucho la magia. A ella le gustaría ser maga y saber hacer esos trucos tan fantásticos para sorprender a sus amigos.

Pensaba que Tamariz la dejaría participar en algún juego y aprendería el truco. ¿Sería capaz?

Luego, ella se entrenaría con su hermana Lucía, para más tarde, hacérselo a sus invitados.

El primer truco de Tamariz consistía en cambiar de sitio unos naipes. Cuando quiso buscarlos en su bolso, en vez de la baraja se encontró con un duendecillo tan pequeño como una carta.

Tamariz se quedó sorprendidísimo: hasta ese momento él era el que hacía los trucos. Nunca se había encontrado con que alguien le hiciera los trucos a Tamariz.

-¿Quién eres tú?, le preguntó Juan Tamariz, un poco escamado?

-El duende Grimorio, profesor de magia de Duendilandia. ¿Es que no te acuerdas de mí?

-No me lo puedo creer, dijo el mago elevando hacia arriba su sombrero verde. ¿Cómo has bajado de tu país sin avisar?

-Estoy de servicio. Hoy es el día de Graduación de mis mejores alumnas duendesas y tengo que controlar sus sortilegios.

-Yo también estoy de servicio en este restaurante. Aquí se celebra la Primera Comunión de un grupo de niños y tengo que hacer unas actuaciones. ¿Qué te parece si cenamos luego juntos?

– ¿Y qué te parece si unimos nuestras magias y les hacemos una actuación superfantástica?

-¿Aquí?

-¿Por qué no en Duendilandia?, dijo Grimorio, que quería deslumbrar a Tamariz llevándole a su tierra.

-No podemos llegar todavía. Aun no es de noche y necesitaríamos muchísimos rayos de Luna para el viaje. Fíjate cuántos chiquillos hay en esta sala. Más de cien. ¿O es que tú, que eres profesor, tienes trucos nuevos para ascender sin necesidad de los rayos JC?, preguntó Tamariz perplejo.

-Ahora verás, contestó Grimorio dando una enorme carcajada.

                                                                                            Capítulo  XII

EL AIRE DE DUENDILANDIA

En aquel momento apareció en la sala una azafata.

-Queridos niños, dijo la joven: os vamos a dar un globo a cada uno de vosotros, que debéis agarrar con gran fuerza.

-¡Yupiii!, dijeron todos los chiquillos.

Y fueron recibiendo sus globos de diferentes colores.

-¿Vosotros sabéis de qué están llenos los globos?

-¡De aire!, contestaron con fuerza.

-Pues no señor, dijo la azafata. Los globos están llenos de un gas que se llama helio y que pesa menos que el aire.

-Por eso suben, dijo Gorka, que está en todo.

-Efectivamente. Y si cerráis los ojos con fuerza, el globo que agarráis os llevará hasta un país maravilloso.

-Esto es trampa, le dijo Tamariz a Grimorio. Un vulgar globo de helio no puede elevar a un niño.

-Tú mira y calla, le contestó el duende profesor.

Y Juan Tamariz se quedó con la boca abierta al ver que el tamaño de los niños se iba reduciendo hasta conseguir el mismo volumen que un duendecillo.

-Si quieres venir con nosotros, toma tu globo y cierra los ojos, le ordenó entonces Grimorio a su colega.

-Tamariz se acercó a la azafata y apretó con fuerza el único globo de helio que quedaba sin dueño.

Cerró los ojos.

Sintió entonces cómo su cuerpo disminuía y se hacía leve como una pluma.

Como un niño más notaba que se iba elevando, elevando, y pasaba por zonas con calor y otras con frío, hasta que sintió que era depositado en el suelo duro y blando a la vez, que él ya había pisado en otras experiencias.

Abrió los ojos.

A la vez que Tamariz abrieron los ojos todos los niños que estaban agarrados a sus globos.

-¡Ah!

-¡Cómo han crecido los globos!

Enseguida se dieron cuenta de que los globos no habían crecido sino que ellos se habían reducido como si fueran de juguete.

La más sorprendida era Lucía a la que se le había soltado el globo verde. Con la mano agarraba a Dundy.

-¿Qué es esto?, dijo Lucía

-Que estáis en mi país, dijo Dundy muy divertida.

-¿Y por qué se han parado los globos?

-Porque el aire de Duendilandia pesa lo mismo que el helio, dijo muy seria doña Borlita, que había acudido enseguida a recibir a su hija.

Alba corrió a saludar a la madre de su amiga y le presentó a su hermana y sus primos Gorka, Héctor e Igor.

-¡Estamos todos!, dijo Alba muy contenta. Esto sí que es un buen regalo de Primera Comunión. Gracias, Dundy.

En aquel momento, Grimorio dio una palmada que resonó como un tambor.

Todo el mundo miró asombrado hacia él.

-Queridos niños: ¿Cómo ha sido el viaje hasta Duendilandia?

-¡¡¡Muy divertido!!!

                                                                                       Capítulo XIII

PASEO TURÍSTICO

Grimorio se acercó al Gran Duende Emérito y le presentó a su amigo humano, Juan Tamariz.

El Gran Duende se puso muy contento porque las noticias decían que, siendo Tamariz un terrestre, había conseguido trucos incapaces de ser descubiertos por los mismos profesionales de Duendilandia.

-¿Qué sorpresa tenéis preparada para estos niños de Bilbao?, le preguntó Juan.

-Les daremos una vueltecita turística por el Lago Sagrado, que es muy espectacular.

Y hacia el lago se dirigieron todos en procesión.

La primera que llegó fue Alba, acompañada por Dundy y su hermano Fok, que se había vuelto muy galante.

Al llegar a la orilla, Alba se introdujo tan decidida en el agua-que-no-moja.

-¡Que te vas a estropear el vestido tan bonito de Primera Comunión!, le gritó Lucía aterrada.

Alba se echó a reír. Ella sabía que saldría tan seca como antes de entrar.

-Atrévete, Lucía, animó Dundy.

Lucía, Gorka, Héctor, el pequeño Igor y todos los niños que habían llegado al mágico país gracias a los globos de helio, comenzaron a jugar en el lago sintiendo que el frescor del agua no mojaba sus ropas.

Cuando estaban haciéndose bromas, se acercó a cada niño una mariposa gigante, atada por un lazo de seda a un pétalo de flor, invitando a los turistas a un delicioso paseo por los alrededores.

Se formaron tres largas filas de carrozas verdes que serpenteaban entre las burbujas de colores que aparecían de vez en cuando entre las olas.

Cuando se acercaban a cada una, la mariposa daba un brinco y entraban en la burbuja, que parecía una estrella de cristal llena de luz.

Hay que tener en cuenta que en Duendilandia todas estas cosas ocurren de noche, por lo que los destellos son mucho más sorprendentes que si fuera de día.

Tanto entraban y salían los niños, que el lago sagrado se había convertido en una gran pista de fuegos artificiales.

¡Qué guay!, decían todos.

                                                                                                CAPÍTULO XIV

BURBUJAS CON NIÑOS DENTRO

Mientras tanto, los padres, los abuelos, los tíos y todas las personas mayores estaban tan distraídas pensando que aquel mago tan famoso llamado Juan Tamariz, era buenísimo.

Hasta era capaz, con sus magias , de llevarse a los chiquillos lejos, para que ellos pudieran charlar a sus anchas.

Al oscurecer los mayores empezaron a preocuparse porque aquel truco les parecía un poco largo: todos los niños, menos algún bebé, que estaba en su cochecito, habían desaparecido totalmente.

Avisaron a la recepción del restaurante para que hicieran volver a sus niños ya que había que irse a casa.

-No sabemos dónde están, les contestó el mâitre.

-¿Cómo que no saben dónde están?, dijeron los padres acongojados.

-No. Desde que subieron con los globos de helio, no les hemos vuelto a ver.

-¿Los globos de helio?

-¿Es que no saben ustedes que el helio es un gas que, si se introduce en un globo, se escapa de la Atmósfera para siempre?

-¿Es posible?

-¿Y qué pasa con el helio?

-No se sabe: tal vez aparezca a varios años luz de distancia en el Universo.

-¿Se habrán perdido nuestros hijos en el espacio?

-¿Pero este truco no lo habían hecho otras veces?, insistían los mayores.

-El truco de los niños que suben al cielo es nuevo, repetían en dirección.

Avisaron a la policía que entró en el camerino de Juan Tamariz.

¡Tampoco estaba allí!

¡Había huido con los chiquillos!

Inmediatamente saltó la noticia a los telediarios: Un mago malvado había hecho desaparecer a un centenar de niños de Bilbao, reunidos para celebrar la fiesta de la Primera Comunión,

La noche se iba acercando.

La Luna llena apareció tras las montañas.

Las madres lloraban pensando que aquel malvado mago se había llevado a sus hijos para siempre.

La sirena de los bomberos avisaba a todo el mundo para que desalojaran el terreno, no fuera a ocurrir una catástrofe.

El alcalde apareció para dirigir la operación.

La policía buscaba a Tamariz por todos los rincones.

Olga, la madre de Alba, lloraba tanto que pensó que las lágrimas le estaban creciendo como pompas de jabón.

Sintió que esas lágrimas enormes le caían al suelo, y en ellas, aparecían sus hijas queridas, a las que creía desaparecidas para siempre.

Los mayores lloraban tanto, que confundieron las burbujas que resbalaban por los rayos de Luna con sus propias lágrimas.

No se dieron cuenta de que, en Duendilandia, se había organizado la operación regreso, dirigida por don Cuadrilátero, que para eso es el jefe del Lunipuerto.

Cada niño bajaba, como en un tobogán mágico, envuelto en la burbuja del agua-que-no-moja-, para que no le ocurriera una desgracia por el camino.

¡Yiiiii!

Cuando llegaban a Tierra, al poner los pies en el suelo, explotaba la burbuja en un haz de luz de colores dejando perplejos a los familiares, que corrían a abrazarles.

El último en llegar fue el mago Juan Tamariz.

Se quitó el sombrero verde.

Lo ató al último rayo.

Y el sombrero comenzó a ascender

hasta

el otro lado del Rayo de Luna.    

Bilbao, 8-8-2011

AL OTRO LADO DEL RAYO DE LUNA -III

Edición Lucía

año 2015

VISITA FURTIVA

Parece mentira que, en cuatro años, Duendilandia hubiera podido cambiar tanto.

Todo era producto de la “Revolución de las Duendesas”.

Ahora ya no había rincón ni trabajo vedado a las chicas ni a los chicos: lo mismo te podías encontrar a una duendesita preciosa colocando los rayos de luna del Lunipuerto, que a un duende venerable, tendiendo la colada en el colgador que todas las casas tenían en la parte trasera.

Eso era imposible antes de la Revolución.

Ya sabemos el lema de las duendesas revolucionarias:

Mismos derechos

mismos deberes

misma magia

Como era temporada alta, y don Cuadrilátero no tenía suficientes empleados para atender todas las demandas de viajes a la Tierra, le proporcionó a Dundy un trabajo por horas en el Lunipuerto.

Hay que tener en cuenta que, como las duendesas ya podían viajar al exterior, el negocio de los rayos de Luna se había incrementado muchísimo.

Tanto es así que los rayos JC, que son los mejores, estaban tan solicitados que había que pedirlos por adelantado.

Se pusieron en servicio los rayos DUX, exclusivamente para duendes y duendesas exquisitos y de mucha categoría.

En los rayos DUX no podía viajar cualquiera.

Como Dundy era la hija del jefe del Lunipuerto- todo hay que decirlo- había conseguido un horario a primera hora, lo que le permitía darse un paseo por la Tierra todas las noches, cuando acababa el servicio.

Así que seguía visitando a sus amigas Alba y Lucía.

Pero había surgido un problema.

Resulta que el día de la primera Comunión de Alba, cuando todos los niños del restaurante se quedaron reducidos al tamaño de los duendes y subieron en globos a Duendilandia, Fok, el hermano de Dundy, se quedó enamorado de ella.

-Ese es un amor imposible, le decía Dundy.

-¡La quiero!, contestaba Fok.

-¿Pero no te das cuenta de que un duende y una humana son incompatibles?

– ¡La quiero! Y no puedo vivir sin verla.

Aquella noche Fok estaba decidido a bajar junto a su hermana para ver a Alba.

Pero Dundy, que no estaba por la labor. Sabía que esta visita le podría acarrear serios problemas a su hermano si se enteraran sus padres, y procuró no decirles nada.

Como sabía que Lucía dormía en casa de la abuela Domi, se fue hasta Txurdínaga a hacer la reunión.

Fok bajaba, en secreto, detrás de ella en el rayo LS-132, a pesar de ser tan incómodo.

Dundy viajaba en un JC, como es de suponer.

Atravesó el cristal de la ventana mágicamente y se encontró a Lucía leyendo un libro.

¡Qué abrazo se dieron!

– ¿Cómo sabías que estaba aquí?

– Me lo ha comunicado Alba por el blablaeco.

– ¿Y por qué no te has quedado con ella?

– Porque tú también eres amiga mía… y además…

– Además, ¿qué?

– Pues que me viene siguiendo el pelma de mi hermano Fok, que está empeñado en ver a Alba para que se enamore de él.

– Ni que lo sueñe. Alba es muy normal y no se va a enamorar de un duende chiquitín y de 124 años, con los chicos tan guapos que hay por aquí.

– Eso le digo yo. Pero no me hace caso. Tendríamos que hacer algo.

– Ya lo pensaremos. Ya sabes que yo escribo cuentos y puedo pensar en cosas mágicas.

– Creo que tú y yo, Lucía, podemos hacer un buen equipo.

– ¿Y dónde has dejado a Fok?

– Es verdad: ¿qué habrá sido de él?

Y Dundy salió a la calle atravesando el cristal de la ventana.

En el magnolio del jardín estaba Fok hecho un ovillo en el rayo LS-132 con el que había bajado. El
FOK Y FLOR* SJ-132 es un rayo espinoso y no había manera de desprenderse de él.

No se podía desatar.

– ¿A dónde me has traído?, le dijo muy enfadado.

– Yo no te he traído a ninguna parte: tú me has seguido como un ladrón, sin decirme que venías…¡ pero te había visto!

– Claro. Esto no es Etxebarri. Alba no está aquí.

– ¡Yo quiero verla!

– Pues hoy va a ser que no. Lo mejor que puedes hacer es agarrarte otra vez a ese rayo tiñoso que has cogido a escondidas y largarte a casa de inmediato, no sea que se lo chive a mamá.

– ¡No te atreverás!

– Depende de cómo te portes.

Y como Fok sabía cómo las gastaba su hermana, se ató, sin rechistar el rayo LS-132, que pincha bastante, y se subió a Duendilandia llorando lágrimas de amor.

Con las lágrimas en los ojos, realizó una magia duendil mientras ascendía .

Dundy se volvió a charlar otro rato con Lucía.

SUNTY

Libres ya del pelma de Fok, se pusieron a charlas las dos amigas.

Entonces, Lucía tuvo una idea maravillosa, como casi todas las suyas.

– ¿Has estado en casa de la abuedrina Petra-Jesús?

– No. Dijo Dundy.

– Y ¿por qué no me llevas? Vive aquí mismo.

-Ya sabes que no tengo demasiada capacidad mágica. Que todavía estoy en etapa de pruebas.

– ¿No dices que este curso era muy difícil y habías aprobado todo?

– Todo.

-Pues no creo que te cueste nada, pero nada, llevarme a ver a Sunty, que es mi gato favorito?

– ¿Un gato terrestre?

– Sí. Un gato que tiene la abuedrina en su sofá y dice que debe estar dormido cien años porque le han hecho un encantamiento. Me ha dicho Petra-Jesús que, cuando se despierte es para mí.

– Alba asegura que Sunty es un peluche, dijo Lucía con tristeza. Peluche o no, mí me encanta. ¿Quieres llevarme?

– No hace falta, dijo Dundy. Ya lo tengo visionado y lo puedo acercar hasta aquí en un triple pestañeo.

Y dicho y hecho: en un plis plas apareció Sunty en el piso de la casa 29. Aparecía dormido, como siempre.

– ¡Ah! No. Dijo Dundy. ¡No es un peluche!

Y se puso a observarlo con mucho interés.

Primero le tocó las yemas de los dedos, que los gatos tienen tan desarrolladas para esconder las uñas; luego le abrió la boca y le contó los dientes; y, por último, se subió sobre Sunty, que era muchísimo más grande que ella, y le pasó sus deditos, todos iguales, por el extremo de las orejas.

Entonces, Lucía se dio cuenta de que tenía las orejas puntiagudas como corresponde a los duendes.

– ¿Cómo es que lo tiene la abuedrina en su casa? Preguntó. No se trata de un gato terrestre. Es un duenditigre, una especie en extinción de Duendilandia. ¿No ves el tamaño? Así son los tigres en mi mundo.

– Pues Petra-Jesús nos contó que le arañó a una bruja y le convirtió en esa cosa medio peluche durante cien años.

– Es solo verdad a medias, añadió Dundy. Posiblemente, por algún motivo que yo ignoro, alguien lo expulsó a la Tierra. Y como aquí, si le da la luz solar, se queda adormecido y blandengue, por eso tiene esta forma.

-¿Entonces no es un gato normal?-

– Piensa que los tamaños de los seres vivos son muy diferentes en los dos planetas. Posiblemente, si se le levantara a Sunty el maleficio y pudiera hacer vida normal durante el día, sería un gato como los de aquí.

-¿Y también tiene poderes como los duendes y las duendesas?

– No. Los animales no tienen capacidad mágica. Solo se dejan llevar por sus instintos… Y… ¿sabes qué?

-¿Qué?

– Que atacan a los duendes y las duendesas porque les gusta comérselos.

– ¡Qué horror!

– Por eso está en extinción. Porque mucha gente los mata pensando que son un peligro para la vida.

-¡Y lo son!

– Sí y no , dijo Dundy. Los duenditigres forman parte de la escala ecológica de la vida y, aunque nos ataquen a nosotros, también se deshacen de muchos animales dañinos. A la larga, son beneficiosos para la Naturaleza.

-¿Y tú le puedes levantar el encantamiento?

– Sí que podría porque los maleficios de las brujas terrestres están muy por debajo de los nuestros y los podemos deshacer sin problemas. Pero no me atrevo. Creo que debo consultarlo con mamá.

Entonces, en otro plisplás, colocó a Sunty en el sofá de la abuedrina, y siguieron charlando otro ratito.

SUNTY ÓVALO

PROBLEMAS

La “Revolución de las Duendesas” había puesto el país patas arriba.

Por todas partes aparecían carteles y pintadas con las tres consignas :

Mismos derechos

Mismos deberes

Misma magia

Y, como era lugar prodigioso, las consignas eran de colores, en 3D, y se iban y venían continuamente para que los duendes no las olvidaran.

Hasta que aceptaron.

Al principio, a los duendes les pareció razonable que sus duendesas participaran de los mismos derechos y la misma magia.

Pero ¿Y los mismos deberes?

¡Ah!

Cuando las chicas comenzaron a faltar de casa por las noches y cumplir su jornada laboral en Duendilandia, ellos descubrieron que eran unos ignorantes:

Nadie les había dicho cómo se cocinaban los alimentos

…y tuvieron que aprender a guisar.

Ni cómo distinguir si un bebé tiene fiebre

… y se fijaron más en sus propios hijos.

Ni que para tener comida en el frigorífico, antes había que pasar por la tienda o la huerta

… y se ejercitaron en hacer la compra.

Ni que había que cambiar las sábanas de la cama

Ni que, cuando la abuela está viejecita, había que acompañarla y darle conversación.

Ni.

Ni.

Se crearon cursos intensivos de “Duendes expertos en gestiones cotidianas”, el GC, que es un título muy rimbombante y equivalían a los cursos de “Duendesas tituladas”, pero al revés.

No todos aprobaban a la primera, porque las profesoras les exigían un trimestre de prácticas muy controladas.

Si no obtenían el título, se les quitaban puntos para bajar a la Tierra a hacer de las suyas.

Uno de los alumnos que menos interés ponía en conseguir el DGC era Fok.

Su padre, don Cuadrilátero, siendo mucho mayor y con un puesto respetable en la sociedad duendil, lo obtuvo con sobresaliente. Era muy observador y siempre se fijaba en las tareas que hacía doña Borlita, así que aprendió enseguida.

Doña Borlita presumía, muy orgullosa, de su esposo, que estaba por la igualdad de género.

También el Gran Duende Emérito era partidario de repartir los derechos y los deberes entre todos.

De esa manera la vida de Duendilandia sería mucho más agradable.

Porque la magia, dentro de Duendilandia estaba muy controlada y no se podía utilizar en los deberes cotidianos. Solamente en las grandes ocasiones.

Cuando volvió Dundy a casa se asomó a la habitación de su hermano y parecía que estaba dormido.

Mamá le preguntó:

– ¿Qué tal en Bilbao?-

-Muy bien. Hoy he estado con Lucía; no he visto a Alba.

-No sé por qué se me antoja- dijo doña Borlita- que tú estás haciendo mejores migas con Lucía que con Alba.

– No es eso, mami. Yo adoro a Alba. Es mi amiga del alma. Pero como en la Tierra se crece a otra velocidad que en Duendilandia, ahora resulta que, Lucía y yo tenemos muchas más cosas en común.

– El que está pirrado por Alba es Fok, dijo la mamá.

– ¿Te has dado cuenta?

– A las madres no se nos escapa una. ¿Sabes que tiene una magifoto en 3D en su cuarto, que se enciende en cuanto cierra la puerta?

– ¿Y cómo es?

– Pues se le aparece Alba flotando en el espacio como si fuera un espíritu.

– ¿Y eso no está prohibido? Yo creía que las magias solo las podíamos hacer en las grandes ceremonias y en los viajes.

– Ya. Pero como el asunto está a medias entre la Tierra y el Cielo, yo me he hecho la tonta y ni se lo he comentado a papá.

– Pues que no se entere. Ya le preguntaré yo a Alba si se siente atraída por mi hermano.

– Será a la semana que viene, dijo la madre, muy seria. En el próximo viaje me toca salir a mí con mis amigas doña Flauta y doña Brisa.

– ¡Ah! dijo Dundy un poco contrariada.

Se dieron un beso muy cariñoso y se fueron a la cama. que ya era de día.

Nada más acostarse, se acordó Dundy del asunto de Sunty y llamó a la mamá.

-Mami: ¿estás ya acostada?

– Todavía no. ¿Qué te pasa? ¿Estás mal?

– No es eso. Es que en Bilbao creo que tienen aquel duenditigre que desapareció hace unos años y nunca se encontró su esqueleto.

– ¿Cómo lo sabes?

– Lo he visto. Lo tiene la abuedrina de mis amigas en su salón convertido en un peluche y no da señales de vida, ni siquiera por la noche, como debiera ser.

– Es imposible: todos los habitantes de Duendilandia, cobran vida en cuanto desaparece la luz solar.

– Pues el duenditigre, no. Dicen que una bruja terrestre le ha hecho un maleficio porque la arañó, y le ha condenado cien años a estar sin conocimiento. ¿Nosotras podemos deshacer los encantamientos de las brujas terrestres?

-En eso andamos. No te creas que es fácil. Cada ser mágico tiene su territorio donde es invencible. Lo que tenemos que hacer es traernos al duenditigre para Duendilandia, en cuanto podamos.

– Habrá que pedirle permiso a la abuedrina Petra-Jesús.

– Pues, se lo pedimos. No creo que sea problema.

– Pero Lucía dice que cuando vuelva a la vida es para ella. porque se piensan que es un gato terrestre.

– Eso ya lo solucionaremos, dijo la mamá. Le dio un cariñoso beso a la hija, y se volvió a la cama.

 

 AMIGAS giroMÍO

 

 

 

LA ROSA MULTICOLOR                    

A la mañana siguiente, día de clase, cuando Alba se levantó, se encontró sobre su cama una rosa de muchos colores. Ella no había visto jamás una rosa semejante. La verdad es que, tampoco se había fijado demasiado en las rosas: le parecían bonitas, pero no más que las dalias o las azaleas, por ejemplo.

Pero… aquella rosa multicolor… tenía los pétalos policromados… y ¡olía a color azul!

Alba se quedó perpleja porque nunca se le había ocurrido pensar que las flores tuvieran tantos colores ni que éstos olieran: hasta entonces, los colores se veían y los aromas se olían…

Pero aquella rosa multicolor… olía a color azul… porque tenía el tallo y el cáliz también de color azul.rosas DUNDY

Nada de verde, como estaba acostumbrada a ver.

-¡Será de plástico!, pensó. De una tienda de todoacién. ¡Bah!

Y la tiró, enfadada, porque andaba con prisa.

Y se pasó el día en el colegio, sin volver a acordarse de ello.

Mientras tanto, en Duendilandia, Fok deseaba que se hiciera de noche para bajar a la tierra y comprobar con sus propios ojos el efecto que le habría producido la rosa-multicolor-que-olía-a-color-azul a su amada Alba.

Se había portado muy bien durante toda la noche, yendo a clase de DGC y haciendo los deberes perfectamente.

Aquella vez le había tocado cuidar el coro de grillos cantores, que se estaban entrenando para el concierto del próximo cufu.

El CUFU, en Duendilandia, es el día de fiesta semanal.

Como las noches de Duendilandia duran dieciocho horas, hay tiempo para trabajar y hacer las excursiones terrestres. Los amaneceres y los atardeceres son muy rápidos: por eso hay que estar bajo cubierto cuando es de día y aprovechar para dormir.

Si un duende o una duendesa son sorprendidos, de repente, por un poderoso rayo de sol, quedan desintegrados, de inmediato.

Dicen los libros que la mayoría de los duendes insensatos mueren de insolación.

Aquella noche, Fok había tenido la precaución de rogarle a papá que le reservara un JC, por lo que el viaje fue feliz y sin contratiempos.

Don Cuadrilátero, que tenía confianza en su hijo, no tuvo ningún inconveniente en dejarle viajar solo.

Recordaba su juventud, cuando se acercaba a la Tierra y hacía sonar, por ejemplo, todos los cencerros de las ovejas de un rebaño, para hacer que una y otra vez se levantara el pastor, asustado.

O, aquella ocasión cuando convirtió en queso todas las cajas de leche del supermercado y menudo lío se armó con las reclamaciones…

O cuando cambió las litronas de un botellón…… por ratoncitos blancos…

¡Ah!, la juventud… pensaba con añoranza… ¡Cuántas tonterías se hacen en la juventud!

Porque los duendes que hacen estas fechorías incómodas y desagradables, casi siempre son los jovenzuelos, que les encanta incordiar.

Cuando van creciendo, como a los 300 años o así, ya hacen magias para ayudar a los humanos.

Pues, Fok llegó sigiloso a la casa de nuestras amigas Alba y Lucía, pensando que su rosa–multicolor-maravillosa-que-olía-a-color-azul estaría en un jarroncito, conservándose en agua.

Las niñas cenaban cuando Fok entró a través de los cristales y vio con horror cóm su flor estaba en la papelera.

-¡No me quiere!, pensó.

-¿O es que no sabe que es un regalo mío?

Y, entonces, en un triple pestañeo, toda la habitación se llenó de rosas mágicas: había rosas en la cama, en las sillas, la mesa de trabajo… hasta en los cajones del armario.

Tantas flores había en la habitación que mamá Olga dijo, en la cocina:

-¿No oléis a color azul?

-¡Qué cosas tienes!, comentó papá Víctor. El color azul no huele.

– ¡Este sí!

Y salieron los cuatro a recorrer la casa para averiguar de dónde procedía aquel aroma.

Hasta que llegaron a la habitación.

Toda la familia se quedó boquiabierta al contemplar la habitación llena a rebosar de miles de rosas que olían a color azul.

– ¡Ah!

-¿Qué está pasando?

-¿No será que se ha multiplicado aquella rosa del todoacién que tiré esta mañana en la papelera?, dijo Alba, pensativa.

– ¿Por qué dices que es de todoacién, le dijo Lucía bajito. Te la ha regalado Fok, el duende.

– ¿Ha estado Fok aquí?

– Sí. Calla, que nos está mirando mamá: vino anoche con Dundy solo para verte. ¡Está enamorado de ti!

Mamá Olga se acercó a sus hijas y les dijo que aquello no tenía sentido y había que recoger todas aquellas rosas rizadas que olían a color azul.

Alba y Lucía, muy obedientes, las recogieron y las colocaron en un paragüero que había en la entrada de la casa. Quedaron muy bonitas y toda la casa olía a color azul, que es un olor mágico.

BAILANDO CON LA MAGIFOTO EN 3D

Mientras tanto, el pobre enamorado andaba todo el tiempo con los ojos en blanco, tropezando por las esquinas y pensando si habría alguna magia duendil que pudiera solucionar el problema.

Decidió meterse en su cuarto y activar la magifoto de Alba en 3D, que se puso a flotar por el espacio de la habitación y bailaba con rosas azules.

Él también quiso bailar con Alba aunque solo fuera en un sueño.

Tan enamorado estaba, que no se dio cuenta de los terribles problemas que estaban ocurriendo en su mundo duendil.

De repente, desaparecieron las flores y la magifoto en 3D.

Se llenó todo con una serpentina de campanillas de cristal y comenzó a sonar el eslogan de las chicas:

-¡Qué pesadas! No hacen más que repetir sus consignas para que nadie las olvide.

Ya estaba hartándose de los derechos de las duendesas.

Sobre todo porque su hermana Dundy, más pequeña que él, ya tenía un grado en magias muy superior al suyo.

– Es que se esfuerza más que yo, pensó para sus adentros.

Y lo comprendió.

Las duendesas, como su madre doña Borlita, copaban los mejores puestos de trabajo en las grandes empresas como la dirección del “Parque de Atracciones del Lago Sagrado” o la estación espacial del Lunipuerto.

Don Cuadrilátero comenzó a tener mas duendesas que duendes en la plantilla del Lunipuerto y llegó a temer por su mismo puesto de trabajo.

¿Qué sería de él y de todos los duendes jefes cuándo las chicas fueran mayoría en los trabajos importantes?

Acudió al Gran Duende Emérito y le expuso sus quejas:

-Gran Duende: yo estoy muy satisfecho de que nuestras duendesas tengan los mismos derechos, los mismos deberes y la misma magia que nosotros.

-Muy bien, le contestó el Gran Duende Emérito, ¿Cumplen todos los requisitos?

-No solamente los cumplen, mi Emérito, sino que lo hacen mucho mejor que nosotros.

GRAN DUENDE MÍO

-¿Doña Borlita también?

-No solo mi esposa, doña Borlita, sino mi pequeña Dundy es ya una experta consumada en sus exploraciones terrestres.

-¿Y Fok?-

-Fok está en la edad del pavo, excelencia. Tiene 124 años… y creo que está enamorado. Por eso se trafulca en todo lo que hace.

-Eso se cura con la edad. Pero que no se descuide en el cursillo de “Gestiones Cotidianas”, porque ya lo ha repetido dos veces y va a tener que quedarse mucho tiempo sin bajar a Tierra.

– Se lo diré.

– Pero ¿Qué problema te trae por aquí?

– Pues, verá, mi Gran Duende… Es que estoy pensando que… de seguir así…

-De seguir, ¿cómo?

-De seguir dándole a las duendesas los trabajos que sean capaces de realizar… Porque …como saben hacer de todo…

-¿Qué?. Dijo El Gran Dende Emérito muy serio.

– Pues que, los duendes varones, nos vamos a quedar sin trabajo en Duendilandia y nos vamos a tener que conformar con la chapuza de fastidiar a los humanos.

-Sí que es un problema peliagudo, sí, dijo el Gran Duende Emérito, mientras se acariciaba la blanca barba. Habrá que hacer un referéndum.

… Y convocó a todos los duendes mayores de 200 años.

VIAJE A LONDRES

Como Fok solamente tenía 124 años no estaba autorizado para acudir a las reuniones de adultos.

Le pidió, por favor, a su hermana , que le dejara bajar con ella a la Tierra aquella noche aprovechando que, con la reunión no se ocupaban los rayos DUX y en uno de ellos podían bajar tranquilamente, y sin peligro un duende y una duendesa.

De hecho, cuando sus padres hacían un viaje de recreo juntos, tenían a su disposición un DUX especial, que para eso, don Cuadrilátero era jefe.

– No puedo aguantar tantos días sin ver a mi Alba, le dijo Fok.

– Pero esta vez no están en Bilbao. Toda la familia se va a Londres a pasar las vacaciones.

– Pues nos vamos, a Londres, oye. Y le dio órdenes en inglés de Inglaterra a la azafata lunar para que mirara a ver si quedaba algún rayo que llegara allí. A él le gustaba más hablar en inglés americano; pero no era el caso.

Dumny y Fok DUX

– El Reino Unido lo trabajamos poco. Ya sabéis. Como ellos tienen un fantasma en cada castillo, no nos dan demasiadas oportunidades. Prefieren las fantasmadas de los nativos.

– Que no son más que sustos infantiles, añadió Dundy. De verdadera magia, no tienen ni idea.

– Eso. Dijo la azafata.

Y se largaron hasta Londres a buscar a la familia Agüero Carriedo.

Los Agüero Carriedo habían encontrado un hotelito muy mono en el centro de la Ciudad, cerca de la plaza de Trafalgar- y querían disfrutar a tope de la ciudad.

No les fue difícil encontrarse porque Dundy, Alba y Lucía habían estado utilizando el blablaeco durante todo el viaje, que fue en un vuelo nocturno.

Dundy y Fok les estaban esperando en el hotel, que como ellos son mágicos, lo habían localizado en un triple pestañeo sin importancia.

Al llegar a la habitación, cuando se encontraron todos los amigos, Dundy y Fok les pidieron a las niñas que les llevaran con ellas durante la noche. Así que Lucía se metió a Dundy en su mochila y Alba no tuvo más remedio que hacer lo mismo con Fok, aunque le fastidiara bastante.

Ahora vamos a cenar a una pizzería que hay a la vuelta, dijo papá. Y salieron.

Durante la cena, Fok se asomó por la cremallera de la mochila y le preguntó a Alba:

– ¿Te gustaron mis flores mágicas?

-¿Pero fuiste tú?… Si ya me lo tenía que haber imaginado… Fue una pasada, oye.

-Me preció un regalo bonito… Yo sé que en la Tierra enamorados regalan flores a su amada.

-¿Y los qué regalan en Duendilandia?

– Un rayo de Luna con una estrella de oro en el extremo, dijo Fok. Pero no me atreví a llevarte eso a ti, que eres humana.

-Lo que pasa es que yo no soy tu enamorada.

-¿Por qué?

-¿Es que no te das cuenta?… ¿Adónde voy yo con un novio que tiene el tamaño de un móvil?

– Si vinieras a vivir a Duendilandia tendrías mi tamaño.

– ¡Ya! Con lo contenta que estoy de ser alta como mi madre y mis tías. Ni lo sueñes.

– ¿No piensas quererme nunca?

-¡Nunca!

Fok se metió en la mochila y cerró la cremallera por dentro. Estaba enfurruñado.

Mientras tanto, Dundy había salido a explorar el terreno y le pareció que Londres podría ser un sitio muy divertido para pasarlo con sus amigas. Pero no podía quedarse sin permiso.

– Será mejor que lo consulte con mamá, pensó. Y me dé unos días de permiso, que tengo muchos puntos acumulados.

Fok, mientras tanto, pensó algo terrible.

Algo que ningún duende de su familia había hecho jamás.

Algo por lo que podría ir a la cárcel.

¡Decidió raptar a Alba y llevarla a Duendilandia para convertirla en duendesa!

Como las niñas estaban un poco cansadas del viaje, los hermanos duendes decidieron darse una vuelta solos por Londres.

Cuando se acercaron a la London Eyer, que es una noria gigantesca desde la que se divisa toda la ciudad, Fok, en un ataque de rabia, puso el motor a toda velocidad causando el pánico entre los viajeros.

¡Ésa era su venganza!

En cuanto Dundy se dio cuenta de la barbaridad que había hecho su hermano, le pidió que la parara y juntos pestañearon seis veces seguidas hasta conseguirlo.

– ¡Eres un bruto, Fok! No te vuelvo a traer conmigo. ¡Eso no se hace! ¿Qué culpa tiene la gente de que estés enfadado?

Y Fok se dio cuenta de la estupidez que había cometido.

-Prométeme que no se lo dirás a mamá, le pidió a su hermana.

– Ya veremos, le dijo Dundy.

Y se fueron corriendo a subirse en el DUX que les estaba esperando junto al Hyde Park.

No fuera a amanecer y la fastidiaran.

Al día siguiente todos los periódicos del mundo comentaron que un accidente imprevisto había causado aquel trastorno. Se cerró la noria durante seis meses hasta comprobar qué es lo que pudo haber ocurrido, ya que el sistema de seguridad no manifestaba ninguna anormalidad.

Como si hubiera sido cosa de fantasmas.

LONDRES

Ya sabemos que los ingleses le tiene más afición a los fantasmas que a los duendes.

HOGWARTS  

Dundy no es una chivata, así que no le contó a doña Borlita la faena que les hizo su hermano a los londinenses acelerando la London Eyer.

Solamente le preguntó si podría irse con sus amigas unos días ya que ella nunca había estado en Londres.

– ¿Y qué vas a hacer de día?, le preguntó la madre. Ya sabes que con la luz del sol perdemos muchas energías y hasta nos podemos morir.

– No te preocupes: Lucía me ha prometido meterme en su mochila y como tiene un agujerito, puedo verlo todo desde allí hasta que oscurezca.

– Lo comentaré con tu padre.

– Bueno.

Dundy sabía que era el ojito derecho de don Cuadrilátero y no se lo iba a negar, precisamente en esta temporada en que se estaba portando tan bien y había sacado tan buenas notas en la asignatura de Magias Duendiles.

A la noche siguiente, bajó con todos los permisos en regla, en un JC normal y llegó hasta la habitación del hotel donde las hermanas Alba y Lucía dormían, rendidas de tanta excursión.

Dundi les cantó un cántico mágico, aprendido en el último curso, que permite hablar con los humanos sin que ellos se despierten, por lo que siguen descansando.

Se llama cantidur. Y era la primera vez que tenía ocasión de ponerlo en práctica.

Así que se enteró de que sus amigas habían pasado el día recorriendo la ciudad en un autobús turístico y había visto todos los edificio famosos como El parlamento, el Big Beng, La torre de Londres, la abadía de Westminster, etc.

– ¿Y mañana qué vais a hacer?

– Creo que vamos a ver “Harry Potter Estudios”. Ya sabes que nosotros somos fans de Harry Potter.

– Pero los estudios son de mentirijillas. Allí hicieron la película… si queréis, yo os puedo llevar al auténtico Hogwarts.

-¿De verdad?

– Naturalmente. ¿Para qué si no os iba a servir tener una amiga duendesa?

-Cuando lleguéis a la estación yo os haré atravesar la pared y llegar al andén 9 y ¾ y tomar el tren del colegio de magos.

– ¿Pero eso es posible?¿Y qué vamos a hacer con papá y mamá?

– ¡Huy! Con eso no había contado. ¿Qué os parece si hacemos el viaje ahora que es de noche y yo estoy completamente operativa?

Alba y Lucía dieron un salto, emocionadas y se vistieron sin hacer ruido.

Hay que tener en cuenta que estaban bajo los efectos del cantidur y todo lo que les estaba ocurriendo era como si lo soñaran.

Como si fueran sonámbulas, vamos.

Dundy las hizo invisibles para que en recepción no se dieran cuenta de que salían y llegaron en un periquete a la estación King’s Cross.

No había nadie.

Igual que Harry Potter, atravesaron la pared que les llevaba al andén 9¾, justamente cuando hacía su entrada el tren de medianoche. Salieron muchísimos magos que iban de compras a la calle Diagon.

Ellas dos montaron agarraditas a Dundy, que les daba muchísima seguridad y, casi sin darse cuenta, una lechuza les avisó de que ya estaban en Hogwarts.

Para que el recorrido fuera más rápido, Dundy les proporcionó unas escobas voladoras. Ella se sentó con Alba, que seguía siendo su amiga del alma.

Naturalmente todo Hogwarts dormía. Que los magos también duermen.

Así que nuestras amigas se dieron una vueltecita por el centro sin molestar a nadie y sin ser detectadas por las alarmas que delatan a los muggles.

Lo sobrevolaron todo, todo: la casa Gryffindor, el campo de jugar al Quidditch, el comedor tan tétrico y tan mágico, los dormitorios, y hasta el almacén de escobas.

– ¿Puedo cambiar esta escoba por una Nimbus 2000?, le preguntó Lucía a Dundy, muy bajito.

– No te lo aconsejo. Las escobas de los magos no se pueden hacer invisibles como las de los duendes y tendríamos problema para llegar a casa.

Y no la cambiaron. Pero a Lucía le hubiera gustado muchísimo montarse en una Nimbus de verdad.

Pero cuando subían por las escaleras, en las escobas mágicas,

-claro, que todo fue muy rápido-, y vieron cómo se movían y hablaban entre ellos los personajes de las fotografías que había en la pared, le empezó a entrar miedo.

-¿Mira que si aparece Lord Voldemort?     

NIMBUS LUCÍA MÍO

Sin darse cuenta de que eran invisibles.

Y giraron rumbo al hotel sin percatarse de que las iba siguiendo la mismísima Hedwig, la lechuza de Harry, que para eso es ave nocturna.

Se metieron en la cama y siguieron descansando para estar despabiladas al día siguiente.

Esas son las maravillas del cantidur, se dijo Dundy.

Cuando lo cuente en Duendilandia, ni se lo van a creer.

¿Se acordarían al día siguiente Alba y Lucía de la experiencia del duermevela que les había producido el cantidur de Dundy?

LA REUNIÓN SECRETA

Todos los duendes mayores de 200 años de Duendilandia se reunieron, en secreto, en la orilla del Lago Sagrado.

No se lo habían querido contar a sus esposas, novias o hijas porque era un asunto exclusivamente de varones.

El tema era serio y profundo.

El Gran Duende Emérito, con su magia, tejió, en un plis plas una cúpula con los rayos de Luna menos importantes para que los cubriera y el debate no saliera de aquel recinto.

Parecía una enorme quesera de plata.

Mientras tanto, el Lunipuerto seguía funcionando tranquilamente porque los rayos potentes ya tenían reserva, desde hacía tiempo.

Las duendesas azafatas ni se dieron cuenta de que faltaban los mayores.

Bajo la cúpula lunar, se encontraban todos los duendes adultos del país de Duendilandia.

Eran más de cinco mil.

Algunos andaban muy nerviosos y desasosegados.

Otros no sabían para qué se les había convocado.

Hablaban en corrillos pensando cuál sería la razón de aquella convocatoria.

Llegó, entonces, el Gran Duende Emérito y se sentó en su trono de pétalos.

– Me he enterado de que existe un serio problema en nuestro pueblo, ocasionado por la “Revolución de las Duendesas” .¿Alguien tiene algo que decir?

– Mirad, Gran Duende, dijo don Grimorio: Yo no podía suponer que, al enseñar nuestra magia a las duendesas y darles poderes para utilizarlas, las usarían contra nosotros.

-¿Que usan la magia contra nosotros mismos? Eso está terminantemente prohibido, dijo, muy serio el Gran Duende.

-No es eso, exactamente, añadió don Grimorio: lo que usan son malas artes para tenernos sometidos,.

– ¿Qué malas artes, que no sean mala magia?

-Pues, por ejemplo, dijo don Tartarín, que se niegan a tenernos preparada la ropa limpia. Dicen que ya trabajan toda la noche.

– Tampoco quitan los trastos que nosotros dejamos por los pasillos cuando hacemos experimentos. Mi esposa dice que ya tiene bastantes responsabilidades en su trabajo. Que lo recoja yo. ¡Vamos!

– Mi esposa no se levanta por el día a darle agua al niño, porque dice que también es mío… ¡Como está cansada…!

– De la comida, ni hablemos: cuando llegan de trabajar, tiran de congelado, alegremente.

… Y así, continuaron con una lista enorme de lo que ellos llamaban “malas artes”.

El Gran Duende Emérito, dio un puñetazo sobre la mesa.

-¿Y vosotros sois los que habéis aprobado el curso de “Gestiones cotidianas”? Esa no es la causa de vuestra reunión. ¡Hablad claro!

Todos los duendes se callaron y se escondían unos detrás de otros.

Nadie se atrevía a decir la verdad del asunto.

El Gran Duende Emérito era muy Duende.

Al fin, se levantó una mano. Era la de don Cuadrilátero

-Y, lo más importante, Gran Duende: las duendesas están acaparando los mejores puestos de trabajo de Duendilandia.

– ¿Qué va a ser de los duendes si las duendesas gobiernan el País?

– Porque, de seguir a esa velocidad, nos comen la tajada en un par de centenarios.

– Eso es lo que yo quería oír. Las tenéis miedo, ¿verdad?

– Un poco, sí.

– ¿Y qué pasaría que el país estuviera dirigido por la duendesas?, dijo el Gran Duende. Incluso yo podría renunciar a mi cargo y colocar a una Gran Duendesa, que seguramente os gobernaría mucho mejor.

– ¡Oh! ¡No! Sería terrible que nos mandara una duendesa.

– Nos humillaría.

– Nos convertiríamos en sus esclavos.

– Tendríamos que pensar siempre en lo que les gustara a ellas.

-Tendrían sus propias ideas… ¡y eso puede ser espantoso!

– Perderíamos nuestra personalidad.

– …Y seríamos el marido de… porque ella sería la importante.

El Gran Duende Emérito sonrió.

-¿Os dais cuenta de que hasta la “Revolución de las Duendesas” ese ha sido su papel en la sociedad? ¿Tan mal os sienta repartir los papeles?

– No se trata de repartir. Es que como las duendesas son más constantes y más competentes que nosotros, quedaríamos reducidos a una minoría insignificante en el ranking laboral.

– Pues ya podéis pensar una solución. Os convoco para la noche próxima.

Y desapareció

Que para eso era el Gran Duende Emérito.

También desapareció la cúpula de plata hecha con rayos de Luna.

Estaba amaneciendo         BOVEDA MÍA

LA CUOTA

Durante el día, y metidos en su casa, con las ventanas bien cerradas para que el Sol no les derritiera, los duendes de Duendilandia, le daban vueltas al cerebro.

Algunos, como don Cuadrilátero, le hacían preguntas sospechosas a su esposa.

– Oye, Borlita: Ahora que trabajas en Duendibank, y tienes un buen puesto, ¿has pensado que te podían nombrar directora de la oficina?

– Pues, claro que lo he pensado. E, incluso, que podría ser sin ningún problema, presidente del Consejo de Administración del Banco. ¿No te hace ilusión?

– Claro que sí… pero ¿me seguirías queriendo lo mismo?

-¡Qué cosas tienes, Cuadri!

Y le dio un cariñoso beso en la oreja derecha.

– ¿Y no te daría vergüenza que tu marido fuera solamente el Jefe de Exportación del Lunipuerto?-

-¿Cómo se te ocurre pensar eso? Cada uno es lo que es en su puesto. El trabajo no le hace de menos al amor.

-Es que el Duendibank es el banco más importante del país.

– Pero tú eres lo más importante para mí. Y tu puesto de trabajo es de una gran responsabilidad.

-¿Y Fok y Dundy?

– Chico, ¡qué pelma!… los hijos , son los hijos.

OJITOS MÍOS

-¿Y a ti te gustaría que Dundy tuviera un buen trabajo y Fok estuviera en el paro?

-Pues, mira: si Fok sigue holgazaneando, como ahora, su hermana será mucho más importante que él.

– Dicen las estadísticas que, en unos años, los mejores trabajos los van a tener las duendesas.

– Lógico. Nosotras ponemos más entusiasmo en todo lo que hacemos.

– ¿Y qué haremos los duendes si nos quedamos con los trabajos que no os gustan a las duendesas?

– Pues lo mismo que hicimos las duendesas hasta que montamos la Revolución: quedaros en casa y dejarnos a nosotras que hagamos excursiones a la Tierra.

– ¡Qué horror! ¿Qué puede hacer un duende sin fastidiar a los humanos?

– Oye, majete: que las duendesas cuando bajamos por el rayo de Luna no vamos a fastidiar sino a ayudar a las personas. Encima, nosotras hacemos el bien. Vosotros vais a molestar.

– ¡Es tan divertido hacer rabiar a la gente!

– Esa es otra de las cosas que hay que aclarar en cuanto seamos más las duendesas que vayamos al Parlamento. Por cierto: te arreglas con la comida porque esta noche me largo a Bilbao con Dundy. No nos queremos perder la floración de los magnolios de la plaza de Levante. Hasta mañana.

Estas palabras de doña Borlita hicieron pensar a don Cuadrilátero durante toda la noche.

En su cerebro se fue formando una idea luminosa.

Cuando a la noche siguiente, el Gran Duende Emérito volvió a colocar la cúpula de Luna bajo la que se reunieron todos los duendes mayores, cada uno tenía una solución diferente al problema.

Había mucho jaleo.

   Todos los duendes hablaban a la vez.

Parecía que estaban en España.

Don Cuadrilátero, se había quedado en casa solo con Fok, que no tenía puntos para viajar, y le pidió que recogiera la mesa para acudir a tiempo a la reunión.

Fok lo hizo de mala gana. Pero la recogió muy bien.

Seguramente aprobaría las prácticas en el siguiente examen.

Cuando llegó el Gran Duende Emérito todos los duendes le hicieron una reverencia, como señal de respeto.

Sentado en el trono de pétalos, el Gran Duende les preguntó si habían encontrado solución al problema de la invasión laboral de las duendesas.

– Es que no podemos con ellas, dijo don Frijón muy enfadado.

-don Frijón era el esposo de doña Brisa- . Mi esposa está bajando todas las noches a Bilbao porque dice que allí es muy bella la primavera.

– Eso no es malo, le contestó el gran Duende.

– Pero tengo que cuidar yo del niño y no puedo hacer travesuras en el nuevo estadio de San Mamés.

– ¿Ya está terminado?, preguntó Fanfa, que acababa de cumplir los 200 años y era la primera vez que acudía a una reunión de mayores.

-Casi. Pero ese no es el tema de la junta.

Fanfa se calló un poco avergonzado por hablar a destiempo.

– Nos hemos reunido aquí, para solucionar el problema que se nos avecina a los duendes por haberles concedido la libertad a las duendesas.

– Estábamos mejor antes, cuando ellas tenían prohibido viajar a la Tierra.

-Y quieren hacerlo todas.

– Y lo hacen, además de trabajar en los mejores cargos del país.

– Nos van a anular como seres duendiles.

– Nos entrarán complejos y depresiones.

– Y no tendremos humor para hacer magias y reírnos de las personas.

– Hay que buscar una solución.

Entonces, don Cuadrilátero se puso de pie. Todo el mundo le miró porque era un duende muy atractivo y tenía mucho ingenio.

Don Cuadrilátero se frotó las manos.

Y habló.

– Ya sabéis que mi esposa doña Borlita es una de las fundadoras de la “Revolución de las Duendesas”…

Un enorme abucheo chocó contra la bóveda lunar del recinto. Don Cuadrilátero tragó saliva y continuó.

– Mi esposa, que es muy inteligente, y tiene un gran cargo en el Duendibank, se queja de que, en su oficina es la única duendesa; todos los compañeros son duendes. También piensa que las duendesas no están lo suficientemente representadas en las Instituciones del País

– Seguro que también querría estar aquí. Opinando.

A don Cuadrilátero le sentó muy mal la intervención de don Groyo, que era un machista, y continuó.

-A mí también me parece que las duendesas deben figurar en todas las actividades. Son muy valiosas y nos pueden ayudar mucho. Tienen grandes ideas.

– ¿Y qué quieres? ¿Qué nos retiremos nosotros y las dejemos mangonear a ellas?, continuó don Groyo, carcajeándose.

– Si no nos ponemos las pilas, nos van a retirar ellas, en cuanto compitan con nosotros por cualquier trabajo, dijo don Cuadrilátero. No te hagas el chulito.

– ¿Y has encontrado una solución?, le preguntó el Gran Duende.

– Pues sí.

– Habla.

– Pues, como las duendesas se quejan de que no participan en casi ninguna de las labores del país, podemos hacer una ley que diga que en todas las actividades debe de haber el mismo número de duendes que de duendesas.

-¡¡¡Noooo!!!

– ¡Nos quitarán la mitad de los trabajos!

Todos los duendes se pusieron a caminar por la pared curva de la bóveda en señal de disgusto. Como eran mágicos, no tenían problemas con la ley de la gravedad.

Hasta que les mando callar el Gran Duende Emérito.

– ¡Silencio!. Tiene razón don Cuadrilátero: Si les cedemos la mitad de nuestros puestos de trabajo, las tendremos contentas… y aseguramos la otra mitad para los duendes, antes de que las duendesas acaparen el control del país.

¡¡¡Viva!!!

Eso lo llamaremos la “cuota del cincuenta por ciento” de duendesas y duendes.

beso óvalo

                         Y se votó por mayoría.

                 Mismos derechos

                  Mismos deberes

                   Misma magia

LA INVITACIÓN REAL

Mientras los duendes adultos debatían, bajo la cúpula lunar, los trascendentes problemas originados por la aparición de las duendesas en la vida pública de Duendilandia, éstas estaban tan ricamente haciendo una excursión a la Tierra y mirando escaparates para luego tener ideas.

El intercambio de ideas no deja de ser curioso: unas veces a las terrícolas se les ocurren cosas que entusiasman a las duendesas y otras veces son las duendesas las que ayudan a las personas, cuando ven que tienen algún problema.

¡Resulta que la Tierra también se estaba beneficiando de la Revolución de las Duendesas!

¡Y aquí sin saberlo!

Lucía había comenzado a sacar muy buenas notas porque su amiga Dundy le ayudaba en los deberes.

Incluso, en la clase de Gimnasia Rítmica, que tanto le gustaba, era capaz de realizar movimientos que hacía días no podía conseguir.

Así que le dieron un premio.

Aquella noche, Alba y Lucía comentaban en su habitación del hotel londinense lo estupendo que era tener una amiga duendesa.

En esto que vieron aparecer a doña Borlita, doña Flauta y doña Brisa acompañando a Dundy.

Las hermanas saludaron a las señoras duendesas muy amablemente y les agradecieron todas las atenciones que habían tenido con ellas en su viaje a Duendilandia.

– Fue demasiado rápido, dijo doña Flauta con su cantarina voz.

-Es lo malo que tiene esto de vivir en dos mundos distintos: nunca nos podemos quedar todo el tiempo que nos apetece.

– A mí se me hace siempre corto, añadió doña Brisa, dando un suspiro suavísimo.

– Os vamos a dejar a las amiguitas solas, dijo doña Borlita. Las señoras queremos ver escaparates. Esta noche vamos a ir al Covent Garden. En Portobello estuvimos el año pasado y nos encantó. Además estos mercadillos, tienen mucho arte y mucha vida nocturna. Y también podemos disfrutarlo nosotras las duendesas. Adiós

-Adiós, dijeron las niñas.

Y Dundy se quedó con ellas.

Mientras las señoras recorrían las calles del Covent Garden, tuvieron una idea duendil. Se le ocurrió a doña Flauta, que siempre era la más lanzada de las tres.

-¿ Y si le hacemos una magia a la reina de Inglaterra?

– ¿Cuál?

– Invitando a la familia Agüero Carriedo a tomar el té con ella. Como es tan estirada, se va a sentir incómoda recibiendo a unos plebeyos en su palacio de Buckingham.

– ¿Y los plebeyos no se van a sentir incómodos?

– Ellos no: recibirán una invitación personal de la reina y se sentirán muy orgullosos. No tienen que saber que es una magia.

Hizo un triple pestañeo y apareció una invitación en cartulina con los borde dorados y donde se leía:

INVITACIÓN GÓTICA

En la parte de atrás aclaraba: “No es necesario acudir con traje de cóctel”

Lo del escudo real les pareció muy convincente a todas.

Con otro triple pestañeo, apareció la carta sobre el mostrador de la recepción de hotel. El recepcionista, cuando lo vio se quedó muy sorprendido y llamó al gerente:

– Míster Smith: ¿Sabe usted si esta familia de Bilbao tiene parentesco con su Graciosa Majestad?

– No, que yo sepa. (Lo hablaban en inglés, naturalmente).

-Pues les acaban de enviar una invitación desde Buckingham Palace.

– Entonces tenemos que ser mucho más atentos con ellos. A lo mejor pertenecen a la realeza y viajan de incógnito.

-Pues eso… Y dio orden a todos los empleados para que les trataran a cuerpo de rey.

El gerente del hotel, señor Smith, cogió la carta y se la llevó en persona a los Agüero Carriedo que descansaban en su habitación. Llamó con los nudillos:

– ¿Señor Agüero?

– Papá Víctor salió inmediatamente a la puerta y se quedó ojiplático cuando vio el remite del sobre y la cara de estúpido que presentaba el gerente sonriendo de oreja a oreja. Muy digno, cogió el sobre y dijo:

– Muchas gracias. Lo estaba esperando.

Enseguida acudieron la mamá y las dos hijas.

¿Qué es eso que estabas esperando?

– Yo no esperaba nada. Lo he dicho para que no fisgara más el gerente.

– ¿Y qué es?

– Es un sobre muy bonito. No lo rasgues, dijo mamá. Utiliza un cuchillo.

Y papá lo abrió con mucho protocolo.

No se lo podían creer.

¡La mismísima reina de Inglaterra les invitaba a tomar el té con ella!… ¡Al día siguiente!

– ¡Y qué me pongo!… dijeron todas.

– No creo que eso sea problema, reflexionó mamá. Si la reina nos ha invitado es que es muy sencilla. Vamos con la ropa que hemos traído.

¿Quién le habría dicho a Su Majestad que estaban en Londres?

Porque ellos, solamente tenían previsto presenciar el Cambio de la Guardia a las 11, 30 como todos los turistas.

 

EQUIVOCACIÓN

Lo que no sabían nuestras duendesas, porque no se habían molestado en averiguarlo, era que la Queen estaba de vacaciones en el palacio de Balmoral, en plena Escocia, un lugar lleno de castillos con su fantasma y todo.

La familia Agüero Carriedo salió del hotel, a eso de las tres para no llegar tarde a la cita real. Los ingleses son muy estrictos con la puntualidad.

Cuando llegaron a palacio y enseñaron la tarjeta se les fueron abriendo todas las puertas hasta llegar a las habitaciones privadas de la reina.

-No comprendo este error, dijo el mayordomo, que vestía un traje de etiqueta. Su majestad ha ido a Balmoral.

– Entonces, ¿estará esperándonos allí?

– Nosotros les podemos ofrecer el helicóptero de emergencia para que lleguen a la cita, dijo el mayordomo, que aunque parecía un poco estirado, era muy cortés.

Y llegaron a Balmoral en helicóptero.

Pero ya eran las 5,30 pm.

La reina, exigía puntualidad inglesa y era mejor no aparecer en su presencia, que llegar tarde.

– ¿Qué hacemos ahora?

-Con esta tarjeta,- les dijeron los conserjes- pueden visitar el castillo gratis, siempre que no se acerquen a las habitaciones reales.

– De acuerdo.

Y, aunque no estaba en sus planes, pensaron que no era mala cosa visitar un auténtico castillo escocés.

Hay que aprovechar las oportunidades.

-¿Y si se nos aparece un fantasma?,¡Qué guay!, pensó Lucía a la que le gustan mucho estas novedades.

Aquello les parecía maravilloso y recorrieron las habitaciones abiertas al público disfrutando de tantas y tantas cosas interesantes.

Como Lucía y Alba de entretenían en leer todos los rótulos y los comentarios de cada sala , se les fue haciendo de noche sin darse cuenta.

A la hora de cerrar las puertas a las visitas, se apagaron las luces.

¡Se habían quedado encerrados en el castillo!

¡Qué miedo!

…Menos mal que Dundy estaba con ellos.

Papá y mamá estaban muy preocupados.

¡Los móviles no funcionaban!

– Mirad, hijas: nosotros nos vamos a buscar algún vigilante nocturno para que nos saque de aquí. Vosotras esperáis en esta sala de las armaduras, no sea que, con tantas habitaciones nos perdamos.

Y los papás se fueron cada uno por distinto camino, para encontrar antes al vigilante.

Dundy les iba encendiendo, con sucesivos pestañeos, las luces de cada sala a medida que pasaban, sin que ellos se dieran cuenta.

Cuando se quedaron solas, como ya era de noche cerrada, salió Dundy de la mochila de Alba, preocupadísima.

Dijo muy seria:

– Olvidaos de la visita al castillo. Alba: tenemos que pensar algo. Mi hermano Fok está llegando para raptarte y llevarte a Duendilandia.

– ¿Raptarme a mí?…¡Pero si yo no quiero casarme con él!

– ¿Qué podemos hacer?

En esto, aparecieron doña Borlita y sus amigas doña Brisa y doña Flauta.

Alba y Lucía no se lo podían creer.

– ¿Qué pasa, mamá?, dijo Dundy.

-Que nos hemos enterado de la barbaridad que quiere hacer tu hermano y le vamos a dar una lección. Ya vais a ver.

Entre las tres señoras duendesas hicieron una magia, a base de pestañeos especializados para que Alba se quedara invisible.

Y se pusieron a esperar a Fok.

Al cabo de un rato, cruzó la vidriera del ventanal el enamorado galán, agarrado a un rayo JC-23, con una estrella en el extremo.

-¿Qué pintáis vosotras aquí?, preguntó Fok, mirando a las señoras duendesas.

-¿Que qué pintamos?, le dijo su madre. ¡Queremos impedir que hagas algo de lo que te arrepentirás toda tu vida!

-¡Quiero a Alba y la voy a convertir en duendesa, para casarme con ella!

– Pero es que a ella no le apetece, le dijo Lucía.

– Además no está aquí.

-¿Y qué hago yo ahora?

-¡Marcharte con viento fresco!, le dijo Lucía, muy decidida.

Pero Fok, aunque no aprobaba el curso de Gestiones Cotidianas, era un experto en magia duendil, y enseguida se dio cuenta de que su madre le había hecho una trampa y había convertido a Alba en invisible.

– ¡Sí que está aquí!… que la estoy viendo con mi visión mágica.

Realizó, entonces un pestañeo superdifícil y le quito la invisibilidad a Alba.

– ¡No hagas eso!, le dijo su madre, doña Borlita, ¿Tú sabes el castigo que tiene el deshacer una magTIJERAS MÍASia de los mayores?

– ¡Ya no me importa nada!… ja, ja…, dijo Fok con cara de malo.

Entonces… sacó el rayo JC-23, en el que había venido… y ató con él la cintura de Alba, que estaba muerta de miedo.

Las señoras duendesas se quedaron asustadas porque jamás ningún hijo había desobedecido a su madre de una manera tan villana.

Ni podían actuar, del impacto.

Doña Borlita se avergonzaba de su hijo.

Pero Dundy, le estaba dando instrucciones a Lucía, a través del blablaeco, y ésta, se iba acercando despacito hasta unas tijeras enormes, de hierro, de la Edad Media, que había junto a un velón.

Agarró las tijeras con las dos manos y con todas sus fuerzas.

Dundy, que lo tenía todo planificado…, estornudó estrepitosamente, para distraer a su hermano…

… Y Lucía cortó, entonces, con las tijeras el rayo de Luna que ataba la cintura de Alba.

¡Nadie había cortado jamás un rayo de Luna!

EL CASTIGO

Lucía notó inmediatamente un fuerte calor en la mano y vio como las tijeras se volvieron de oro.

Las dejó caer, asustada.

Le machacaron el pie derecho.

El rayo, entonces, comenzó a girar en forma de espiral, despidiendo luces, como si fueran fuegos artificiales, y se fue encogiendo hasta la Luna a través de la vidriera de la ventana.

¡¡¡Hurra, Lucía‼!

– ¡Me has salvado, hermana!, le dijo Alba, muy emocionada.

Y le dio un beso.

Estaba casi amaneciendo y las duendesas debían marcharse a Duendilandia.

– Ya nos debemos ir, dijo doña Borlita. ¿Vienes con nosotras?, Dundy.

– Claro. Pero, ¿qué hacemos con Fok, que no tiene rayo de Luna para volver?

– Que se quede en la Tierra hasta que el Consejo de Mayores decida que ha cumplido su castigo.

– Que va a ser muy largo, dijo Dundy.

En ese momento toda la sala comenzó a dar vueltas, como si hubiera llegado un tornado.

Apareció, entonces, el fantasma de la doncella Catherine Gordon, vestida con una túnica blanquísima y con la melena hasta las rodillas.

Tanto la niñas como las duendesas se quedaron alucinadas. ¡Era verdad que los castillos de Escocia tenían su fantasma privado!

Era un fantasma transparente y etéreo, que no se apoyaba en el suelo. Se parecía a la magifoto de Alba en 3D, que Fok tenía en su cuarto de Duendilandia. Solo que hablaba.

-¿Qué hacéis invadiendo mis habitaciones?, preguntó Catherine, con una voz transparente como el cristal.

Entre las duendesas y las niñas le explicaron lo que estaba sucediendo.

-La historia se repite, dijo. A mí me ocurrió algo semejante cuando me iba a raptar Sir William Browning, un amigo de mi padre al que yo no quería. Decidí escaparme por la ventana de la torre, y se me rompió el nudo de las sábanas, cayendo al vacío.

Desde entonces, mi espíritu vaga por estas salas clamando justicia para todas aquellas doncellas a las que obligan a casarse en contra de su voluntad.

– Ese es mi caso, dijo Alba. Además, me quieren llevar a otro planeta que se llama Duendilandia y convertirme en duendesa…¡Ay!

Y Alba se echó a llorar con todas sus fuerzas.

– ¿Quién es el villano que pretende obligarte a semejante cosa?

– Soy yo, dijo Fok, que se había escondido, avergonzado, detrás de un candelabro.

– ¿Tú?… ¿Y tan pequeño?… No pareces humano.

– Es que no lo soy, sino duende de Duendilandia. Pero estoy enamorado hasta los tuétanos.

– Eso no te justifica. ¡Yo no te quiero!, dijo Alba muy decidida.fantasmilla amarillo

Entonces Catherine se percató del tamaño de doña Borlita, doña Flauta y doña Brisa.

– ¿Ustedes también son duendesas?

– Sí… Pero si no le importa, Miss Catherine, nos tenemos que marchar inmediatamente porque va a amanecer enseguida y los poderes nos desaparecen con la luz del sol.

FOK MÍO– Sin embargo, dijo Dundy, mi hermano Fok no puede marcharse con nosotras porque no tiene medio de locomoción. ¿Se podría quedar con usted en este castillo, hasta que se le solucione el problema?

-El caso es que yo, como soy fantasma, solamente actúo por la noche. Durante en día estoy integrada en los muros del castillo.

– Yo tampoco tengo poderes con la luz del sol, dijo Fok, que apenas si se atrevía a levantar los ojos del suelo, avergonzado. ¿Me aceptaría como paje nocturno?

Antes de que le respondiera Catherine, se oyeron las voces de papá y mamá que habían encontrado al vigilante y venían a sacar a sus hijas del encierro

-Alba, Lucía: ¡Ya está todo resuelto!

Y entraron en la habitación, desapareciendo en aquel momento tanto Catherine como Fok, y todas las duendesas, incluida Dundy.

No debían ser vistas por los mayores.

El vigilante volvió a disculparse ante las niñas por no haber hecho el recorrido de todas las salas antes de cerrar y las invitó a acompañarle hacia la puerta del castillo.

– Perdonen ustedes, pero se podían haber tropezado con el fantasma de Catherine Gordon, que suele vagar por estas habitaciones en las noches de luna llena.

– ¿Quién es Catherine Gordon?, dijo mamá.

-En los folletos de la entrada se explica su desventura, dijo el vigilante.

Y se los llevó de allí.

A salir de aquella sala, en la que habían ocurrido tan maravillosos acontecimientos, Lucía agarró el resto de rayo de Luna que estaba en el suelo y que terminaba en una estrella maravillosa.

Y lo metió en su mochila.

No sabía que se estaba llevando una auténtica varita mágica.

Y colorín colorado.

¿Se quedó Fok de paje de Catherine?

¿Cuándo le levantaron el castigo?

Todo esto y mucho más os lo contaré cuando Margot sea mayor y le escriba la tercera parte de esta historia.

…Porque ésta es una historia para chicas maravillosas.

Igual que vosotras

Petra- Jesús Blanco Rubio

Bilbao 17-8-2015

LILALUNA

I

En la granja de Julián estaban preocupados. Cuando Antolín fue al monte a recoger el ganado, la Perla se había quedado rezagada. No hubo manera de conseguir que siguiera al resto de sus compañeras por el camino bordeado de zarzamoras que llevaba hasta el establo.

Antolín, el mozo, se lo comentó a Julián:

-Creo que la Perla va a parir. Se ha querido quedar en el monte.

-Debemos encerrar a las demás vacas y subir cuesta arriba otra vez. ¡Qué fastidio ! Pensó Julián.

Él se había pasado toda la tarde limpiando las cuadras y los establos, sacando el estiércol y amontonándolo en medio del corral. Después este estiércol se convertiría en buen abono orgánico para la huerta. También había echado paja seca en el suelo para que los animales tuvieran cama mullida.

En aquel momento le apetecía sobremanera sentarse frente al televisor y ver el partido Extremadura – Barcelona.

Avisó a Flor. Flor era su mujer: una aldeana rubia, con las cejas de oro y los mofletes coloreados por el sol y el viento.

-Lleva una manta, le dijo Flor. Si tenéis que pasar la noche al raso, os podéis enfriar.

-Ya la he cogido. Y la linterna.

-No vais a necesitar linterna porque hay luna llena.

Julián salió de la casa con la manta, la linterna y un transistor para escuchar el partido.

Antolín llevaba la mochila con unos bocadillos y la bota de vino.

Se había hecho de noche cerrada.

El hombre y el muchacho recorrieron de nuevo el camino hacia el monte. Era cuesta arriba y debían ir a prisa.

La Perla, la vaca más blanca de la granja, iba a parir.

II

Cuando llegaron a la cima del monte ya habían empatado el Extremadura y el Barcelona.

La Luna iluminaba la gran pradera rodeada de abedules.

No se veía a nadie.

Julián y Antolín se separaron y buscaron con atención la inmensa mole de la Perla que, sin duda, aparecería acurrucada.

Todo estaba en silencio. Solo los grillos cantaban a sus pies.

De repente, Julián dio un grito:

-¡Cuidado, Antolín!

Un fantasma brillante, con dos enormes cuernos, se dirigía como una flecha hacia el muchacho.

Antolín corrió unos metros hacia la izquierda.

La Perla se paró en seco echando espuma por la boca en el mismo lugar donde hacía unos segundos había estado el chaval.

El tesoro que defendía con todas sus fuerzas dormía a sus pies: era una ternerita, pequeña y violácea que acababa de nacer.

La Perla la lamió con cariño y se tumbó en la hierba para calentarla con su cuerpo.

Julián se acercó con cautela. Él conocía la fiereza de los animales defendiendo a sus crías.

-Perla, bonita. Soy yo, Julián.

Le ponía la mano suavemente sobre el lomo.

Poco a poco, la mano se fue acercando a la cabeza.

-Tranquila, Perla. Ya sé que estás bien.

Antolín se atrevió a colocarse frente a ella. Le pareció ver mucho amor de madre en aquellos ojazos, otras veces inexpresivos.

-No te quitaremos el choto. Duerme con él.

-Cuando lleguemos mañana con el resto de la vacada, ya estará andando, dijo Julián.

Bajaron al pueblo. Con tantas emociones se habían olvidado del transistor. ¿ Qué importaba si perdía el Barcelona?

La Perla mugía de gozo bajo la luz de la Luna.

III

-Tenemos una chotita nueva, le dijo Guiomar a la señorita al llegar al colegio. Es de la Perla.

-¿Ya la has visto?

-No. Porque nació en el monte anoche. Pero mi padre me ha dicho que esta tarde la traerán al establo con las demás vacas.

-¿Nos dejarás ir a conocerla?, le preguntaron Verónica y Cris, sus mejores amigas.

-Claro. Pero sería mucho más divertido si, cuando salgamos de clase, nos fuéramos camino del monte a recoger el ganado con Antolín.

Al terminar la clase, las tres amigas subían por el estrecho sendero que iba hacia el monte, merendándose sendos bocadillos de pan reciente.

-¿Cuándo veremos a la ternera?, dijo Cris.

-Vendrá al final, porque andará despacio, aseguró Verónica.

Pero los animales acabaron de desfilar. Hasta había pasado la Perla, que iba la última, con las ubres cargadas de calostro con el que alimentar a su enorme bebé.

Detrás, Julepe, el perro.

Las tres amigas se miraron preocupadas. ¿Dónde estará Antolín con la cría? ¿Le habrá pasado algo?.

Y se echaron a correr cuesta arriba.

Al volver el recodo del Chopo Caído se encontraron un espectáculo insólito: junto a Antolín había una ternerita pequeña y sonriente.

No era negra, como la Morlasca ni blanca, como la Perla ni marrón, como la Liza. No tenía grandes lunares rojizos como la Carena ni manchas en las orejas como la Guay. Se mantenía erguida sobre unas delgadas patitas y las miraba fijamente, mientras una abeja revoloteaba sobre su lomo, que era brillante como un traje de gala.

– Parece morada.

-Yo creo que es de color violeta.

– ¡Qué bonita!, dijeron, mientras la acariciaban Verónica y Cris.

– Como si fuera de plástico, añadió Guiomar.

Pero no era de plástico. Era de verdad, de verdad. Se estremecía con sus voces, y resultaba tan frágil, que temieron que se rompiera como una figura de porcelana

-¿Podemos tocarla?

-Claro!, dijo Antolín.

-¿Es la hija de la Perla?

-Pregúntale a ella, que no la ha soltado en todo el día.

-¿Ya le has puesto nombre?

-Lo he estado pensando. Habrá que llamarla algo así como Violetera.

-O Violante

-O Flor de Lila.

-O Liliosa.

-O Moradita

-Lilita, tal vez.

-¿Qué os parece Lilaluna?, preguntó Antolín, que llevaba un buen rato dándole vueltas a ese nombre. Después de todo, nació bajo la Luna llena y es hermosa, como las lilas.

-Precioso. Asintieron todas.

…Y Lilaluna se llamó la ternerita, cubierta por una piel brillante y resplandeciente como un papel de regalo.

IV

Paulina, Modesta, Inés, todas las vecinas se acercaron a casa de Flor a contemplar aquel prodigio de la Naturaleza. El pueblo, famoso por su ganadería, no había experimentado jamás semejante acontecimiento.

Allí se criaban robustas vacas, que daban rica leche. Su queso se vendía ya en la Comunidad Europea. Pero nadie, ni los más viejos, ni siquiera la señora Martina, que tenía 99 años, había visto jamás una ternera de color lila.

-Esto es una señal, decía Modesta, que siempre veía prodigios en cualquier novedad.

-Yo creo que es por la Central Nuclear. Antes no ocurrían estas cosas, añadía Inés.

-A mí me parece que debiéramos avisar a la Televisión. Sería una buena propaganda para el pueblo.

Todo el mundo opinaba. El establo de Julián se había convertido en el salón de sesiones del lugar. Hasta el alcalde se quedó perplejo al ver a la Perla amamantar aquel rebujoncito violeta y brillante..

Mientras la gente desfilaba ante ellas, Lilaluna se acurrucaba junto a su madre.

Guiomar convenció a la señorita para que también fuera a su casa al salir del colegio. La acompañaron los demás niños de la clase.

-No os acerquéis demasiado, que la Perla os puede atacar, advertía Guiomar muy seria .

Pero ella, como era la dueña, se acercaba y con cuidado atusaba el lomo violeta. Los otros niños también tenían terneras y también las acariciaban… Pero ninguna era tan bonita y tan resplandeciente.

En el fondo de su corazón, todos envidiaban a Guiomar.

-¡Qué suertuda!

-¿Le saldrán también los cuernos del mismo color? Se preguntaba Begoña, que era el cerebrito del colegio.

Lilaluna se paseó por el establo. Ya se había cansado de mamar y quiso estirar las patas. Dejó el pesebre, donde su madre comía y se acercó hacia los chiquillos que aplaudieron entusiasmados.

Además de tener un color mágico, Lilaluna se movía con gracia y sus patas recordaban a una bailarina que cruzara el escenario al compás de la música.

V

Julián cruzó el cerrojo de la puerta trasera.

-Qué alivio!, pensó resoplando, mientras acercaba la banqueta para ordeñar a la Morlasca.

Pero ni la Morlasca ni la Carena ni siquiera la Liza estaban dando la leche prevista. Al día siguiente, cuando llegara el camión de la Cooperativa, no tendría ni una cántara que entregar.

-Es natural, dijo Flor. No han tenido tranquilidad. El establo no ha estado solo en toda la tarde.

-Las vacas son muy sensibles, añadió el marido.

-Yo creo que tienen envidia de la Perla, afirmó Guiomar muy convencida. Ellas solo son capaces de tener chotos vulgares.

-Vulgares, peros llenos de vida. ¿Os habéis fijado en que Lilaluna tiene problemas al andar?

– No es que no sepa andar, mamá,… es que baila!

– ¡Ay, Señor! … ¡Tiene el mal de las vacas locas!

– ¡Anda ya!

– No podremos venderla para carne ni beber su leche.

– Habrá que matarla.

– Matarla, no…¡Por favor!

Y a Guiomar se le saltaron dos gruesas lágrimas.

-¿Para qué nos puede servir?

-A mí me gusta, papá. ¿Por qué no me la regalas?

-¿Qué puede hacer una niña con una ternerita color violeta?

-Muchas cosas. La primera es quererla. También puedo sacarla al monte y ponerle guirnaldas de flores.., y un cencerro de color verde fosforito, que me tocó en la tómbola… Regálamela… pa.., repetía zalamera. Te prometo que sacaré buenas notas, y os ayudaré a arreglar el establo, y ordeñaré sin refunfuñar y y…

Guiomar no hacía más que promesas y promesas. De nada hubieran valido si el veterinario, a reconocer al día siguiente a Lilaluna, no hubiera asegurado muy serio:

– Julián, tienes un ejemplar único en el mundo. Con un poco de marketing te puedes hacer rico.

VI

Al alcalde le faltó tiempo para avisar a la televisión local.

La televisión local estaba formada por Genoveva y su videocámara.

Genoveva, que enviaba una y otra vez reportajes a la cadena autonómica, era toda una autoridad en la comarca. No hace mucho le premiaron un corto sobre el concurso de caracoles, que, además lo dieron por “la Dos”, que es el canal cultural.

En cuanto Genoveva se enteró del acontecimiento, cargó las pilas, cogió una cinta de larga duración y se dirigió a casa de Flor.

-Chica, hay que colocarse el chándal nuevo, le dijo al ama de casa. Y tú, Guiomar, también te cambias.

– A mí déjame en paz, que yo no soy una vedette, dijo Flor.

– Ni falta que hace. Cualquier mujer de este pueblo tiene más salero que las misses.. Así que…Hale!… Y no me vengas con el traje de ir a iglesia. Quiero ropa informal, deportiva.

Mientras toda la familia se ponía a tono con la circunstancia, Genoveva filmaba la casa con sus rincones: la chimenea, las camas de forja, el arcón tallado y las flores de plástico compradas en la tienda de “Todo a Sesenta céntimos”

-Falta Antolín.

Antolín llegaba en aquel momento, con sus vaqueros ajustados y un pendiente en la oreja. Todos abrieron los ojos de asombro.

-¡Como Bustamante! Dijo estirando el cuello muy serio. Y se unió a la procesión que se dirigía al establo.

¡¡Ah!!

A Genoveva le pareció normal que la Perla y Lilaluna estuvieran solas en un rincón mientras el resto de las vacas rumiaban en el otro extremo del local.

Mientras ella filmaba a la ternerilla de frente y de perfil y les pedía a Julián y Antolín que se colocasen en actitud de echar la paja en el pesebre, Guiomar le tiró a su madre de la manga.

– Mamá: ¿Te das cuenta qué mirada de envidia tienen las otras vacas?.

– Anda, anda, que las vacas no saben lo que es la envidia.

– Que sí, mamá. Mira la Carena cómo se hace la despistada.

La cámara , entonces, se dirigió al rincón donde se apretujaban las demás vacas, enfocándolas a todas que, lentamente rumiaban con los ojos bajos, sin querer volverse. Apenas se podían enfocar las cabezas y las cornamentas.

En cambio salió un primer plano del culo de la Morlasca espantándose las moscas con el rabo insistentemente.

Se notaba que estaba enfadada.

En su cabeza bovina debía estar pensando: A la Perla, encima de hacerle un reportaje, no le pican las moscas.

VII

El reportaje de Genoveva lo emitieron en todas las cadenas de televisión. El pueblo se llenó de turistas que hacían cola delante del establo de Julián.

Hubo extranjeros que, en cuanto oían chirriar el cerrojo de la puerta trasera, preparaban su máquina para hacer fotos de Lilaluna.

Antolín procuraba aparecer junto a la ternerita para quedar grabado en la imagen. Era muy presumido y pensaba que, tal vez, se fijara en él un director de cine.

A quienes agobiaron a entrevistas fue a la familia poseedora de aquella maravilla de la Naturaleza.

Les preguntaban cómo era su vida, cómo su trabajo, cómo se divertían y comían; en qué tienda compraban y qué detergente usaban para lavar.

A Julián le propusieron hacer un spot publicitario para promocionar la ganadería de la región.

A Flor, que tenía la piel blanca, la contrataron para anunciar crema nutritiva e hidratante. Debía salir en la tele, junto a Lilaluna diciendo: “A pesar de las horas que paso en el monte con mi ganado, mi piel se conserva limpia y sedosa gracias a la crema “Grito de Seda”

(Aunque en el pueblo todos sabían que solo se cuidaba la piel con la crema artesana a base de caléndulas y cera virgen, fabricada en casa ,y que solamente subía al monte el día de la romería.)

Hasta quisieron utilizar a Guiomar anunciando unas zapatillas deportivas.

Al principio a todos les parecía divertido salir en la tele y en las revistas. Pero, a medida que pasó el tiempo y Lilaluna dejó de ser novedad, los medios de comunicación buscaron otros temas más atractivos.

Todo volvía a la normalidad.

Guiomar dejó de aparecer en aquel horrible anuncio de zapatillas de nombre extranjero y con sus playeras de siempre continuó jugando a la goma con Verónica y Cris.

Flor repartió los tarros de la crema, que le habían regalado, y volvió con la que fabricaban en el pueblo, que olía a flores y miel.

Julián, al que habían nombrado representante de los ganaderos de la comarca, terminó su sueño publicitario con un álbum de fotos enorme para el recuerdo. Pero no se hizo rico, como le había pronosticado el veterinario.

A Antolín no le descubrió ningún director de cine.

El pueblo volvió a su rutina feliz.

Lilaluna crecía.

VIII

Las vacas subían y bajaban lenta y cotidianamente entre el pueblo y la montaña. Primero iban la Morlasca, la Liza y la Carena, acompañadas por Julepe, el perro. Un poco más rezagada caminaba la Perla, a la que seguía Lilaluna.

Detrás, Antolín.

Las cosas comenzaron a cambiar.

Cuando el pastor daba la voz de marcha y abría la puerta del corral, Lilaluna echaba a correr siempre la primera, con un trotecillo alegre y juguetón.

Se hubiera escapado, de no haber sido por Julepe, que estaba vigilante y le controlaba la carrera.. Gracias a su eficacia todas las vacas podrían mantenerse en grupo hasta llegar a la explanada verde que remataba el monte.

La vida de las vacas no suele ser muy divertida. Todo el rato se lo pasan comiendo hierba. Cuando se cansan, buscan la sombra de un árbol, y reposan y rumian, mientras sus ubres se van llenando de blanca leche, que algún humano ordeñará en el pueblo

Lilaluna, en cuanto se hizo mayorcita y dejó de mamar, se dio cuenta de que ella no estaba hecha para semejante monotonía.

A ella le gustaba explorar el monte.

En cuanto se despistaba Antolín, se escapaba por entre las matas siguiendo la pista de algún topo excavador. Se acercaba a las flores y, en vez de comérselas como hacían su madre y sus tías, las olía y las acariciaba con el morro.

Como era ágil y podía controlar sus movimientos, procuraba no pisar los erizos distraídos ni los sapos saltarines.

La otras vacas, tan gordas ellas, ni se fijaban en los caracoles o las ranas de San Antón cuando ponían sus pesadas patas en el suelo.

Sobre todo le gustaba echarse la siesta cerca de las zarzamoras porque allí acudían muchas mariposas de colores.

Lilaluna cerraba sus ojazos y dejaba que ellas se posaran en los párpados para abrirlos de repente y darles un susto. ¡Plas!

¡Qué divertido!

Las mariposas disfrutaban con la broma y revoloteaban sobre su cabeza. Algunas descasaban en su lomo brillante y dejaban que Lilaluna las paseara por el campo como si fueran de excursión.

A veces ella, muy pillina, levantaba el rabo y todas se echaban a volar a la vez formando una nube multicolor.

Pero lo que más le gustaba a la ternerita lila era que acabaran las clases del colegio.

Entonces subían Guiomar y sus amigas a jugar con ella. Las iba a buscar cerca del sendero. Y ellas le correspondían con un abrazo, y, a veces, le ofrecían un mordisco de su merienda que Lilaluna siempre rechazaba.

-Qué pronto nos has visto, perillana!

-Deja que te ponga unas flores en esos cuernecitos que ya asoman.

Y Lilaluna se dejaba manosear por los deditos dulces de las niñas que atusaban su acharolada piel como si fueran hadas masajistas.

Ellas le buscaban los tallos más tiernos para que comiera y jugaban con el cencerro verde fosforito que le había colocado Guiomar en el cuello el día que su padre se la regaló.

A Lilaluna le gustaba que las niñas tocaran su cencerro porque ella aún no había aprendido a llevar el compás.

IX

A la Perla no le gustaban esas extravagancias de su hija.

Ella siempre había sido una vaca seria y cumplidora, que pastaba en el campo, rumiaba en el establo y se dejaba ordeñar pacíficamente.

Pero eso de corretear como un potrillo y dejarse invadir por las mariposas no le parecía correcto.

-Lilaluna, le decía a su hija en idioma vacuno, ya te estás convirtiendo en una novilla.

-Sí, mamá. Contestaba ella, mirando a la Perla con los ojazos color de miel.

-Una novilla como Dios manda, no va triscando por entre los matorrales.

-No mamá.

-Tus tías te critican y dicen que eres una deshonra para la familia.

-¿Por qué, mamá?

-No eres como las demás.

-¿Y qué culpa tengo yo de ser como soy? Yo no pedí nacer así.

-Ya lo sé. No me lo recuerdes. Bastante hemos sufrido con tantas exhibiciones.

-Yo me siento normal.

-¿Es normal ser de color violeta, caminar como un potrillo y tener mugido clarinete?

-A mí sí me lo parece.

-Pues a mí, no. Añadió la Perla enfadada. Y te voy a educar para darte lo que la Naturaleza no te ha dado.

-¿Qué vas a hacer conmigo?

-Verás. Sígueme.

Y la Perla comenzó a caminar por unos senderos llenos de juncos hasta la orilla del arroyo.

Lilaluna la seguía sin rechistar.

Al llegar a un vado encontraron un terreno pantanoso lleno de lodo ceniciento.

– ¡Métete ahí dentro!, ordenó muy seria la madre.

-¿Para qué?… ¿Y, si me hundo?

– No te vas a hundir. Solamente te vas a revolver en el barro. Cuando salgas habremos cubierto ese color malva que te hace diferente.

.. Y Lilaluna doblando sus patas, como si cumpliera una condena, se dejó caer en el sucio pantano, mientras de sus ojos salían gruesos lagrimones.

-La cabeza también . Recordó la madre.

Cuando volvieron al prado con el resto de la vacada, Antolín se sonrió al ver a la Perla seguida de su hija convertida en un fantasma gris.

-Otra aventura de Lilaluna, pensó sin darle demasiada importancia.

Las dos vacas desfilaban, ufana la madre, humillada la hija, delante de la Morlasca, la Liza y la Carena que entre rumio y rumio pensaban: No es más que apariencia. Por dentro, sigue siendo de color lila.

X

El científico Mushajeta del Instituto de Investigación Animal de Nara, Japón, tuvo una feliz idea.

El Mundo, pensaba, sería mucho más divertido si todas las vacas fueran de colores alegres. Las blancas y las negras, las manchadas, lo mismo que las marrones estaban ya muy vistas.

Decidió, por lo tanto, raptar a nuestra hermosa Lilaluna, con intención de clonarla y producir en serie miles de vaquitas violeta para que pastaran en los campos japoneses bajo la sombra de los cerezos en flor.

El investigador Sabihondo Mushajeta estaba un poco chiflado. Hay que reconocerlo.

Le comunicó sus pretensiones al director del Instituto y éste no le hizo mucho caso.

– Lo único que debe interesar de las vacas es que proporcionen buena leche y demás productos, dijo muy serio el jefe.

– Este director no es poeta, no ama la belleza, pensó el sabio.

Y se sintió incomprendido.

Decidió actuar por su cuenta.

Así que no lo pensó dos veces: hizo la maleta, plegó el paraguas, cargó el móvil, se colgó del cuello la máquina de fotos y se vino al pueblo de nuestra historia.

En el avión soñaba con su rebaño de vacas multicolores, que sorprenderían a la Humanidad.

A lo mejor hasta le daban el Premio Nobel de la Ciencia.

Al llegar a España alquiló una furgoneta roja para transportar animales y apareció en la Plaza Mayor del pueblo.

XI

Mari, “la Chillona” , que estaba charlando con las vecinas, le vio entrar en su bar y acudió a atenderle.

A Mari le habían puesto ese mote porque tenía una voz tan aguda, que penetraba en los oídos como si fuera un alfiler. Ella decía que había estudiado canto en una academia de Barcelona.

Las vecinas, muy curiosas, se quedaron sorprendidas al ver entrar a aquel hombre bajito y gafoso, con la cámara de fotos al cuello y una mochila de excursionista..

_¿Quién será?

-¡Qué estirado y qué serio, madre!, pensó Modesta.

–¿No será el profesor de canto que te dio clases en Barcelona?, dijo en alta voz, Paulina, mirando a Mari, mientras le daba un codazo a Modesta

El pueblo sabía que Mari no había estado nunca en Cataluña pero todos le dejaban que contara su sueño y le hacían creer que se lo creían, menos la chungona de Paulina.

Mari se mordió los labios mientras fulminaba a su vecina de una mirada y entró en el bar.

Cuando pasó detrás de la barra y observó a aquel canijo japonés hablando un español tan correcto, se quedó impresionada.

– Sabihondo Mushajeta, me ha dicho que se llama ¿No? Seguramente será usted una persona muy importante. ¡Digo!… para hablar tan bien nuestro idioma.

El señor Mushajeta no tenía ganas de dar explicaciones y callaba.

– ¿Quiere un vasito de vino de la tierra o prefiere una Coca-Cola? Tengo pinchos de tortilla…

– Ninguna de las dos cosas. Lo que busco es alojamiento para unos días. Quiero hacer turismo rural. ¿Sabe usted dónde hay una fonda o una pensión? Si tiene garaje, para mi vehículo, mucho mejor.

Aquí, en mi casa tengo todo lo que necesita. Puede quedarse hoy mismo. Y ha tenido suerte de que es temporada baja, porque en vacaciones lo tengo lleno. Todavía no ha comenzado el Verano.

Me gusta más la Primavera. Dijo lacónicamente Sabihondo Mushajeta. ¿Puede indicarme dónde está mi habitación?

Mari, “la Chillona”, llevó al huésped a su cuarto tras cogerle la maleta y el paraguas y pensando por lo bajito: “es el tipo más raro que ha venido por aquí en muchos años”.

Y, en cuanto tuvo bien alojado al japonés , salió a la plaza, de nuevo, para contarle el chisme a las vecinas

– Dice que le gusta la Primavera.

-No me extraña, sostuvo Modesta: tenemos una Primavera deliciosa.

– Sobre todo por la zona del monte bajo, añadió Paulina.

– La Primavera no está sólo en el monte: está en el aire, en el cielo y en nosotros mismos, dijo Inés que filosofaba mucho.

– Pues, lo que es yo, ni me había fijado. Ya ves. Dijo Paulina

¡Anda ya!… Si hasta has ido a la peluquería con la Primavera.

XII

A la mañana siguiente, Mari oyó muy pronto levantarse al japonés.

Rápidamente, se echó encima el chal y acudió a prepararle el desayuno

–Aquí, en este pueblo, no desayunamos con esas americanadas que se venden en el Supermercado. Puede elegir entre chocolate o café con leche y tostadas con aceite de oliva o mantequilla, o magdalenas hechas en el horno de la panadería. Le aclaraba Mari , mientras le colocaba el mantel y calentaba la leche.

– Yo como de todo, contestó cortésmente Mushajeta. Pero me gusta que me sorprendan con las comidas típicas de los lugares que visito. Dijo mirando amablemente a su mesonera.

– ¡Qué atento!, pensó. Debe ser un gran señor.

Y le llenó la mesa de ricos dulces caseros.

Mientras Sabihondo Mushajeta desayunaba opíparamente, Mari le observaba desde la cocina y vio que había bajado de su habitación una red para cazar insectos.

– ¿Va usted a cazar mariposa? preguntó curiosona.

– Cazarlas, no. En mi país está prohibido. Solamente quiero estudiarlas un poco y soltarlas después.

-Eso ya me gusta más. Le aconsejo que vaya por la zona pantanosa, ésa que se ve desde la ventana: es donde más mariposas se encuentran en esta época.

Y ayudó al científico a preparar sus aperos de excursionista.

– ¿Vendrá a comer?

– Desde luego. Adiós.

Pero Sabihondo Mushajeta no tenía la menor intención de estudiar insectos. Había llevado la red para despistar: todo su afán era espiar a Lilaluna para poder llevársela a su país.

Así que se situó en un lugar estratégico cerca del río, para observar toda la vida de la aldea.

Desde allí vio llegar el autobús de línea que enlazaba el pueblo con la capital, la furgoneta de la pescadera, la moto del cartero y el coche de la profesora, que vivía a las afueras. Al final llegó el camión cisterna de la Cooperativa, que recogía las cántaras de leche recién ordeñada.

Casi se había despistado con tantos vehículos y, por poco se le escapa la hilera de vacas que subía la cuesta hasta el prado.

Menos mal que, como siempre, el «farolillo rojo» era nuestra amiguita Lilaluna que, gracias al color de su piel, no daba posibilidades a equivocarse.

Sabihondo Mushajeta sintió que su corazón saltaba de alegría.

XIII

¡Al fin había podido contemplar aquel animal exótico del que hablaban los periódicos!

Era mucho más hermoso que en los reportajes.

Y comenzó a imaginarse una pradera de color verde intenso, salpicada de enormes manchas violetas.

Su orgullo de científico le obligaba a ayudar a la Ciencia clonando la ternerita y multiplicando por cientos su belleza.

Seguramente, cuando lo consiguiera, le harían un monumento en Nara, su ciudad natal. Pensó.

Se puso tan nervioso que dio un manotazo de alegría y se arrancó las gafas.

Como no veía, tardó muchísimo rato en encontrarlas.

El señor Mushajeta no quería que le relacionaran con las vacas del lugar, así que se hizo notar en el aspecto cultural.

Era muy astuto.

Le preguntó al cura acerca de la Iglesia y sus obras de arte, y les pidió a los viejos que le enseñaran a jugar al mus.

– ¡Ah! – le dijo el señor Esteban, socarrón- ¿En Japón no echan la partida, después de comer?

– Pues no saben lo que se pierden. Añadieron, riendo, los demás

– Allí tenemos otros juegos. Contestó muy serio Mushajeta.

Abandonó el bar un poco mosqueado.

Salió a la calle para observar a los niños cuando volvían del colegio.

Gracias a su espionaje se entró de que Guiomar y sus amigas solían ir a buscar a Lilaluna los días que no había entrenamiento.

Eso ocurría los miércoles y los viernes .

Debía robar la ternerita cualquier otro día .

Poco a poco iba preparando el golpe.

Optó por el sábado, que por ser fin de semana, sería más difícil encontrarle y le daría tiempo para escapar a su país.

Observando todos los movimientos de la familia, concluyó que sería muy fácil entrar por el corral ya que Antolín cerraba siempre de un portazo, sin echar la llave.

Para no tener problemas llenó de silicona la cerradura a fin facilitarse la labor. Y esperó.

XIV

Lilaluna no podía más.

Su madre se empeñaba en hacer de ella una verdadera vaca lechera, tranquila y solemne.

Para ello debía cambiar su color estridente por otro más convencional.

Menos mal que Guiomar y sus amigas llegaban cada tarde y le quitaban el barro con agradables chorros de agua de la manguera .

– ¡Ahora sí que estás guapa!

– ¡Y reluciente…!

La ternerita les daba las gracias moviendo su cencerro fosforito.

La Perla se ponía furiosa. y, eso que es difícil que una vaca se altere….

¡Ella solo quería el bien de su hija!

-¿Por qué te manchas tanto, Lilaluna? Le preguntaban las niñas, que no entendían aquel rebozarse continuamente en el pantano.

Y la vaquita se dejaba regar y agradecía que sus amigas le devolvieran a su ser luminoso y juguetón.

La Perla, que no la perdía de vista, la volvía a llevar, a la mañana siguiente a embarrarse en el lodo.

Luego, se apartaban en una orilla del prado, detrás de los abedules y le daba clases de movimiento:

-Cuando pongas una pata sobre el suelo, decía la Perla, debes apoyar todo tu peso sobre ella. Mira.

Y la Perla repetía el ejercicio delante de su alumna varias veces, para que lo aprendiera bien.

-Sí, mamá.

Sin correr. La cabeza, siempre adelante. Así.

Y la madre, convertida en profesora de rehabilitación, daba unos pasos moviendo sus trescientos kilos lentamente.

-Mañana comenzaremos las clases de mugido. Dijo al terminar la sesión.

XV

Cuando Antolín llevó el ganado hacia el pueblo, sintió que a Lilaluna le pasaba algo. No era solo que estaba gris y que tenía el andar más lento de lo habitual. A medida que caminaban, le pareció ver en los ojos de la vaquita una mirada de rebeldía que no estaba acostumbrado a ver en otros animales.

– Es que está sucia, ¡caramba!

Y, al llegar al corral, cogió una manguera de regar y le dio una ducha salvadora.

Lilaluna le miró con ojos de agradecimiento y emitió ese mugidito musical, que tanto molestaba a su madre.

– De nada. Dijo el chaval, dándole un azotito y cerrándola en el establo.

– Creo que me ha sonreído. Aunque deben ser tonterías mías, pensó.

Cuando Lilaluna se acercó al pesebre, las cuatro cabezas astadas se volvieron hacia ella.

Las tía, miraron burlonamente a la Perla y dijeron:

– La deshonra no se puede ocultar por mucho barro que le pongas encima.

-Tu hija no será nunca normal.

-Ahí la tienes: en vez de tapar su vergüenza, parece que presume de ser diferente.

Y se acurrucaron en el extremo del recinto donde estaba la paja más mullida dejándoles a ellas la zona peor.

– Mañana, dijo la madre muy seria, volveremos a empezar.

-A ver si con manchar y manchar la piel conseguimos destruir ese abominable color malva.

Lilaluna no dijo nada. Dejó que su madre siguiera haciendo proyectos para cuando fuera “normal”.

Pero en su cabecita bovina, se estaba fraguando un plan.

XVI

El científico nipón esperó la vuelta de la vacada sentado en el recodo del Chopo Caído.

Observó atentamente para asegurarse de la presencia de Lilaluna.

¡No estaba en el rebaño!

– Seguramente se me ha adelantado otro sabio americano, pensó. O se han llevado al animalito a un sitio más seguro.

– ¿Sospecharán de mí?

-¿Se habrán percatado los dueños de Lilaluna de mis intenciones perversas?

– ¿Qué hago ahora?, decía limpiándose las gafas de miope.

…Y, mientras frotaba los cristales con el pañuelo, pasó ante él, danzando como solía, la jatita envuelta en chocolate.

Naturalmente, no la reconoció.

¿Qué van a decir mis compañeros del Instituto de Investigación Animal de Nara.

Y, además de chiflado, se volvió malo de repente.

Tomó entonces una decisión trágica: Ya que no podía llevarse a Lilaluna, secuestraría a Guiomar, su dueña.

No la soltaría hasta obtener la ternera.

Y pediría un gran rescate para hacerse rico.

Porque, hasta entonces, a Sabihondo Mushajeta no le había preocupado el dinero.

Solo le interesaba la Ciencia.

XVII

Lilaluna se quedó escuchando el portazo que debía dar Antolín al cerrar de golpe la puerta del establo.

Efectivamente no había echado la llave, así que estaba de suerte.

En cuanto oyó los mugidos de dormir, (que son algo así como los ronquidos de los humanos) de su familia, se levantó del lecho de paja sin hacer ruido.

Con los cuernecillos incipientes dio un empujoncito a la puerta y… se sintió libre como un pájaro.

Julepe, el perro, muy astuto salió tras ella.

Lilaluna sabía que debía escapar muy aprisa porque Guiomar no se iría a la cama sin despedirse de ella.

Así que, no tuvo más remedio que cruzar el río por la zona pantanosa, que era la más próxima. Se puso perdida de barro.

Julepe, más listo y más ágil conocía un vado por el que podía cruzar sin mancharse.

– ¡Qué fastidio!, pensó. ¡Con lo brillante que me había dejado Antolín!

Pero no podía detenerse. Corrió a toda velocidad y se internó en el bosque.

Sus amigas las mariposas se sintieron honradas al recibirla en su territorio y decidieron acompañarla en su recorrido. La mariposas la reconocían por el olor. No les importaba el color que tuviera.

Ella creía que podía estar segura en aquel el lugar porque había hecho muchas escapadas hasta allí con sus amigas las niñas .

Se hacía de noche y comenzó a sentir miedo.

Sabía que aun era lo suficientemente joven para que un lobo pudiera atacarla.

Con esos cuernos de birria que tenía no podría hacerle frente.

¡Se la comería!

El bosque era empinado y ella trotó hacia una loma. Allí había un claro que le permitiría otear el horizonte.

Cuando llegó arriba, cansada de tanto escalar, se quedó quieta para reponerse. A su alrededor revoloteaban multitud de mariposas.

Detrás, la custodiaba el perro fiel.

XVIII

Guiomar no había ido aquella tarde al prado porque tenía entrenamiento en el campo de fútbol del colegio.

El frustrado ladrón esperó pacientemente apoyado en una farola y, cuando la niña se despidió de sus amigas, apareció por la esquina…

Le tapó la cabeza con una bufanda barata para que no se ahogara.

Guiomar quería gritar, pero el malvado Sabihondo Mushajeta le metía la bufanda por la boca y la apartaba hacia las afueras del pueblo.

Medio arrastrándola y a empujones, el malvado Mushajeta consiguió llevar a nuestra niña hasta el arbusto donde ocultaba el vehículo.

Una vez bien atada, la sentó en el asiento de atrás, con la boca tapada para que no se oyeran sus gritos..

Puso su furgoneta en marcha y la condujo por un camino forestal empinado y tortuoso.

Al llegar a un claro del bosque, abrió el coche, desató sus manos y le quitó a la niña la bufanda.

– Ahora chilla lo que quieras. Pero antes dime dónde está la ternerita Lilaluna, dijo el sabio loco.

-¿Dónde va a estar?, respondió Guiomar. A estas horas, durmiendo en el establo.

-¡Mientes!. Yo he controlado la entrada de los animales y no la he visto llegar.

– No tengo por qué mentirte. Lilaluna me pertenece y sé donde duerme.

– Ahora me pertenecerá a mí. Si no me la das…morirás en el bosque.

-¡No te la daré!

Y Sabihondo Mushajeta sacó de su mochila un papel y un bolígrafo que entregó a Guiomar.

– Escribe un mensaje para tus padres.

Guiomar escribió muerta de miedo.

XIX

Ya era de noche.

Salió la Luna.

Sus rayos iluminaron a la ternerita, que apareció contorneada en el cielo como una escultura.

Unos metros más abajo, un sabio chalado japonés obligaba a Guiomar a escribir a sus padres el precio del rescate.

Le costaba escribir porque apenas había luz.

Cuando la niña terminó el mensaje, miró hacia arriba…y vio a su mascota, manchada de barro gris De su cuello colgaba el cencerro fosforito.

No había duda. Era ella. Sonrió.

Sabihondo Mushajeta buscó con los ojos el camino de la mirada de Guiomar y su cara adquirió la imagen del pánico.

En la cima del monte aparecía la silueta oscura de una enorme vaca recortada por la luz de la noche.

No reconoció a Lilaluna

¡Debe de ser una vaca-fantasma! , pensó.

¡O una diosa-vaca que me quiere castigar por mi atrevimiento!

Le pareció que la estatua crecía y crecía acercándose a él.

Que le miraba con sus enormes e inexpresivos ojos.

Y que se ponía en movimiento, queriéndole embestir con sus afilados cuernos.

El sabio Mushajeta, muerto de miedo, echó a correr, como alma que lleva el diablo, hasta refugiarse en su furgoneta.

Julepe le seguía ladrando desaforadamente.

Retrocedió por el camino forestal dando tumbos como un zombi.

Llegó a la plaza y entró en la fonda.

Pidió la cuenta a Mari, «la Chillona», y se largó camino del aeropuerto.

En el Instituto de Investigación Animal de Nara no se lo iban a creer.

Julepe corrió unos cuantos kilómetros detrás del vehículo, pero terminó por rendirse y volvió al pueblo con el rabo entre las piernas.

Legó a la Plaza jadeando.

XX

Cuando se sintió libre, Guiomar se acercó a Lilaluna con los brazos abiertos y le hizo un collar con ellos, mientras le daba un beso.

– Gracias, amiga mía. Ese viejo loco la había tomado conmigo. Casi me ahoga.

Las mariposas también revoloteaban alrededor de la niña.

– ¿Qué hacías aquí?

-¿Por qué no estás en casa?

Ésta y muchas más preguntas le dirigía Guiomar a su vaquita, sabiendo que ella no le iba a responder jamás.

Mientras hablaba, ambas iban dando vueltas alrededor del monte sin rumbo fijo.

¡Estaban perdidas!

¡Madre! ¡Qué miedo!

Seguían avanzando monte arriba. Primero iba Lilaluna, mucho más valiente.

A su lado, medio escondida tras ella, Guiomar, su dueña.

El plenilunio convertía el paisaje en un lugar mágico; los árboles y sus sombras parecían seres fantásticos danzando un ritual ceremonioso.

Se sentían observadas por los millones de ojos de los animales nocturnos.

Las dos estaban rendidas de cansancio.

Se acostaron junto a un matorral, acurrucaditas para darse calor, acariciadas por la Luna.

Y se durmieron .

XXI

– ¿Sabes dónde está la niña?, le dijo Flor a su marido, mientras preparaba la cena. Hace rato que debió terminar el entrenamiento.

– Puede que hoy se hayan quedado más tiempo; porque ya tienen encima la competición y están empeñadas en ganar.

– O, tal vez, se haya metido en el establo antes de entrar en casa.

– Anda, vete por ella y dile que pase por el lavabo antes de cenar. No quiero manos sucias en la mesa.

Julián terminó de poner los platos y los cubiertos sin prisas y salió de la cocina.

Le dio muy mala espina ver abierta la puerta del corral, moviéndose con el viento.

También estaba abierta la puerta del establo

Entró preocupado, encendió la luz y miró rápidamente en todas las direcciones.

¡No solamente no estaba allí Guiomar: tampoco estaba la ternera! ¡Ni el perro!

-¡¡¡Flooor!!!

El grito lo oyeron hasta los vecinos. Todos acudieron a ver qué pasaba.

– ¡La niña! ¡No está la niña!… ¡También ha desaparecido Lilaluna!

-¡Huy!, dijo la señora Martina, pues debe habérselas llevado el japonés ese que se queda en la fonda de la Mari, porque se acaba de largar a toda marcha.

– Habrá que avisar a la Guardia Civil.

Entonces apareció Julepe jadeando y con el rabo entre las piernas.

XXII

Próximo ya el verano el bosquecillo donde dormían nuestras amigas se llenaba de vida al anochecer.

Los búhos, los mochuelos, las ranas, los grillos y multitud de animales que dormitaban durante el día daban su acostumbrado concierto nocturno.

A Lilaluna no le importaba. Ella había conseguido la libertad y se sentía feliz.

Ya no la insultarían sus tías y su madre dejaría de darle clases de vaca formal.

Guiomar no podía dormir.

¿La estarían buscando sus padres?

Se echó a llorar.

Mientras se limpiaba las lágrimas, escuchaba con atención los múltiples sonidos del bosque, tan extraños para ella.

De repente oyó unos pasos sigilosos que se acercaban lentamente.

– ¿Será que el señor Mushajeta no se ha ido, como creí?.

-¿Habrá vuelto por mí?

Y se acurrucó tanto junto a la ternera, que ésta se despertó a su vez.

Ambas se miraron.

El personaje que andaba por el bosque …tenía cuatro patas.

Con los ojos, la niña y la bestia se comunicaron su miedo.

El animal que caminaba lentamente

XXIII

La noticia se extendió como reguero de pólvora.

Se encendieron las luces del pueblo.

El alcalde tomó el mando de la operación y avisó inmediatamente a la Guardia Civil de Tráfico para que interceptaran la furgoneta del japonés.

Todo el mundo estaba en la calle.

-Ya os lo decía yo: ese tipo no era de fiar.

-Pues parecía tan buena persona.

-¡Quién me lo iba a decir a mí!, exclamaba Mari, «la Chillona», con lo fino y educado que parecía.

–Para que veas. Tú eres una confiada: en cuanto encuentras a alguien con cara de infeliz, te crees que es un santo.

– Y mira.

Flor y Julián lloraban pensando en los males que aquel chalado le podría hacer a su hijita.

– ¡Todo por culpa de esa ternera!… Si la hubiéramos matado cuando nació…

La radio dio la noticia: había sido hallada la furgoneta roja conducida por un japonés llamado Sabihondo Mushajeta.

Estaba aparcada a los pies de un montículo sobre el que se erguía la silueta negra del Toro de Osborne, al que el sabio loco estaba haciendo ofrendas y oraciones en japonés.

Viajaba solo.

XXIV

Las mariposas, que tienen un olfato muy sutil habían detectado al lobo hacía un buen rato.

El animal paseaba tan ricamente, metiendo el hocico entre las hierbas y las matas.

Su nariz le decía que le esperaba una cena sabrosa y abundante.

Las mariposas no podían consentir que el lobo se zampara a sus amigas de dos bocados.

¡¡¡Había que hacer algo!!!

Utilizaron sus radares invisibles para hacer un S.O.S a todas las colegas de muchos kilómetros a la redonda.

Y llegó un ejército de policromadas plumas vivientes que se posaron sobre la niña y la ternerilla con la suavidad de una nube.

Cuando el lobo se acercó a ellas, a Guiomar se le encogió el corazón y se abrazó más a Lilaluna.

Ni respiraban.

Cerraron los ojos y agudizaron el oído.

El animal hozaba buscando su comida.

Se dirigió hacia aquel montón informe que tenía un olor muy apetitoso.

Cuando se percató de que no era más que un enjambre de mariposas, se dio media vuelta.

-Debo tener catarro, pensó. Las mariposas no tienen carne. No saben a nada…

Y se adentró en el bosque.

XXV

-Yo no sé de lo que me están hablando, decía Sabihondo Mushajeta en el cuartelillo.

-Usted se ha marchado huyendo. Algo habrá hecho.

-Yo no he hecho nada malo. Yo soy un científico.

-¿Un científico?. Usted no tiene cara de científico.

-Sí que lo es. He averiguado por Internet que forma parte del equipo del Instituto de Investigación Animal de Nara, Japón, dijo Genoveva, la reportera, que estaba en todo.

-Y también he averiguado que se ha venido sin permiso con la intención de clonar a Lilaluna.

¡Oh!

Todos se miraron sorprendidos.

-¿Qué has hecho con mi hija?, le dijo Julián, agarrándole de la solapa. ¿Dónde está?

– Supongo que en el bosque. Allí la dejé.

Y el infeliz de Mushajeta, contó con pelos y señales su aventura .

– ¡Yo no quería hacer daño a la niña ni a la ternera!, decía llorando.

Y los ojillos se le ponían todavía más chiquitines.

Julepe ladraba fuera de la oficina proclamando su presencia.

– ¡Julepe sabe dónde está Guiomar!, dijo Flor convencida.

– ¡Sigámosle!

Estaba amaneciendo.

Todo el pueblo subió al monte tras el rabo bailarín del perro, que indicaba la pista como un radar.

En un claro, junto a un rosal silvestre, Julepe se paró

Allí no había más que un enjambre enorme de mariposas de colores.

– Vamos, Julepe, sigamos buscando.

Pero el perro no se movía.

De repente, entre las mariposas aparecieron los cuernecillos de Lilaluna y los brazos de Guiomar, que se desperezaban después de un sueño mágico.

-¡Hija!

-¡Mamá! ¡Papá!

-¡¡¡Muuu!!!

XXVI

Y todos bajaron felices del monte, menos Lilaluna que sentía frustrado su deseo de Libertad.

En la Plaza, con la Guardia Civil, esperaba Sabihondo Mushajeta, que también había perdido su ocasión de ser célebre.

– Pero ¿cómo no nos lo comunicó?, le decía el veterinario.

– También a mí, se me ha pasado por la cabeza clonar a Lilaluna. Podemos trabajar en equipo.

-¿Me aceptaría usted como colaborador… después de lo que quise hacer?, le preguntó tímidamente Sabihondo.

– Sí, hombre, sí. Una chaladura la tiene cualquiera. Y más usted, que tiene esa pinta de estar en las nubes.

– Haremos las cosa bien, dijo el Alcalde. Organizaremos un laboratorio para estudiar la peculiaridades de esta ternerita tan singular.

– Y le haremos un establo para ella sola, añadió Antolín tocándose el pendiente. Pero continuaré llevándola a pastar con el resto de la vacada, ¿eh?

Lilaluna no se podía creer que iba a dormir lejos de sus tías la Morlasca y la Carena.

¡Al fin iba a conseguir su independencia!

Ya se encargaría ella de fabricarse la libertad con su imaginación.

-¿Puedo seguir visitándola?, preguntó Guiomar.

– Naturalmente, hija, y aprenderás mucho para ser una buena bióloga, como me decías ayer, le respondió Flor.

Julepe movía el rabo de gozo.

Bilbao, Navidad 2002