GARGANTÚA

 

En el país de los ogros había un gigante bueno al que no le gustaba comerse a los niños crudos como al ogro de Pulgarcito.

Se llamaba Gargantúa.

Los ogros malos le dijeron que si no aprendía a comer niños le darían cien azotes.

Así que Gargantúa aprovechó la noche para escaparse de su país.

Comenzó a caminar un poco desorientado hasta que se encontró con una señora que también iba de viaje.

_¿Cómo te llamas?, le preguntó Gargantúa.

– Me llamo Marijaia y voy un poco aprisa porque tengo que llegar a Bilbao donde me esperan para que les anime las fiestas.

-¿Tú crees que yo podré ir también a Bilbao?, le preguntó el gigante.

-Pues, no lo sé. Porque con lo grande que eres todo el mundo se va a asustar al verte. Será mejor que te coloque una boina, para despistar, que es lo que se lleva por allí.

Y Gargantúa se puso una boina vasca, que le sentaba muy bien.

Cuando Gargantúa y Marijaia llegaron a Bilbao, la gente se quedó sorprendida al ver un gigante tan cariñoso.

Los niños se acercaban a él, y se subían a sus hombros para ver la fiesta desde lo alto.

Y Gargantúa estaba muy feliz rodeado de tantos chiquillos.

Pero en el país de los ogros todo el mundo se había puesto a buscarle porque sospechaban que seguía sin comer niños y se merecía los cien azotes.

Cuando los ogros que buscaban a Gargantúa llegaban a Bilbao, Marijaia, que está en todo, los vio venir y fue corriendo a contárselo a su amiga el Hada Pompey.

Entonces, Pompey, preparó un hechizo y convirtió el interior del gigante en un tobogán que comenzaba en la boca y terminaba en el culo de Gargantúa.

Cuando llegaron los demás ogros a comprobar si verdaderamente había aprendido ya a comerse a los niños, vieron cómo todos los chavales de Bilbao hacían largas colas para meterse dentro de la boca del gigantón…

Pero no se dieron cuenta de que los chiquillos salían muy divertidos por el culo tan enteritos y riéndose a carcajadas.

Se creyeron que realmente se comía a los niños crudos igual que ellos.

La comisión de ogros que había acudido a comprobar la maldad de Gargantúa se marchó sin darle los cien azotes.

Y Gargantúa se quedó en Bilbao a vivir para siempre adonde le esperan los niños para dejarse comer por él.

No le importa si son niños de Bilbao, de Buenos Aires o de cualquier lugar del mundo.

 

Y, colorín colorado

El cuento de Gargantúa se ha terminado.

POESÍA