EL MALECÓN DE LA HABANA- Caña yazúcar

EL MALECÓN DE LA HABANA

12 ENERO 2017

 

Ay, Siboney, qué hermoso es ver amanecer en el Malecón de La Habana!.

Como nosotros llevamos puesto el reloj español y nos acostamos tras el viaje, a las 3 de allá- 9 de acá- pues a las 5 de la mañana, de acá, ya estábamos pimpantes y sin sueño. Nos levantamos aun de noche y con GARÚA , que viene a ser el sirimiri de Cuba, según nos aseguró Juan, que es un sabio.

Nos recorrimos las calles aun silenciosas y limpias.

Calles con la dignidad de señoronas venidas a menos, pero que se sacan los anillos que se asoman entre los guantes con zurcidos de los edificios en ruinas. No había nadie.

Al llegar al Malecón vimos un monumento glorioso a Maceo, gran héroe de la Independencia, a juzgar por el tamaño de la pieza, de espaldas al mar que chocaba fuertemente contra el muro sobre el que había pescadores con caña, impávidos ante las olas.

En Cuba es donde más monumentos de héroes te encuentras por metro cuadrado. Maceo fue el primero que vimos de la colección.

Me pareció delicioso éste primer paseo por La Habana, con el chubasquero en la cabeza y mojándome las gafas.

El Malecón, que es larguísimo, está flanqueado por palacetes entre los que se alternan los maravillosos y vivos y los corroídos por el salitre: deshabitados unos y tristemente habitados y recompuestos con cartones en las ventanas, otros. Da la sensación de una hermosa dentadura con piorrea y mellada, a la que ya le quedan pocos dientes sanos y algunos de oro.

Volvimos hacia el Capitolio con la intención de desayunar como Dios manda y entramos en el hotel de Inglaterra, que, pese a su nombre, está adornado con azulejos andaluces lo mismo que el Alcázar de Sevilla. Había buffet libre y me puse ahíta de frutas y zumos tropicales.

Mientras tanto, como una cateta, y creyendo que estaba en zona wifi, me puse a enviar fotos por wasap, y al momento, Movistar me mandó un mensaje diciendo que me había pasado un pueblo y que tenía que abonar no sé cuánto + el 12% de Iva. He pagado la novatada… ¡Y mira que me habían avisado! Pues caí… Así que no voy a mandar ni un solo correo en todo el viaje, hasta que vuelva.

Salió el sol y con él pude disfrutar de la belleza de esta ciudad ¡llena de soportales!

Los soportales son lo más bonito de las ciudades cubanas. Para mí, al menos, criada en Castilla, donde las casas se protegen del frío con soportales chaparros y pardos, de columnas gruesas y ventanas chiquitas, los soportales cubanos me han parecido un desfile de muchachas alegres y esbeltas, vestidas de fiesta toscana, modernista o ecléctica, cintura se avispa, y sombrero corintio, de vivos colores. Son soportales para tamizar la luz deslumbrante y para que no entre el sol por las ventanas, que suelen estar siempre abiertas.

Seguimos paseando por los alrededores del Capitolio, en la Habana Vieja, por calles llenas de souvenires y tiendas de arte y artesanía. Pero me di cuenta de que mi cuerpo serrano no podía seguir a ese ritmo. Juan entró en un museo de filatelia, y aproveché para decirle a Susana que me volvía a casa.

A la vuelta- calle Obispo- me encontré con una negra de las de hacerle un reportaje: toda enjoyada, vestida de blanco- deduzco que era santa- con hermoso y florido sombrero, que empujaba un carrito de bebé en el que paseaba a su perro igualmente engalanado. No hablé demasiado con ella porque, realmente me encontraba cansada, pero es todo un personaje. Me dijo que se llamaba Guillermina.

Me fui buscando la avenida Simón Bolívar, perpendicular a Oquendo, donde está la casa de Rosa, nuestra anfitriona. La avenida Simón Bolívar, antes “Reina”, desemboca en Carlos III, que a su vez lo hace en Manuel Allende. Es muy ilustrativo que, junto a los nombre políticos actuales, se conservan los originales de la época colonial.

Observaba, en mi paseo, los hermosos edificios que, recién pintados, parecen nuevos, mientras leía los nombre de las calles perpendiculares a la principal, que se llamaban Libertad, Rayo, Campanario, Ángeles.., lo mismo que en cualquier pueblo de cualquier provincia española.

En Cuba no me he sentido forastera, en ningún momento.

Me sorprendió encontrar una iglesia de Jesuitas frente a una logia masónica, de gran envergadura, como desafiándose. Ambos son poderosos lobys que ponen a Dios por testigo.

Al pasar por el Parque de la Fraternidad me enamoré de una ceiba que está en medio, rodeada por una verja circular con versos de José Martí, que hablan de la hermandad de los pueblos, y la compara con la plata que se encuentra en el subsuelo de los Andes. Hermoso árbol y hermosa poesía.

¿Te das cuenta, Siboney de mis sueños, que en todos los pueblos hay una árbol sagrado?

El árbol sagrado es de raíces profundas que atraviesan siglos de gloria y penalidades, pero también en sus ramas, que buscan el cielo, anidan pájaros de otras regiones que traen trinos diferentes cada estación.

En Cuba el árbol sagrado es la palma real, que se encuentra con Dios en las alturas.

Tanto la palma como esta ceiba habanera necesitan pájaros nuevos que saquen polladas viajeras y escuchen trinos diferentes a los que durante cincuenta años les ha cantado san Fidel.

Que lo de san Fidel no va de guasa, que me lo ha asegurado el orisha del avión. Por eso le soltaron trescientas palomas en su funeral.

Cuando llegué a casa de Rosa me encontré que en la habitación de al lado había una chica finlandesa de unos 20 años, que se llama Mía y ha venido sola a conocer Cuba. He hablado con ella mientras me duchaba y creo que no le va a importar unirse al grupo. Así seremos 4 y si cogemos un taxi nos sale más barato. Veré qué opinan los Villar.

Salimos a comer las dos, Mía y yo, a un centro comercial de la avenida Carlos III y nos sentamos con una pareja de jóvenes que nos pusieron al día de sus inquietudes.

La chica nos dijo que las cubanas se casan casi adolescentes y enseguida tienen hijos; luego, los hombres las dejan por otra más joven. Por eso ella no tiene prisa por casarse y quiere estudiar. El mozo parece que no estaba por la labor.

Cuando llegaron los Villar y descansamos un poco, los cuatro cogimos un taxi colectivo por 5 cuc que nos llevó a la plaza de la Catedral con la intención de ver el museo del Colonialismo, que está abierto mientras la catedral estaba cerrada.

A la salida se nos había perdido Juan, que siempre va a su aire, como yo. Tras buscarle inútilmente, y tomarnos un mojito en la Bodeguita del Medio, Susana, Mía y yo, nos fuimos a cenar al Floridita, como Hemingway.

Estábamos tropezando con todos los tópicos turísticos: la Bodeguita del Medio es prácticamente inaccesible, ya que la calle, comienza a taponarse con gente bebiendo, bien de pie o sentada en las aceras, en cuanto te acercas a ella. Y cuesta un riñón acercarse a la barra para conseguir que te sirvan un mojito que, para más inri, está hecho con limón de frasco y ron de garrafón. Una y nada más.

Cuando llegamos a casa, encontramos a Juan hablando con Rosa, que nos dio instrucciones para el futuro.

Como el viaje lo había organizado Susana, que tiene mucho rodaje en estas cuestiones, yo me había imaginado una Rosa, gorda, culona y hasta con su turbante en la cabeza. Me quedé sorprendida al conocerla: es una negra esbelta, cuarentona, dulce, con el pelo corto, blanco y rizado, elegantísima y atenta, que nos pidió los pasaportes mientras nos introducía a los tres en una única habitación con baño, en un apartamento anejo al suyo, también lleno de turistas. No me esperaba semejante falta de intimidad. Pero, después de haber dormido en el salón de actos del Ayuntamiento de Silos con toda la mesnada de Mío Cid y escuchar los ronquidos de los serranos, aquello me pareció una suite en el Palace.

Parece que éste es el sistema de alojamiento en casas particulares porque en todos los sitios donde hemos pasado, nos colocaban en una misma habitación con cama matrimonial para los “papás” y una pequeña para “la niña”.

La niña era yo, mi Siboney.

Es que he venido a ver tu tierra con ojos infantiles, ávidos de fijarme en todos los detalles.

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